“Al rival hay que pisarlo, matarlo” le dijo alguna vez Carlos Bilardo a uno de sus dirigidos en el marco de un juego entre Sevilla y Burgos. La sentencia, que resultó carísima para el argentino (fue sancionado deportiva y económicamente en su momento) no deja de tener vigencia hoy, aunque la pronunció en julio de 1993. Hoy, 15 años después, el fútbol nuestro de cada día parece estar aún más destinado a ese tipo de miserias. El más fuerte y en este caso, el más patán, cree contar con la supervivencia garantizada.

Los casos lo demuestran y son recientes: ¿cómo entender que la puerta del camerino visitante del estadio La Libertad de Pasto, fue derribada a patadas según comentan los que estuvieron cerca, por el técnico de Millonarios Mario Vanemerak? Lo mejor fue la excusa posterior de uno de los integrantes el equipo: “No, es que las bisagras estaban podridas y por eso se zafó”. Sí, en efecto, en el camerino había algo podrido, pero no era precisamente la puerta. No es la primera actitud reprochable del argentino quien, en un extraño delirio de persecución prohíbe el trabajo de la prensa en los entrenamientos de Millonarios pero se acuerda de mandarle razones a los comunicadores que no están de acuerdo con él, argumentando que “si me los encuentro por ahí los voy a cagar a trompadas”.

¿Hubo alguna bisagra oxidada cuando, al final del clásico entre Santa Fe y Millonarios Mario, el tipo que fuera ídolo azul en los ochenta por jugar tan bien al fútbol con la número 5 en la espalda, salió disparado a pelear mano a mano con su colega Fernando Castro porque, según dice él, fue provocado por el manizaleño? Castro después comentó que si Vanemerak seguía así, estaba más cerca de la Clínica Montserrat que de la estrella 14. Pero el “Pecoso”, a quien quiero por ser un personaje auténtico del fútbol y que ama este deporte como nadie, pareció fallarle la memoria porque él en su momento fue merecedor de una camisa de fuerza.

Fue en un clásico entre Cali y América en el 2003 tras la expulsión del jugador caleño y rival de Castro en ese momento, Elkin Murillo. Hubo una pelea casi a golpes sin que hubiera muchas pistas de lo que había ocurrido entre ambos. Murillo después reveló la verdad: "Ese señor me dijo que por h.p. ojalá se muriera mi hijo; eso no se le desea a nadie". El hijo de Elkin estaba en ese entonces muy grave, internado en una clínica de Cali.

Sobran tanto esas cosas en un fútbol que como el colombiano, no goza de un nivel superlativo y que parece que para sacarlo de la tibieza debe acudir a las actitudes de pistoleros para dar noticias. La matonería parecía que era de la década del ochenta donde los partidos se arreglaban así, bajo la ley del que más plata tuviera o el que insultara más.

No más en serio. Estamos aburridos todos de ese tipo de actos desagradables: no queremos ver a Diego Umaña pegándole a Daniel Carreño, o a Julio Comesaña emprendiéndola a golpes contra Jorge Luis Pinto o a Eduardo Pimentel apretando a los árbitros en el túnel, como pasara hace un buen tiempo.

La solución es sencilla. La dio, sin querer, el uruguayo Daniel Carreño. Con la sangre caliente después de recibir el golpazo de Umaña en el clásico caleño dijo, acudiendo a toda su masculinidad y con ganas de darle su merecido al DT rojo cual si fuera protagonista de “Fight Club” que “esto se arregla como hombres”.

Sí señor Carreño. No como las hienas a los golpes, mordiscos e insultos. Es decir, como arreglan los pleitos los verdaderos hombres.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.