Cuando yo era adolescente, la clase media bogotana suspiraba con ir a Miami. En la publicidad se hablaba con arrobo de sus playas, por televisión veíamos a las hermosas rubias en bikini saliendo del agua y caminando por Ocean Drive, y tener un apartamento era sinónimo de ser rico y honorable. Miami era una promoción y un ascenso social. Cuando a una novia le preguntaban por la luna de miel, respondía con ojos transidos: “A Miami”. Y con eso estaba diciéndolo todo: me caso bien, mi novio es un tipo prestante, activo y socialmente enérgico. (La moda de tomarse fotos mostrando el culo)

Esto no era solo en Bogotá. Recuerdo haberle oído decir a un amigo costeño que Miami era el barrio más elegante de Barranquilla, porque para allá se iba toda la high currambera. Por supuesto que nunca fui en esos años, pues a mis padres, intelectuales y profesores de la universidad pública, no les alcanzaba el sueldo para eso y jamás se les habría ocurrido usar sus ahorros en un viaje de ese tipo.

Así que para ir a Miami tuve que esperar más de 20 años, convertirme pacientemente en escritor y, por fin, ser invitado a algo llamado Feria Internacional del Libro de Miami. Fue en el año 2003. Debo confesar que me alegró poder conocer al fin ese lugar, tan mitificado por la Colombia setentera, y algo del joven espíritu de clase media debió encenderse en mí, pues esperé con cierta emoción la fecha del viaje y cuando llegó subí al avión con inusual alegría.

Pero muy pronto esa imagen se hizo trizas. El aeropuerto me pareció una enorme terminal de buses, ruidosa y fea. De ahí nos llevaron hacia el centro de la ciudad y todo el tiempo tuve la desagradable sensación de estar avanzando por una autopista periférica. ¿Dónde está la ciudad? No entendí nada. El hotel me pareció un adefesio, de un rococó grandilocuente y lobo. Desde mi cuarto se veía todo el horizonte del mar, lo que me dio un poco de tranquilidad, pero el olor a humedad que se metía por el aire acondicionado era francamente insoportable. (Cuatro destinos muy baratos y exóticos para visitar)

Mi única esperanza era esperar a Héctor Abad y tal vez salir con él a beber algo por ahí, pero se retrasó un día. Al fin me llevaron a la Feria Internacional del Libro y descubrí horrorizado que era en una carpa dentro del parqueadero de un centro comercial, o sea, que para hacer pipí había que caminar como 3 kilómetros. Di algunas vueltas por los stands de libros y todo me pareció new age, best sellers, revistas para el entrenamiento de perros, manuales de armas. Me dio la sensación de que el español tenía poco prestigio y de que los hispanos de Miami lo que querían era ser gringos al 100 %. (La isla más exclusiva del mundo)

Al fin al otro día llegó Héctor, y como Vladdo vivía allá en esos años nos sacó a dar una vuelta en su descapotable. Lo turístico que vimos fue la casa donde se filmó Loco por Mary y algunas mansiones de actores millonarios que me parecieron incluso más adefésicas que las de nuestros narcos locales. Luego fuimos a una fiesta organizada por la Feria donde lo único que había para tomar era cerveza al clima. ¿Dónde estaban las hermosas chicas en bikini? Lo que más vi, al pasear por la playa, fue a hombres y mujeres con obesidad mórbida exponiendo los efectos de desayunar con hamburguesa y Coca-Cola.

Al final del viaje concluí que Miami era una especie de gigantesco Lagomar El Peñón, solo que más caro y probablemente más lobo. Lo único bueno fueron unos zapatos que Héctor y yo compramos, un par cada uno, en los saldos del centro comercial. (15 Planes desconocidos para hacer en Colombia)

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