Para empezar, ellas mismas la usan. Dicen "demasiado rico", o "demasiado bueno" con ese sonsonete tan cansón, y uno debe entender que no es algo feo, o malo, sino que les parece tan maravilloso que no pueden describirlo.

Demasiado también es una palabra que aplica para describir su cocina. Cuando una matrona paisa quiere demostrar amor, no sabe hacerlo en dosis chiquitas, y mientras más grasa tenga, mejor. Chicharrones, fríjoles con garra, carne en polvo, arroz, maduro, chorizo y arepa, no solo constituyen el plato insignia que toda antioqueña de bien debe preparar a diario, sino que es su forma —la única, porque las matronas son bien secas— de demostrar cariño a sus hijos.

Y hablando de hijos, de eso también tienen demasiado las paisas. ¡Qué raza más fértil, por Dios! Sacuden la sábana y salen hijos y como ellas dicen que el niño viene con la arepa debajo del brazo, pues no escatiman esfuerzos para llenarse de arepas.

Uno podría decir que a punta de fríjoles las paisas también se han vuelto demasiado. Masivas, es decir. Matrona que se respete pesa mínimo 80 kilos (sin contar dos libras de bigote).

Otra característica de las matronas paisas es que son rezanderas. Y godas. Y criticonas (véase Tola y Maruja). Y mandonas. Todo eso en demasía.

Pero hasta ahora solo he hablado de esas mujeres de 50 para arriba, las paisas de pura cepa, esas que nosotros, los cachacos, decíamos que eran unas viejas de armas tomar, bravas y feas, que lo mismo domaban un caballo que un marido o 15 hijos.

Las otras, las paisas jóvenes, son totalmente distintas, pero para nada son mejores. Si uno se pone a pensar, la fama que tienen de lindas viene desde hace 20 años, tal vez menos. ¿Por qué? ¿Acaso mejoraron la genética? Obvio que no, si son tan montañeras que todavía se casan con el primo hermano porque es lo que tienen más cerquita. Lo que pasó es que descubrieron al que se ha convertido en su mejor amigo: el cirujano plástico. A Medellín le dicen Silicona Valley porque todas han pasado por el quirófano para mejorarse. Se quitan quijada, se ponen culo, se aplanan la panza, se sacan los gordos, se rebanan la nariz, se inflan las tetas, se chupan los cachetes, en fin. Lo que hay que hacer se lo hacen para poder vestirse con un trapito transparente y salir a tomar guaro en el Parque Lleras o en la vía a las Palmas, porque también son demasiado lobas.

Y, como ellas no se conforman con poquito, no señor, cuando se operan, lo hacen en grande. No se ponen una talla, sino que se crecen las tetas a 36 DDD. No se ponen un poquito de culo, que históricamente lo han tenido chupado, sino que se clavan un par de repisas para que el novio les pueda dejar ahí la copita de aguardiente y el plato de chorizos.

Todo eso lo tienen que hacer para compensar algo que les falta. Si tuviera que adivinar, diría que es cultura. Por ejemplo en la música, pasaron de suspirar por Julio Jaramillo a matarse por Juanes. Y les gusta porque no se baila apretadito, como la cumbia, o con swing, como la salsa, porque ellas no saben bailar. No pueden. Si les ponen algo distinto a un merengue, se mueven como si tuvieran un ataque de epilepsia.

Sus ejemplos de mujeres también dejan mucho qué desear. La mujer más representativa de la región es la ilustre Natalia París, el símbolo de la mujer paisa, que tiene no solo demasiadas tetas sino también un exceso de burradas comparables a las de George Bush.

En conclusión, las mujeres paisas son mucha cosa. Desde siempre, aunque ahora son peores. A mí me parece que esa reinvención de las paisas no es para nada buena, porque se ven lindas, claro, pero no están engañando a nadie. Apenas lleguen al cuarto piso se van al traste las cirugías y sale a flote la genética. Se vuelven a inflar, gracias en parte a que no han dejado de comer fríjoles embutidos por sus propias mamás como prueba irrefutable de su amor. Les sale bigote, se vuelven mandonas, neuróticas y criticonas.

La única ventaja que tienen las paisas de hoy frente a sus mamás es que se reproducen menos. La ventaja, claro está, es para nosotros.

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