No hay nada más lobo que salir con un tipo que se cuide más que uno, que coma más dietético que uno, que se demore en arreglarse más que uno, que se fije en la ropa más que uno. Los llaman metrosexuales, pero, como bien dijo Amparito Grisales en una tarde de ocio: “Un metrosexual es un tipo que está a un metro de ser homosexual”. Aclaro: ni la diva ni ninguno de los que estábamos en la mesa ese día tenemos nada contra los homosexuales; al contrario, el gay tiene las pelotas de asumir lo que es. Pero volviendo al tema que acá nos tiene, hay una rama del metrosexualismo que me parece la más patética: la de los “musculitos”.

Los musculitos son esos especímenes maniáticos que se la pasan clavados en el gimnasio; que alzan pesas de manera obsesiva; que viven no solo contando las calorías en un plato sino también cuántos pelos de la cabeza se les caen al día; que madrugan mucho a hacer ejercicio y construyen rituales físicos sin alma con un único fin: marcarse, rayarse, inflar su musculatura.

Estos hombres se toman batidos de cuanta vaina les han dicho que hace crecer el músculo, se meten su quemador de grasa y listo: a derrochar físico, a mostrar su potencia, a manifestar su hombría. Van al gimnasio o al parque con su parche de colegas y al regreso, todos sudados, se comen otro poco de cosas que no se ven muy agradables ni huelen muy agradable. Y todo para poder respirar tranquilos, pues ya empezaron el día cuidando lo que más valoran: sus detestables músculos.

Pero ojo, eso no es todo: lo más seguro es que en algún otro momento del día vuelvan a entrenar. Y mientras tanto, entre ejercicio y ejercicio, analizan con mucho cuidado lo que se comen. Pero no cuánto se comen, porque, eso sí, se pueden clavar diez claras de huevo, tres latas de atún y tres pechugas de pollo… nada en ellos es proporcional o equilibrado.

Supongo que así será también a la hora de acercarse a una mujer: ¿Cantidad versus calidad? Como machos cabríos que son, me decantaría a que le apuestan más a la cantidad de hembras que se levantan que a la calidad.

Pero ese no es el punto; el punto es que si un tipo de esos te invita a salir, estará analizando tu relación con la comida y sus efectos: si comes lo que no debes, si comes más de lo que debes, si se te sale un gordito… y cuando menos pienses estarás recibiendo lecciones gratis de fitness que ni siquiera has pedido. Ah, y seguramente si le hablas de Picasso o de Baudelaire, te saldrá con que esos quemadores de grasa no son tan buenos como los que le trae su entrenador de Estados Unidos o, peor aún, ¡los que hace en su laboratorio!

Y yo me pregunto: ¿en qué momento trabajan? Me consta que en el mundo de los Herculitos sobran vividores; su función es ser bonitos y estar siempre listos, en guardia, on call.

¿Cuál es el objetivo detrás de tanto ejercicio, de tanto músculo? Como estamos hablando de hombres, la respuesta es simple: levantar. Lo hacen para sentirse guapos, porque creen que eso nos mata a las mujeres y, supongo yo, para ser unas verdaderas máquinas sexuales. El problema es que seguramente resulten en eso: máquinas de sexo sin magia, sin cuento, sin gracia... Cada polvo debe ser una clase más de aeróbicos, en la que el man no está preocupado por satisfacer a la mujer sino por desplegar sus dotes de atleta.

¿Y cuál es el tipo de hembra que se levanta un musculitos? Seguramente otra que se la pasa en el gimnasio haciendo sentadillas para hacer crecer el glúteo. Eso sí, este papi machote anda cada día con una vieja distinta.

Ahora no me malinterpreten, no estoy diciendo que la dicha está en un hombre descuidado, panzón. Es muy sexy ver a un tipo haciendo deporte, pero a las mujeres nos gusta que juegue tenis o fútbol, que esquíe… Y es clave que lo haga naturalmente, sin excesos ni obsesiones, que saque tiempo para el deporte de su ocupada vida… ¡pues trabaja!

Porque créanme, hombres: el éxito, la inteligencia, la conversación, la generosidad, la caballerosidad y el humor son las cualidades que hacen que una mujer admire a un tipo. Por supuesto que es mucho mejor que no sea un chancho, que pueda cargarte la maleta en el aeropuerto, que tenga fuerza… Pero esa fuerza no debe ser solo física, sino mental. Eso nos atrae más que un millón de músculos. Un tipo elegante, bien vestido y con un peso normal, que se puede tomar unos vinos y comer unas papas fritas sin que esté “pecando”, es mucho más efectivo a la hora de seducir que un man enorme, de cuerpo triangular.

Que quede claro: no queremos tipos con camisas tan forradas que dan la sensación de que un botón va a salir disparado y nos va a sacar un ojo; abajo los hombres que dejan la mitad del arroz —porque no es integral— mientras uno se muere por pedir un postre; no más tipos cuya frase favorita es: “¡Una más, tú puedes!”.

5 claves para identificar a un Herculitos

1. El autobronceado

Pálidos jamás pisan la calle. Ya sea a punta de cámara o de crema —hasta de polvos bronceadores, ¡lo he visto! —, a estos musculitos se les va la mano con el color… y con el olor; tanto la cámara como el autobronceador dejan un tono medio anaranjado y también un olor particular: un poco a queso, un poco a suero costeño. Supongo que también dejarán cierto sabor desagradable, pero no me he atrevido a besar a un sapo de esos. 

2. El blanqueamiento dental

En esto también se les va la mano: ninguno elige para su blanqueamiento dental el color natural perlado, no; exigen el blanco Clorox, que, como todos sabemos, es un blanco-azul que contrasta con el bronceado artificial. Por eso, cuando ellos despliegan su sonrisa más seductora, uno se deslumbra, pero no por la emoción, sino por el flash de ese diente.

3. La ropa ajustada

Es obvio que tienen que ponerse ropa ajustada, si no, ¿para qué se matan en el gimnasio? Tantas horas con el entrenador personal contando sentadillas, contando libras en la pesa, contando abdominales… y va uno a ver y a veces es lo único que saben contar. El punto es que estos sujetos se forran en sus licras para mostrar el rabo parado, el bíceps, el tríceps, el trabajo de hombro… Y para agregarle más folclor al asunto, también les fascina que la prenda en cuestión sea de colores vivos, con cristales, con taches. Ellos sienten que son superfashion y, sobre todo, que tienen derecho a serlo, porque con esos cuerpazos pueden ponerse lo que les dé la gana.

4. La proteína

El shaker —léase recipiente de la malteada multiproteínica— es uno de sus accesorios principales. Ese tarro gigante que vive parqueado en el mesón de la cocina del sujeto jamás está vacío… ¡Primero se acaban los condones que la proteína! El shaker, para que sepa, tiene compartimiento para el polvo del menjurje y para las pastillas que hay que tomarse junto con el batido. Este viene de diferentes sabores: vainilla chocolate, fresa… Y ojo, que si uno se descuida, acaba haciéndole los pancakes del desayuno a base de su batido. Además, termina aprendiéndose toda una serie de recetas fit con tal de ganarse un lugar entre sus trofeos más preciados.

5. El reloj cuentacalorías

Todos tienen algún tipo de reloj, aparato o aplicación que les cuenta las pulsaciones y les dice al segundo cuánta grasa están quemando y cuántas calorías han achicharrado en la última hora.

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