Al pensador florentino Nicolás Maquiavelo lo confunden con gente como el Montesinos de Alberto Fujimori o el José Obdulio de Álvaro Uribe Vélez. Lo consideran el mentor intelectual de esos personajes siniestros y sinuosos que traman en la sombra tretas y trampas retorcidas y envenenan el oído del príncipe con mezquinas infamias: hombres mediocres, resbaladizos y tramposos. Y encima, torpes: se dejan coger. Y no: Maquiavelo es otra cosa. Franco, directo, sin ambages ni subterfugios ni recursos de astucia. Es uno que ve las cosas de la política con los ojos abiertos, tal como son, sin hacerse ilusiones; y las describe tal como las ve, sin adornos ni afeites ni piadosos engaños. Lo llaman falso y engañador, y predicador del engaño, del disimulo y la falsía, cuando nunca lo fue. Al revés. Lo que no era, por el contrario, era “políticamente correcto”, como sí han solido serlo, cada cual a la manera de su época, otros grandes pensadores políticos, desde Platón y Aristóteles hasta Noam Chomsky y Marx. Maquiavelo encarna para el pensamiento político ese breve momento de lucidez renacentista encerrado y como sepultado entre el oscurantismo religioso de Santo Tomás de Aquino y la ceguera idealista de Immanuel Kant. Un momento de brutal claridad. Es un realista.

Maquiavelo, que escribió muy variados y espléndidos libros de toda índole, ha quedado en la historia sobre todo como el autor de El Príncipe, que es el libro fundacional de la ciencia política. O sea, de la política entendida como ciencia, separada de la moral y de la religión, de la filosofía y del sentimentalismo. Una ciencia de observación y de comprobaciones prácticas, a la manera, digamos, de la astronomía tal como la iba a decantar un siglo más tarde Galileo Galilei con su telescopio. Depurada de convicciones y de prejuicios, de ideologías y de creencias. La política reducida a su trama escueta, que consiste en cómo conquistar el poder y cómo conservarlo luego. El Príncipe es, casi, un libro de recetas. ?Por eso se destaca como un caso único en medio de la abundantísima literatura sobre política que se ha producido desde la Antigüedad clásica (a la que habría que añadir una obra hasta hace poco desconocida por los estudiosos y que entre nosotros descubrió el presidente Andrés Pastrana: nada menos que una autobiografía del faraón Ramsés II en la cual, según Pastrana, su padre el faraón Seti I lo sentaba en las rodillas para enseñarle desde niño los rudimentos del manejo del Estado, tal como muchos milenios más tarde iba a hacer el presidente Misael Pastrana con el pequeño y futuro presidente Andrés). Un libro único —el de Maquiavelo, no el de Pastrana— porque está desembarazado de toda ilusión. Y esto no porque sea, como habitualmente se le simplifica, falsificándolo, la obra de un sinvergüenza sin escrúpulos para quien el fin justifica los medios (un Montesinos, un José Obdulio, o sus príncipes respectivos), sino porque reduce la práctica política a lo esencial: a un arte del sentido común. El arte —o la ciencia— de acomodarse a la realidad, en vez de pretender ajustar la realidad a los deseos. Un profeta, un fundador de religiones, un revolucionario, no pueden ser maquiavélicos: va en contra de su naturaleza. Un príncipe debe serlo, pues a él no le funciona lo que los anglosajones llaman el wishful thinking: la transformación de la realidad por el deseo. No son los príncipes los que forjan la historia, sino la historia la que hace a los príncipes.

Así lo están aprendiendo a su costa Fujimori y su preceptor Montesinos. Tal vez lo tengan que aprender también mañana Uribe y José Obdulio.

Porque Maquiavelo no pretendía ser un filósofo, sino un historiador: un observador. Al escribir El Príncipe no se tomaba a sí mismo por un preceptor de príncipes, como sí lo hacía Quevedo con su Política de Dios y Gobierno de Cristo, o Fénelon con su Telémaco. Y tampoco se hacía muchas ilusiones sobre las aptitudes de los príncipes para ser educados por un preceptor, como las que pudo tener Bossuet con el Delfín de Luis XIV o Simón Rodríguez con el joven Simón Bolívar, a quien quiso convertir en un trasunto viviente del Emilio de Rousseau. Maquiavelo no estaba dando lecciones. Estaba tomando nota de las lecciones recibidas. Los príncipes no eran sus alumnos, sino su tema de estudio.

Bertrand Russell observó que muchas veces se ha visto con sorpresa el hecho de que Alejandro Magno no hubiera aprendido mucho de política de Aristóteles, que fue su preceptor. Y añadió que lo sorprendente es más bien que Aristóteles no hubiera aprendido nada de política de su discípulo Alejandro, que estaba transformando el mundo. Maquiavelo, en cambio, sí aprendió de sus príncipes. De los más terribles de su tiempo, que consideró por eso mismo los mejores, no en tanto que hombres virtuosos, sino en su calidad de príncipes: César Borgia, hijo de un Papa que fue capaz de crearse su propio principado (aunque lo perdiera después); y Fernando de Aragón, que se hizo dar por ese mismo Papa el título de Rey Católico para así poder acrecentar sus dominios.

De los dos, Maquiavelo consideraba superior, como príncipe, a Fernando. Se le notaba menos la falta de escrúpulos

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