Cabrera Infante dice que a mediados de los cincuentas Miami era "una agrupación de grandes hoteles con nombres robados de Las Vegas. El aeropuerto era un galpón tórrido al que el calor del verano convertía en horno implacable. Comparada con La Habana de entonces, Miami era una aldea al borde de un pantano. "Quizá sobreviva algo de aquel Miami en el art deco plastificado y vano de la Collins Avenue, porque el Miami de ahora, el gran Miami, es otra cosa: un monstruo urbano con una población de diecisiete millones de habitantes según las cifras oficiales, es decir, sin contar con los que a diario viajan como turistas o entran por el hueco y llegan para quedarse.
Cuando yo era niño, dos símbolos de estatus eran tener Atari y conocer Disneyworld. Había quienes habían traído su Atari de Miami, que ya era lo máximo. Era la época en que la gente regalaba chocolatinas gringas y quedaba rebién. En televisión daban Las calles de San Francisco, Dallas y Hawaii 5-0, pero yo me acuerdo más de Miami Vice porque los malos eran colombianos. Gracias a dicha serie, el centro comercial Cosmocentro, cerquita de mi casa, se llenó de unas alpargatas con suela de cabuya que se llamaban las "maiami vais", que estuvieron de moda en tierra caliente y que yo también compré. Por esa misma época vendían unas sandalias femeninas: las Jazz, que se hicieron famosas porque en el comercial la modelo chicaneaba de que las había traído de Miami. Ese fue el destino de muchos cuando las cosas se pusieron difíciles o cuando empezaron a triunfar. Aún hoy sigue siendo Miami el destino de nuestros ídolos populares: Juan Pablo Montoya, Carlos Vives, Sofía Vergara, Juanes y Shakira viven allá.
Por catorce dólares, en el Bayside Marketplace se puede tomar un tour por los islotes de la bahía, en una lancha de dos pisos con venta de daiquirís a bordo (en vasito de plástico). Todo el público es latinoamericano. El guía echa chistes malos sobre un fondo de marimbas, traducidos aparatosamente por una barranquillera que atruena los bafles. De pronto aparecen los islotes con casas suntuosas de diferentes estilos arquitectónicos, y el guía empieza a contarnos que a la derecha, en donde está la palmera grandota, vive Ricky Martin, y que aquella es la de los Estefan, y la de más acá pertenece a Thalía. Los toures van de ocho de la mañana a cinco de la tarde, y por la noche hay party boats con reggaetón. Se trata de expediciones turísticas por el sueño (latino) americano del que habla Bacilos: "Estoy ya cansado de estar endeudado, de verte sufriendo por cada centavo, dejémoslo todo y vámonos para Miami.", y justamente para eso: para comprarse una casa grande como las que se ven desde la lancha.
Son pocos los que ganan su primer millón y tienen una casa de lujo en Key Biscayne o Coconut Groove. La mayoría hace lo suficiente para sobrevivir y quizá mandar algo a sus familias en Colombia. Se pueden conseguir un efficient en Miami Beach; o si la están guerreando más, toca Kendall, o en últimas Hialeah, igual es mejor de lo que podrían tener en Colombia. Y claro, hay que aprender a convivir con gringos, haitianos, guatemaltecos, peruanos, ecuatorianos, cubanos, y mexicanos. No importa, pues gracias a ello no es necesario aprender inglés para sobrevivir. En Miami, como dicen las camisetas, "Se habla español".
La Miami de ahora es una ciudad dura, sin andenes para caminar (excepto cuando hay vitrinas), con avenidas desalmadas e impersonales, suburbios herrumbrosos de gente sin plata, locos malolientes en el Metromover, buses que pasan cada hora, vecindarios virreinales de mucamas indocumentadas, almacenes gigantescos, edificios cuadrados, fastuosos carros con música a todo volumen y restaurantes malos.
Pero he ido, lo he logrado, triunfé.

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