Nunca se vio tanto esfuerzo de la humanidad por verse fea. Y ese empeño realmente tuvo resultado porque durante 10 años el ser humano encontró que la mejor manera de ser atractivo era buscar hasta la saciedad la posibilidad de verse inmundo. La contradicción es clara, pero así funcionaba todo en los años ochenta.

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Si hubo una invasión extraterrestre por esos tiempos, los alienígenas pasaron inadvertidos por la Tierra y se sorprendieron al ver cómo sus costumbres se imitaban a la perfección en el planeta.

Porque un poco esa es la punta del iceberg en la que se edifica la manera de vestirse y de peinarse por aquellos días: la idea del fin del mundo, de irse a otro planeta para ver si allá sí había vida. Y esa idea se vio reflejada en todos. Las mamás de los compañeros de curso parecían del elenco de V, la batalla final en las reuniones de padres de familia. Vestidas con telas que parecían papel aluminio, con hombreras abultadas y cuellos en V, personificaban ellas misas seres interestelares.

Alguna vez, y puedo escribirlo sobre piedra, vi a una de esas señoras engullirse una rata de un solo bocado, escondiendo su verdadera identidad y arreglándose algo del cuero caído en la cara y que dejaba ver que era, en realidad, un lagarto. Pero nadie quiso creerme. Logré tomar una imagen con una instamatic, pero el rollo se veló cuando fui a desarrollarlo en una droguería –único lugar en el que revelaban películas en esas épocas–.

No solo fue la forma de vestir. El pelo también sufrió bastante: despeinados a propósito, como si hubiera una intención en ello, y ese olor a laca que hacía imposible prender un cigarrillo dentro de una peluquería, en tiempos en los que la gente fumaba en cualquier parte, porque todo podía explotar. Que no me vengan con pacaterías, los ambientalistas de hoy fueron, en los ochenta, los verdugos de la capa de ozono por estar parándose el pelo. ¡Ellos son los únicos responsables!

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Era imposible comprender por qué ya no estaba de moda entre las mujeres el virginal y siempre sensual peinado a capas de Farrah Fawcett: en la década de los ochenta la idea era parecerse más a Boy George y a Grace Jones a la vez. Rarísimo. Y cuando avanzó un poco más el tiempo y los tres canales que teníamos seguían taladrando nuestras mentes con Cindy Lauper y sus medias rotas y accesorios color fosforescente, emergió de nuevo la figura extraterrestre que determinaba entre las mujeres el aspecto capilar: parecerse a Alf era la meta. Peinarse como un marciano.

Y era darse una pasada por Von Glacet, Crema & Lujuria, Benny’s o por un Crepes & Waffles para entender que la estética estaba derrotada. Hombres y mujeres se jactaban porque sus jeans Pepe con prenses, pero bolsudos en la cadera y piernas, parecían haber sido lavados en litros de límpido –a eso se le decía frosted–, y además orgullosos porque el tobillo se ennegrecía de gangrena por lo entubada de la bota. Mientras tanto el pie, amoratado de tanto contener sangre, reposaba su muerte lenta dentro de unos Reebok de botín con cierre de velcro en la parte de arriba. También hubo Redbrook y Keeber, imitaciones criollas perfectas, pero que eran objetivo militar de matoneo de aquellos a los que sí les podían comprar los originales.

Blusas OP, sacos con hombreras –que más bien parecían casetes de VHS empotrados en la clavícula– hechos por Medellín y su Moda, pulóveres largos de tonos pastel de The Limited y Tiky… y uno ahí, parado en medio de la inmensidad con cara de imbécil y con el letrero de “pasado de moda” en el pecho, resistiendo con valentía y armado únicamente de unas botas Hevea de gamuza, jean azul –muy azul– marca Sergio Valente, saco de un solo color –obvio, sin hombreras–, camisa blanca sin motivos fluorescentes y peinado con carrera a la derecha sin comprender muy bien por qué vestirse como terrícola en los años ochenta estaba tan mal visto.

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