I
Mi hermana Catalina es blanca como la leche y cuando éramos chiquitas y nos llevaban a la playa se ponía roja y se insolaba. Cuando caminaba mucho y hacía calor, se le pelaban los muslos en la parte de adentro, por el roce. Mi mamá decía: "Parece cachaca". Y era como si dijera: "Está mal hecha". Pero rápidamente descartaba esa idea porque mi hermana Catalina es blanca como la leche, pero culona como una negra y todo el mundo sabe que las cachacas no tienen culo. Entonces, aparte de la ausencia de culo —cosa que ya uno nace sabiendo—, lo primero que supe de las cachacas fue: que bajo el sol se ponían rojas y que si uno les miraba la entrepierna seguro que la tenían pelada. Pero yo nunca le miré la entrepierna a una cachaca. Mi hermano sí. Y mis primos. Y los amigos de mi hermano y de mis primos. Y algún novio; o todos los novios que tuve, sobre todo en vacaciones. Mi mamá se paraba en la puerta hasta que mi hermano llegaba, tarde en la noche: "¿Dónde estabas?". Y él: "En la playa". Y ella: "¿Con cachacas?". Pero sonaba así: ¿con perritas pulgosas infectadas de gonorrea? Y él se reía bajito. Y Matilde, la muchacha, metía la cucharada: "Las de clima frío tienen el jopo caliente, doña Emilse". Lo segundo que supe de las cachacas fue eso: que tenían el jopo caliente. Que venían en vacaciones a acostarse con costeños, que —a falta de culo— se olvidaban de sus tetas casi tan rápido como de sus nombres. Pero ellas volvían.

II
Después fui a Bogotá. Las cachacas tenían la cara rosada, los modos suavecitos y la sonrisa fácil. No acababan de terminar una frase cuando ya estaban pelando la chapa. Había unas que duraban con la chapa pelada la frase entera, y era como si hablaran con los dientes. "Es la clásica falsedad cachaca", me explicó mi amiga Vero, que era costeña, pero hacía rato vivía en Bogotá. Con el tiempo descubrí una gradación en esa falsedad: en un extremo está la falsedad clasemediera y lambona, tipo de secretaria resentida; y en el otro está la falsedad elitista y condescendiente, tipo de señora o señorita bien, tipo de señora o señorita mal comida. Y, entre esos dos, las cachacas bailan bambuco. Vero tenía una vecina que vendía celulares y siempre que me veía chillaba: "Ayyy, tan bonitica la costeña", y se me prendía del brazo como un tití. Una vez cumplió años y no nos invitó. Vero tenía una parienta con plata a la que visitábamos a veces por instrucción de su mamá. La parienta nos sentaba en la sala, pelaba la chapa y no decía ni mu. "¿Cómo le ha ido?", decía Vero. Y ella: "Divinamente". Y Vero: "¿Cómo está la familia?". Y ella: "La familia regia". Y ahí se agotaba el tema. Cuando ya nos íbamos, deshacía la sonrisa y se quejaba: "¿Tan rápido?". Y así. "Las cachacas fingen tanto en el día, que a la hora de tirar les queda la inercia", nos dijo una de esas noches Pablo, el novio de Vero, que era paisa. Eso fue lo tercero que supe de las cachacas, y pensé que por eso les rendía tanto en Cartagena: si total fingen, si total no les cuesta, si total lo regalan.

III
El fin de año era temporada de trepar. Empezaba en noviembre: ahí se aparecían las cachacas del jet set, con su lobera y su arribismo, a perseguir a los hermanos, novios, narcopadrinos de las reinas. En diciembre cambiaba el estrato, no mucho la actitud. A eso de las seis, las cachacas se envolvían en un chal y empezaban a pasearse por el centro: "Esa es la casa de Julio Mario", entraban rápido en confianza. Porque las cachacas nacen hablando de usté, pero ya en su tierna infancia desarrollan la ilusión de que si tutean a un famoso y/o millonario, se acercarán un poquito a él. Una vez mi amigo Paul, que trabajaba en el Reinado, me hizo jurar que, si alguna vez me iba de Cartagena —cosa que hice— y volvía para un evento —cosa que también—, nunca jamás me pondría un chal: "Te van a confundir con una cachaca". Juré y cumplí. Porque, aunque entonces creía que Paul exageraba, con los años entendí que si uno empieza haciendo esas concesiones, al rato se ve en un coctel mostrando la chapa y un poco las tetas y diciendo por lo bajo: "Qué vieja cula", refiriéndose a esa misma que acaba de saludar con afecto exagerado; después se ve mirando billeteras, tuteando magnates, saltándoles encima y fingiendo orgasmos. Todo por culpa de un chal. Todo por no preservar los prejuicios. Así, a lo largo de la vida, supe cuatro y cinco y cien cosas más de las cachacas, hasta que paré de contar. Las lecciones importantes ya estaban aprendidas: 1) A las cachacas no hay que creerles lo que dicen, mucho menos si te favorece. 2) A las cachacas no hay que presentarles al novio, mucho menos en vacaciones. 3) Si uno tiene plata, apellido o algo que suponga garantía rápida de escala social, es mejor evitar a las cachacas: agacharse cuando vea una, sus colmillos caerán en el cuello del siguiente. 4) Si uno no tiene nada de eso no hay que preocuparse, no habrá cachaca que se le acerque. Y les anoto una buena: en eso de ‘no basta ser, sino parecer‘ —máxima que rige la infancia costeña—, las cachacas nos ganan, van mucho más allá; en ellas el verbo se confunde: el ser consiste en parecer, aunque casi siempre lo que no son.

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