Multitudes enfurecidas pidiendo cadena perpetua rematando en bola demoledora para aquella que, seguro, regaló varias noches de inquietud a los hijitos del blanqueado negro Will Smith y a millones que la vieron contonearse en la reciente entrega de premios de MTV. Sí, ese para muchos sodómico-gomórrico canal televisivo que alguna vez presentó como cima de la rebeldía para chicas el videoclip aquel de Girls Just Want to Have Fun, de Cindy Lauper, quien hoy acusa a Miley Cyrus de fomentar la date rape con el clip de We Can’t Stop. Canción/manifiesto en principio confeccionada para Rihanna y que bien podría musicalizar una versión ‘aggiornada’ del Menos que cero, de Bret Easton Ellis. Silencio. Orden en la sala.

Y es que son muchos los que piden justicia y ajusticiamiento a aquella que cometió el crimen de entrar en los hogares con modales de Hello Kitty para —psicótica— revelarse como toda una Yo Bitch!, para enseguida revolcarse sobre toda superficie y lamer todo lo que se le ponga a pedir de boca y, sobre todo, de lengua.

Lo que no es nada nuevo ni algo sorpresivo, pienso. Y sí es algo que tanto madres indignadas como padres excitados (leyéndose en el dormitorio párrafos selectos de Cincuenta sombras de Grey para motivarse) y niñas supuestamente traumadas (pero no tanto) deberían haber visto venir. Porque, antes y después de todo, ¿no era ese perverso producto de la factoría Disney todo un canto apologético a la doble personalidad con una chica “normal” por el día que, de noche, se convertía en una estrella pop? ¿Es que hay nombre de actriz porno mejor que el de Hannah Montana (y es verdad o no eso que ya le han ofrecido no actuar sino dirigir un film X-Rated)? ¿Y no fue Miley Cyrus alguna vez espermatozoide adelantado del infame Billy Ray Cyrus, responsable directo de esa polución line-dancing del country llamada Achy Breaky Heart? ¿Cabía esperar algo bueno de todo eso? No lo creo, no da lugar.

Tampoco, pienso, es Miley Cyrus la única culpable de su devenir plástico-ninfómano para intentar alcanzar las alturas de muñeca/ícono inflable. Antes que ella estuvo Betty Boop. Y Marilyn. Y Madonna. Y Britney. Y, ahora mismo, las supuestamente sacerdotisas del girl power Rihanna y Katy Perry y Lady Gaga saben a la perfección que —por debajo de todo aire combativo y feminista— hay que mostrar pierna y ajustar corsé si se quiere triunfar en, como le advirtió a Miley Cyrus, vía carta, Sinead O’Connor, “un mundo de hombres que nos obligan a rebajarnos”.

Y tal vez encuentre sitio en el estrado si me pongo un poco exquisito y musicológico: ¿es pertinente pedir años extra a la sombra por lo que le hizo al You’re Gonna Make Me Lonesome When Yo Go de Bob Dylan? ¿O acusarla de que su Wrecking Ball, hasta que entra el estribillo, se parece demasiado a algo de Lana Del Rey, versión davidlynchiana de Miley Cyrus? O preguntarle a bocajarro quién se cree que es ella para reírse de Justin Bieber en un sketch de Saturday Night Live (mientras, seamos honestos, la felicito y le concedo la atenuante por, también, reírse de sí misma y de cómo se ríen allí de ella; por prestarse a la video-parody del Partido Republicano y su casi hardcore reciente cierre parcial del gobierno cortesía de John Bohener; y por dar la exclusiva en vivo y en directo de que “Hanna Montana ha sido asesinada”). ¿O tal vez —como apuntan editoriales y columnas de opinión en The Washington Post o The New Republic— haya que lapidar en público a Miley Cyrus por sacar del porno-shop y del strip-club terminología hasta ahora prohibida para menores de edad sin reparar que las evoluciones acrobáticas para toda la familia de las cheerleaders antes de un partido de high-school no están demasiado lejos del twerking? ¿Y qué decir de aquellos guardianes de la moral mayorista y silenciosa que advierten —sin poder dejar de mirar, como alguna vez miraron sin preocuparse demasiado por las piruetas sátiro-satíricas del gran Prince— de un “amarronamiento” de la cultura norteamericana desde que el rap se convirtió en música para blancos hasta entonces tan pálidos y arrítmicos y súbitamente muy saltarines y latino-afroamericanos cuando se trata de hacerse los malos o de dar miedo? ¿O reír con la demanda contra Miley Cyrus del inventor de ese deportivo dedo gigante de gomaespuma por “degradar un ‘honorable’ y deportivo ícono deportivo”? ¿Y me interesa o me convence o me reafirma en mi posición toda la anterior evidencia presentada por personas más o menos impresentables que aún consideran a lo sexual como asunto risqué?

Nah…

Y —justo cuando estoy por indultarla y soltarla para que rediseñe en versión hot su uniforme de presidiaria y siga haciendo de las suyas y, libre pero bondage, exclamar cosas como “¡Al fin me he convertido en la zorra que siempre he querido ser!” sin hacerle mal a nadie y, supongo, para el más o menos confesable placer de muchos— decido darme una vuelta por su site oficial y allí está Miley Cyrus. En una foto. Con una mano agarrándose la entrepierna y con la otra señalando esa lengua fuera, esa lengüísima afuerísima. Esa lengua que es la lengua más famosa del pop luego de la del logo de los Rolling Stones y la de Gene “Kiss” Simmons: juguetes viejos, pero que todavía funcionan. Y algo me dice que a Miley Cyrus las pilas no le durarán tanto, pero quién sabe… Y el problema no es la foto sino lo que dice bajo la foto, las letras sobre las que hacer clic con el ratón que no es Mickey. Y el mensaje para todas aquellas que la imitan y todos aquellos que la desean y que —ahora sí, de verdad, porno muy duro, penetra en mi merchandising, ha llegado la hora de pagar, esclavos míos— jadea y gime y ordena un “Buy! Buy! Buy!”.

Entonces, sí, condenada sin miramientos ni atenuantes. Miley: te dejo dentro y cierro la puerta y tiro la llave y que tu padre te visite una vez por semana y te traiga pasteles decorados con Minnie Mouse y con una lima dentro para que la chupes y la relamas y la beses y la lengüetees hasta el Día del Juicio Final.

Lights out!

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