Imagino a un hombre de los que leen esta revista: puede ser usted, puede que no. Se me ocurre que usted estudió en un colegio que llamaremos ‘el Moderno’ y que, por supuesto, es centenario y tan moderno que es masculino.


Imagino que era un chico retraído (no retardado, que es diferente), que no era muy agraciado (de grande tampoco), y que no tuvo mucho éxito con las niñas del ‘Femenino’ (el colegio que es la contrapartida del ‘Moderno’ ¡pero solo de ‘mujeres’!). Lo anterior explica, según el admirado y criticado Sigmund Freud, un proceso creciente durante su niñez y adolescencia de rabia y resentimiento contra las mujeres, que con seguridad lo ignoraron, lo despreciaron y “humillaron” por feo.


Imagino además que hace parte de una rancia familia bogotana, donde tienen presidente y uno que otro yuppie internacional. Esto explica, según dicen los expertos en colombianidad, un poco de esa maldad característica del interior del país, que es una mezcla de complejo de superioridad tipo inglés (todos se creen europeos), con una mezcla de tapadez tipo cundiboyacense, que les permite hacerse los huevones cuando les conviene y que igualmente los hace proclives al chismorreo, la crítica y a tener una doble moral: una para su familia y sus amigos, y otra para los demás.


Imagino que usted se encierra a devorarse la revista SoHo en el baño, en su habitación, en su oficina, y seguramente este viaje al paraíso solo lo puede interrumpir su mamá, ya que ella era quien lo pillaba en sus primeras relaciones sexuales consigo mismo. Usted tuvo una novia y luego de terminar se metió al Convento de las Monjas Capuchinas (no son monjas que toman café, sino que tienen un atuendo con capucha) y dice que fue tan frustrante esta experiencia que decidió entregarse al rezo y al celibato por esta desastrosa y poco ‘arrechante’ experiencia. ¡Qué paradoja! 


Es decir, además de todo, es malo en la cama. Lo único que faltaba.


Uno de sus amigos de paseos o de sauna en el club dice, con toda reserva, que la llanta que atraviesa su abdomen está más abajo de lo normal, lo que le dificulta cogerse el pene para orinar, y que además ha tenido un efecto colateral gravísimo: “Hace mucho tiempo que no está cara a cara con su ‘hombría’”.


Esto me revela que usted no es para nosotras un ‘hombre de verdad’, entendiendo como tal aquel que asume su masculinidad en función de valorar al sexo opuesto y lo maravilloso que representa el respeto, el amor, la consideración con la mujer.


Si en todo lo anterior de pronto usted cayó en una o más, usted es un cabrón machista.

Suya del alma,
Marcela Alarcón

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.