Para la Copa de Brasil 1950, por primera vez Inglaterra aceptó jugar un Mundial y viajó con sus grandes figuras, entre ellas Alf Ramsey y Stanley Matthews, conducidas por el célebre entrenador Walter Winterbottom. Hasta entonces, los inventores del fútbol sólo habían competido oficialmente con Escocia, Gales e Irlanda por el torneo británico, y amistosamente contra otros países. En su debut, los ingleses derrotaron fácilmente a Chile por 2 a 0. Para enfrentar al débil equipo de Estados Unidos en Belo Horizonte, Winterbottom dejó en el banco a Matthews, a quien quería fresquito para el choque decisivo de la primera ronda con España. El técnico creía ganado el match antes de empezar y su optimismo parecía lógico: los estadounidenses habían llegado a Brasil luego de perder dos amistosos (0-5 con el Besiktas de Turquía y 0-1 con un combinado amateur de, vaya paradoja, la misma Inglaterra) y en su debut habían caído por 3 a 1 con España. En las casas de apuestas de Londres, la victoria “yankee” se pagaba quinientos a uno. Pero esa tarde a los ingleses no les salió una. A los 38 minutos, un pelotazo de 25 metros de Walter Bahr encontró la cabeza de Larry Gaetjens -un haitiano que ni siquiera se había nacionalizado estadounidense- y el balón fue a parar al fondo del arco británico, a pesar de la estirada del arquero Bert Williams. En desventaja, los ingleses lanzaron miles de centros dentro del área rival, pero todos fueron rechazados por la -ese día- sólida defensa norteamericana. Los minutos se evaporaron, hasta cristalizar uno de los grandes batacazos de la historia del fútbol mundial. Finalizado el juego, el referí italiano Generoso Dattilo le dijo a un periodista que “si no lo hubiera arbitrado yo mismo, jamás lo hubiera creído”. El prestigioso matutino londinense “The Times” opinó que “probablemente nunca antes un equipo ingles jugó tan mal”. El 0-1 recibido a través del télex de la agencia de noticias Reuters sorprendió a los periódicos británicos: muchos solicitaron una confirmación del resultado, pero otros, apremiados por el cierre y casi ahorcados por la diferencia horaria, pensaron que se trataba de un error tipográfico (algo bastante usual en esos tiempos de incipiente tecnología en telecomunicaciones) y titularon, orgullosos, "Inglaterra 10-Estados Unidos 1".

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