En nuestros países se abusa tanto de la cate-goría 'gourmet' como del adjetivo 'mediterráneo'. Acá en Bogotá he visto morcilla gourmet, empanadas gourmet… en fin, a cualquier cosa le ponen ese apellido. Lo 'mediterráneo' no está tan manoseado, pero igual comienza a agotarse. ¿Qué pensamos cuando un producto o restaurante lleva en su nombre la palabra 'mediterráneo'? Aceite de oliva, aceitunas, queso de cabra y vino (ojo: tinto y nada más). Ambos son bien establecidos lugares comunes, y por eso desconfío de entrada de un restaurante que se promocione con la frase "cocina mediterránea" o cosa parecida. Pero como en estas lides gastronómicas uno no puede dejarse llevar por los prejuicios porque termina comiendo siempre bife y papas fritas, fui con Estercita un domingo al mediodía a una muy bella esquina de Usaquén, que alberga el restaurante Mediterránea de Andrei.

El exótico nombre nos llamó la atención tanto como la bonita construcción. Y al entrar casi debemos obligarnos a cerrar la boca: es un lugar primoroso, de techos altos y con las paredes tapizadas de botellas de vino, con mesas bien servidas y coloridas. Aquí casi que está uno obligado a pedir vino con la comida. Al revisar la carta, Estercita me hizo ver que no ofrecían vinos italianos ni portugueses, a pesar de que ofrecen platos de ambos países. Ella muere por los vinos portugueses, pero ni modo. Al final nos decidimos por un pinot noir ligero, fresco. Los precios de los vinos son amistosos, y están diferenciados en caso de que usted decida si se lo toma en el restaurante o quiere llevárselo a casa.

Hay entradas frías y calientes, entre los 8000 y los 20.000 pesos. Pedimos una de cada una. La fría fue un 'tríptico balcánico': tres dips, uno de berenjenas —que con pretensión llaman "caviar de berenjenas"—, otro de garbanzos y un tercero de pimientos, que llaman en la carta "sakuska". Habría que decirles a los responsables que la sakuska se usa en Europa oriental sobre todo para acompañar el vodka u otro destilado, y que hay de pepinos, de repollo, de hongos, etcétera. La idea es acompañar la bebida con algo económico o de estación. Habría que especificar, entonces, que se trata de una sakuska de pimientos. Los dips son perfectos para acompañar con pan, por lo que hubiéramos querido que se esmeraran un poco más en este aspecto: en la canasta faltó variedad y calidad. En últimas: buenos los dips, regular el pan. La entrada caliente no estaba caliente y le faltó unidad. Eran unos capelanes del Adriático, que venían empanizados, acompañados de papas fritas y una ensaladilla de pepino cohombro. Los capelanes no los hicieron al momento, y las papas estaban repasadas en páprika.

Con los fuertes tampoco nos fue bien. Estercita pidió unas berenjenas a la parmesana, de 11.000 pesos, y yo los langostinos piri piri, de 40.000. Ignoro en qué parte del Mediterráneo hacen las berenjenas parmesanas con mariscos, pero estas tenían anillos de calamar y camarones. Esas pueden ser unas berenjenas con frutos de mar, pero nunca son unas berenjenas a la parmesana. El plato no cuajaba. Mis langostinos ni eran langostinos, sino camarones grandes, ni estaban frescos. Uno no puede servir langostinos descongelados en un sitio que se precia de mediterráneo, porque lo característico de esa cocina, por encima de la oliva, el vino tinto y demás parafernalia, es la frescura: casi del mar —o de la tierra— a la mesa. Decepcionantes los platos fuertes.

En los acompañamientos le fue bien a Estercita y mal a mí. Ella andaba en onda vegetariana y escogió el ratatouille, que estaba rico; yo me fui por las papas al eneldo, que vienen fritas con su cáscara, cebolla caramelizada y eneldo. Podrían estar deliciosas, pero me las trajeron remojadas en los jugos de los langostinos. Mal.

En últimas, uno puede ir a Mediterránea de Andrei a compartir una botella de vino, picar y charlar un buen rato. Pero, lástima, no a comer.

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