No sé ustedes, pero yo no me repongo de lo que le hizo el mexicano Mark Tacher a Mónica Fonseca: un día, ya casados, confesarle sin más, que en La hija del mariachi le doblaban la voz, que él no sabía cantar, que hacía las veces de muñeco de ventrílocuo. Y otro día, revelarle de sopetón que él no era sobrino de Margaret, ‘la Dama de Hierro’ británica. Qué decepción. Pobre mujer. Pero no es la primera vez que un charro se lleva a una de las nuestras. Antes, el piloto manito Adrián Fernández ya se había llevado a Catalina Maya. La modelo tenía todo por delante: hoy presentaría un programa de variedades con Jota Mario, sería socia de Carolina Cruz en el almacén de joyas y tendría una línea de cuadernos: triunfaría. Ahora, tristemente, vive en una mansión que huele a líquido para frenos y neumático quemado. La suerte de Maritza Rodríguez no ha sido distinta: la presión de su esposo mexicano es tal, que obliga a la costeña a hablar con acento mexicano en público con la fluidez que lo harían Yuri o Victoria Ruffo. A pesar de todo esto, María Fernanda Yepes no parece aprender lecciones. Está en manos de Arap Bethke que, aunque tiene nombre de cartera fina, en realidad es mexicano y ya anunció que en poco la llenará de pequeños Bethke Yepes, aprovechando que Arap sirve de nombre para hombre o mujer o doberman. ¿Quién será el próximo objetivo de los mexicanos? ¿Tú, Danna García?

Desde aquí clamo para que nuestros actores reconquisten el corazón fugitivo de nuestras actrices. Suplico que eviten que los mexicanos se las sigan llevando. No se trata de ser xenófobos, el país político sabe que no soy así. Se trata de recordar lo que somos en esencia: esos cantantes de trova cubana como la generación de los ex Pequeños Gigantes. Esos escritores de poesía en tarde lluviosa como Aura Cristina Geithner. Esos hombres seductores de diente blanco y tenis Croydon como Marlon Becerra. Esos galanes morbosillos como el bagrecito de José Gabriel Ortiz.

Alguien me dirá que el matrimonio entre colombianos no funciona, que por eso nuestras artistas se van con mexicanos. Citarán a Nórida Rodríguez y José Luis Paniagua. Es cierto. A mí también me devastó su separación. Pero al menos el matrimonio les duró diez años, no ocho meses como le duró a Mónica Fonseca. Y si de citar parejas ejemplares se trata, ahí están Miguel Varoni y Catherine Siachoque, que para ser nuestros Brad Pitt y Angelina Jolie criollos solo les falta irse de adopciones por África o por el Icbf.

No me malinterpreten, no digo que tengan que casarse en ceremonias rimbombantes. La sencillez es sinónimo de elegancia. Como Diego Cadavid y Carolina Guerra, que se casaron en el Pan de Azúcar, de Río de Janeiro. O como Florina Lemaitre, que se casó en una avioneta. Algo prudente: la familia, los amigos y una ceremonia presidida por las convertidas pastoras Ana Karina Soto y Amada Rosa Pérez de Jesús María y el Burro. El bajo perfil: como lo haría Lolo Sudarsky.

Nadie debería dormir bien sabiendo que hay mexicanos al acecho. A veces me despierta la pesadilla de que a Johana Bahamón se la llevó Vicente Fernández. Ni siquiera Vicente Fox, sino Fernández. Andrés Cabas: ¡recupérala! Haz algo, no sé, córtate esa mota de pelo, ponte pantalones anchos, léete un libro, valida el bachillerato si es preciso. Mira a Sebastián Martínez y Kathy Sáenz: nadie creía en ellos, pero desde que él salió de la pubertad todo va mejor, y ahora que cambie de voz seguro será igual. No sé si Marlon Moreno tendrá eso mismo que tenía el Tino y que llenaba tanto a Paula Jaramillo, pero están construyendo una vida en pareja. ¡Hay esperanza, Cabas! No dejemos que los mexicanos se sigan apropiando de nuestra farándula. ¡Colombianas para los colombianos! Esa es la consigna. Mexicanos, go home… pueden llevarse a Amada Rosa Pérez de Jesús María y el Burro de recuerdo, pero dejen a las demás tranquila.

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