En esos años ochenta, Universidad de Chile era la contrafigura institucional: endeudada, desorganizada, con grandes carencias en su cantera. Hasta se fue a la B. Pero entre tanta oscuridad había una lucecita: Marcelo Salas, un cabro del sur. Pregunté a Harold cómo era Salas a los 14, a los 15. “Simple, cuando nos enfrentábamos, si no jugaba Salas, ganaba Católica 3 a 0; si jugaba Salas, ganaba la U 3 a 0”.

Luis González comandó por años las formativas de Nacional de Montevideo. Estaba cuando captaron a Luis Suárez. Inquirimos a González cómo era de recién fichadito: “Igual que ahora. Jugábamos frente a Peñarol y, si estaba él, ganábamos seguro. Le decíamos el Bruto, porque tenía tanta potencia y fuerza mental que encaraba a los cuatro del fondo de Peñarol y quería pasarlos por arriba, se los llevaba puestos”.

Los futbolistas son como las huellas digitales, nunca hubo dos iguales. No obstante, Suárez y Salas son mentalmente gemelos, idénticos. Con ambos sucede lo mismo: su mente está por encima de las estructuras, los rivales y el presente de los clubes, por encima de todo. Tienen una fuerza interior devastadora y contagiosa. Luis también nos recuerda a Ricardo Bochini, son esos jugadores para los que no existe la condición de local o visitante. No reparan en eso.

Por la sangre charrúa de Suárez corren genes de Obdulio Varela, de Gigghia, del Peta Ubiña, del Chivo Pavoni... “Esa pelota larga que ya parece perdida, que se está yendo por la banda, él la lucha, la mete dentro del campo y hace que termine en gol. Es el símbolo de la garra charrúa”, dice Rubén Sosa, el Principito, otro grande del fútbol oriental.

...Puede que muerda alguna que otra oreja, lo admito, sin embargo, ¿a quién no le agrada tener a Suárez en su equipo?, ¿a algún zaguero le queda cómodo enfrentarlo? El escocés Kenny Dalglish, el gran ídolo de los Reds y primer entrenador de Suárez al llegar a Inglaterra, se compadeció de los defensas ingleses que deberán marcar al salteño en el Mundial, pues las selecciones inglesa y uruguaya comparten el Grupo D. “Cuando se realizó el sorteo de la Copa del Mundo, imaginé que habría unos cuantos defensores ingleses pensando: ‘Oh... no, tengo que jugar contra él de nuevo. Ya es bastante malo tener que enfrentarlo dos veces por año’”.

Como hincha agradecido del Barcelona de Guardiola (el súmmum de la pelota), hubiese pagado por ver, aunque sea un par de tardes, a Suárez con la azulgrana en el Bernabéu, solo para verlo enfrentar a Arbeloa, Pepe, Sergio Ramos, Marcelo, Xabi Alonso, a todo ese malévolo grupete. Los enloquecería, se insultaría con ellos, haría echar a un par, les pegaría a los cuatro y les marcaría el gol del triunfo. ¡Qué pena que al Barça le compra los jugadores el enemigo! Este era el indicado para sostener el cuadro y ganar ocho o diez títulos más. Pero, ay... se gastó 37 millones en Alexis Sánchez y como 100 en Neymar... Allá ellos.

El Mundial va a ver a un Suárez completo. Su evolución es de asombro. Mejora por día. Ya no es apenas el potrillo bravo que las corre todas y guerrea con los defensores. Técnicamente muestra progresos notables. Su pegada es fecha tras fecha más precisa y mortífera. Sus compañeros de Uruguay y del Liverpool lo buscan en cada jugada porque saben que, cuando él entra en juego, algo importante puede suceder. Se ha agregado la faceta de sutil asistidor. Y está más goleador que nunca. Sus goles no son los de un nueve que la empuja bajo el arco, tipo Mandzukic o Lewandowski. O como Cristiano, que es básicamente un finalizador. Suárez baja a tres cuartos de cancha y pendula en todo el frente de ataque; y tanto pelea una pelota perdida y la gana, como arma juego o saca un disparo desde fuera del área; o clava un tiro libre o gana de cabeza en el área.

Imagino una composición de lugar. Se da una nueva final Brasil-Uruguay, van 80 minutos, cero a cero, Brasil machacando, la Celeste resistiendo, la multitud nerviosa (temerosa). Suárez solo arriba contra Thiago Silva, Marcelo, David Luiz... De pronto sale un rechazo largo del fondo oriental y pica Luis... Se va Suárez, se va...

Cruje el cemento... ¿Me parece a mí o tiembla el Maracaná?

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