Es decir, aquel que tuviera una personalidad poco obvia e indescifrable, una zona muy privada por fuera de mi control que me desafiara a conquistarlo de forma permanente y mantuviera vivo el misterio de sus hilos enredadores. Un hombre con la perversidad suficiente para hacerme sentir intensamente deseada aplicando ese venenoso don de darse y quitarse con periódica pero asimétrica cadencia, y provocar así una especie de erótico balanceo, una ansiedad sensual, una agonía sublime y placentera. Este aspecto acompañado de una inteligencia afilada, mirada oscura, manos largas, modales refinados, sentido del humor y una forma de hablar natural y relajada, en alguna ocasión fue letal.

También he rendido culto a la belleza masculina, y me han arrebatado cuerpos atléticos, pieles doradas lisas como el hule, dientes brillantes y fáciles de sonreír, el ritmo y “agarre” para bailar o llevarme de la mano. Me atrajo el hombre poderoso, el exitoso por cuenta de un verdadero talento, el hombre sexualmente cargado y deseado por otras mujeres delante de las cuales pudiera sentirme ganadora. Me cautivó el hombre aventurero, ese que no programa nada y se le ocurren los planes más extravagantes, el hombre con un estilo personal para vestirse, el hombre leído y culto, el que maneja bien y rápido, ese que también inventa recetas, el sibarita, el hombre que sabe besar.

Ninguna de estas características terminaba de gustarme sin ir acompañada del primer atributo al que me referí. Ni el hombre más guapo del mundo podía realmente parecérmelo si no llevaba dentro su malvado secreto con el que garantizar la cuota de incertidumbre y sufrimiento. Este patrón evolucionó dentro de mis historias románticas desde su muestra más primitiva personificada en el hombre francamente guache que me dejaba plantada, hasta el sofisticado encantador de serpientes necesitadas que engatusa con retazos de poemas. Y así hubo algunos más bellos que otros, más feos, más gordos, más flacos, tacaños, uno con melena de león y otro hasta con un formidable diente de oro. Todos tan seductores que frente a ellos, por razones incomprensibles en este momento, me sentía vulnerable e impulsada a hechizarlos como fuera.

Actualmente mi hombre irresistible tiene un andar diferente sobre los anchos suelos masculinos. Fue preciso atravesar una estepa de apatía, descansar en una soledad serena y bien convenida, para que el día menos pensado, ya sin la zozobra de la búsqueda, pudiera verlo.

El hombre tan sencillamente seguro de sí mismo que acepta abiertamente sus inseguridades. El hombre que admira lo femenino, devoto de la mujer sin caer en el servilismo. El hombre que sabe mirarla, que la confronta, que saborea y disfruta profundamente el cuerpo de su compañera, el hombre monógamo, el hombre que tiene miedo y dice “tengo miedo”, el hombre impoluto, pulcro, el que se baña por horas. El hombre cuya inteligencia va más allá de los cálculos matemáticos y los juegos de palabras, llegando a los confines mágicos del silencio y de las lágrimas. El hombre alegre, satisfecho, lúdico. El hombre con carácter, el hombre generoso de corazón y de encumbrado linaje espiritual, el hombre que goza la vida. El hombre que admira lo bello y lo procura en todas sus formas, el hombre que adora la estética de la existencia misma. El hombre que no teme al trabajo, el hombre creativo, el artista para crear su propio mundo, el que expresa sus certezas y confusiones. El hombre que se ríe de sí mismo. El que cuida, defiende y protege. El hombre que se entrega a una mujer naturalmente sin tener que deshacerse en promesas porque cada gesto cotidiano revela su rendición sin aspavientos. El hombre sabio.

No se trata del príncipe azul que alimenta con su melado de bondades las esperanzas insulsas de princesas perezosas. Es el hombre real que cualquier mujer con una buena autoestima se merece. Y, como pasa con los platos que resultan deliciosos aunque sus ingredientes sean individualmente chocantes, no es la lista de cualidades sino esa acogedora mezcla de virtudes y defectos sazonada armónicamente de acuerdo a nuestra también imperfecta manera de ser, y que nos conmueve hasta los tuétanos haciendo que el corazón en coro con nuestros sentidos se arrodille, lo que hace al hombre... al menos al mío, explosivamente irresistible.

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