El 20 de julio el Ministerio de Cultura va a realizar el Gran Concierto Nacional. Bajo este nombre se reúnen una gran serie de eventos simultáneos en alrededor de 900 municipios de todo el país. La actuación de varias de las estrellas más reconocidas, quienes se presentarán gratis en las grandes ciudades y le darán visibilidad mediática al evento, es de por sí importante. Pero lo más relevante de este proyecto es reunir por primera vez, en cientos de tarimas a lo largo y ancho del país, a músicos de las más diversas tradiciones: sinfónica, tradicional, contemporánea, de fusión, rock, jazz, hip hop, música del Pacífico, caribe, llanera, andina… Mezclados, entreverados, sin fronteras ni cercas.

Cada vez me gusta más la música colombiana. Y no porque sea hecha en Colombia sino porque cada vez es mejor. Y, la que me gusta, considero que es mejor porque ha aprendido a mezclar, a filtrar, a adaptar, a adoptar. Suelen ser cada vez más variados, arriesgados. A ratos resultan muy divertidos, y cada vez son más amigos de aceptar influencias, de prestarse sonidos e instrumentos, de escucharse unos a otros. Sin preocuparse demasiado —cada vez menos— si esta o aquella referencia es autóctona, si es originaria de este país o viene de otro lado.

Y por eso me gusta tanto el cuento de Iván Benavides, el cerebro que está detrás de la organización del Gran Concierto Nacional. Porque él está en contra de los simplismos nacionalistas, de esa confusión entre autóctono y auténtico que se presta a tantos malentendidos y manipulaciones.

Para comenzar, uno de los puntos más relevantes que toca Benavides, y acerca del que casi nunca se reflexiona, al menos por fuera del ámbito académico, es lo que él llama "el mito del origen". Es decir, esa idea heredera directa del concepto del Buen Salvaje, de Juan Jacobo Rousseau, que consiste en ver al indígena y al negro como un ser impoluto, libre de todo mal, aislado en su remoto paraíso selvático, desconectado de lo que llaman "el país real", anclado en un lugar donde no fluyen el tiempo ni la historia.

De ese concepto se agarran muchas veces ciertos mal llamados puristas para atacar a quienes parten de las raíces para desarrollar propuestas contemporáneas. Más grave aún, para descalificar a quienes, desde su "indigenismo" o su "negritud", se atreven a contaminarse de modernismos, a electrificar y ensuciar su sonido, a cantar desde la calle del tugurio en vez de hacerlo a nombre de paisajes bucólicos y románticos de donde echaron a bala a sus padres, y donde ellos ya no pueden o no quieren regresar.

Colombia es, ante todo, un país de campesinos que han migrado a las grandes ciudades. De indígenas y negros que, sin olvidarse necesariamente de sus raíces, acogen como propios otros sonidos hermanos que llegan de más allá de las fronteras.

Por eso, recuerda Benavides, ha sido tan importante Jorge Velosa, quien le devolvió la voz al campesino. "Antes, la música andina era por lo general la voz de la hacienda". Y, en efecto, muchos puristas de la música andina se aparecen por los festivales musicales con sus pintas de hacendados latifundistas y despotricando de todo aquello que no evoque el guadual, el cañaduzal o el arrozal.

Velosa le dio voz al campesino de "la Vereda Velandia en el municipio de Saboyá". Es un campesino que anda en camión, al que le regalan una cucharita de hueso y se la roban "en pleno centro de Bogotá".

Benavides también presenta un ejemplo muy claro de cómo "el mito del origen" puede utilizarse con fines políticos muy precisos. En su opinión, el vallenato es una visión simplificada de la música de acordeón y responde a la creación del departamento del Cesar, en 1968, y a una necesidad de algunas élites políticas y económicas de Bogotá y Cesar de reivindicar los ritmos del Valle de Upar como lo original y auténtico del acordeón. "Simplificaron toda una expresión que iba desde la Guajira hasta las sabanas de la actual Córdoba y se manifestaba a través del acordeón de Andrés Landero, chandés, sones, cumbias y otros ritmos". De hecho, solo cuando uno conoce Aracataca se entera de que el primer festival vallenato se celebró allí, dos años antes de su nacimiento oficial en Valledupar.

Así que este 20 de julio Colombia tendrá una oportunidad no solo de gritar "uepajé" y divertirse, sino de escucharse y mirarse en toda su diversidad y varias de sus contradicciones a través del espejo de la música.

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