Llevo yendo al estadio muchos años. Más de 30. Siendo chiquito me llevó mi papá, al que no le gustan ni el fútbol ni los tumultos. En resumen: no le gusta ir al estadio, pero hizo el sacrificio por su hijo. Después fui con amigos. Fui solo. Fui con mi novia. He ido con mi suegro. Ahora voy con un amigo entrañable y, de vez en cuando, con María, que hoy tiene 6 años. No he encontrado un mejor plan.

Y eso que en 30 años de ir al estadio a apoyar a Santa Fe, he salido triste y aburrido en un porcentaje no despreciable de ocasiones. Empapado por la lluvia, buscando transporte en la 30 y haciendo cuentas con los partidos que faltan para ver si clasificamos. Sin embargo, todo eso lo paga, de sobra, gritar un gol con mi equipo. Porque viendo televisión uno mira los goles de su equipo, en el estadio uno los grita con el equipo hasta quedar ronco. Con Gottardi y con el Tren Valencia o con la Cachaza Hernández y con Pachito Whittingham, todos los grité con el alma. Y cuando son a Millonarios, con alma, vida y sombrero. Pero gritarlos, saltando y abrazando con todas las fuerzas al hincha vecino, que prácticamente no conozco, porque, por ejemplo, Wílder logró pasar en forma imposible entre tres defensas brasileños y hacer el 1-0 a Gremio para clasificarnos a semifinales de la Copa Libertadores, es simplemente maravilloso.

Encontrar buenos vecinos de tribuna, sin embargo, no es fácil. Los momentos de gloria, hermosos como son, son escasos, y es importante tener buenos compañeros de viaje para subsistir a los muchos Santa Fe-La Equidad sin goles ni emociones o los partidos en que no hacemos tres pases seguidos. Un vecino detestable puede no solo arruinar el partido, que ya es grave, sino liberar los peores demonios que viven en nuestro interior. Yo le he deseado cosas malas, muy malas, vergonzosamente horribles, debo aceptar, a varios hinchas santafereños que padecí. El primero, hace ya varios años, era un adolescente en plan de nuevo macho alfa, que levantaba gritos racistas a todos nuestros jugadores al primer pase equivocado. Pero lo que más me ensoberbecía era que después celebraba nuestros goles sin pudor alguno, cuando cinco minutos antes le había gritado a nuestro delantero que se devolviera a comer banano a las ramas de los árboles. No lo hemos vuelto a ver y temo que se hicieron realidad mis plegarias. Descanse en la paz del Señor.

Más recientemente, mi odio se ha concentrado en un señor hecho y derecho, que tiene la costumbre de dar instrucciones precisas a cada jugador durante los noventa minutos, tuteándolo melosamente: “Mete el centro, Yuli, papi. Papi, Ómar, despacio. Suéltala, Dani, papi.” Le decimos Yulipapi, y lo hemos maldecido a él, a su hijo, a los hijos de sus hijos y así.

Hoy, por azar o por fuerza del destino, estoy rodeado en la tribuna de importantes personalidades. Me acompañan puntualmente, entre otros, los hermanos Rausch, elegantes y siempre centro de atención del grupo. Pacheco, que en una prueba de amor insuperable por el equipo, viene del más allá a apoyarlo un poco e insultar al árbitro algo más. Cristiano Ronaldo, pero en versión no endiosada. El hijo del registrador, que intenta pasar desapercibido, pero salta a la vista que no lo logra.

Ya menos conocidos, pero fundamentales para nuestro futuro, están Fernando y su hijo, Catarato, Milton, Érika y mi vecino de la izquierda, aún por bautizar, que es una verdadera joya: siempre apoya y nunca insulta al equipo, comenta en forma ponderada el bajo nivel de algún volante de marca y jugamos al técnico proponiendo cambios que destraben el partido. El sábado pasado, cuando arrancó el aguacero en la mitad del segundo tiempo, de la nada y en silencio le pasó a María un plástico rojo para protegerla de la lluvia. ¿Cómo voy a dejar de ir al estadio si puedo abrazar a mi vecino protector, a mi amigo, y sobre todo a mi hija, gritando un gol de Santa Fe?

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