Ahora que se exaltan los triunfos internacionales de un puñado de músicos colombianos uno dice "qué bien", pero también se pregunta para dónde va todo esto.
Porque una cosa es lo visible, lo que recibe eco en la radio y la televisión, y otra lo que sigue oculto, en las veredas, una cultura local indefensa ante los embates de la globalización, de las modas pasajeras y no tan pasajeras que imponen la radio comercial, la acelerada urbanización del país y, lo peor de todo, la traquetización de Colombia, la violencia y la guerra.
El panorama, aunque de celebración gracias al auge de la colombianidad en los últimos años, esconde un lado trágico: tribus y comunidades desplazadas que pierden su memoria cultural, jóvenes que se alejan de sus raíces locales para caer en las modas generales que se imponen desde las grandes ciudades, un patrimonio muy diverso amenazado de muerte.
Pero, ¿qué es patrimonio? De entrada tiende a pensarse que solo lo viejo es patrimonio y lo nuevo es ruido, contaminación. Esa es una mirada peligrosa que, llevada a extremos, permitiría concluir que la única música de veras digna de preservarse data de los tiempos en los que un homínido le pegó a un cráneo con un fémur.
El purismo, que es necesario, se puede convertir en un obstáculo. Gracias a los puristas se preserva la tradición. Siquiera existen investigadores metidos hasta los codos documentando y rescatando cualquier huella del pasado que sobrevive en el presente. Pero despotricar de lo nuevo porque es impuro... ¿a partir de qué momento una música deja de ser pura? El vallenato con acordeón, ¿es puro o impuro? La música, como todo en el mundo de la cultura -comenzando por la agricultura y pasando por la ciencia, los idiomas, la organización social- es dinámica. Evoluciona. Se adapta a los tiempos.
En el caso concreto de la música andina el panorama es bien difícil. La tradición ya no tiene cabida en los medios masivos. Casi nadie la echa de menos porque sus letras por lo general no les dicen nada a quienes jamás han vivido en un cafetal a la sombra de un guadual. Sus hermosas melodías, ancladas en el siglo XIX, por lo general suenan a viejo. Y cuando llega alguien a proponer innovaciones, los puristas saltan: "¡Anatema!", "¡herejía!", "¡sacrilegio!", "¡profanación!".
Hace algunos meses Alberto Upegui, en una entrevista que le concedió a Lecturas Dominicales, expresaba su angustia porque la música colombiana estaba en peligro de extinción. Apelaba a la necesidad de preservar la tradición, amenazada desde todos los flancos. Hasta ahí todo muy bien. Pero manifestó que Carlos Vives, en vez de componer, debería dedicarse a cantar los mismos vallenatos de toda la vida. Algo así como pretender que le hubieran dicho a Beethoven "mire, don Ludwig, usted toca fortepiano muy bonito pero, por favor, no componga sonatas. Más bien limítese a interpretar partituras de Mozart. Hágame caso, yo sé por qué se lo digo".
¿Acaso don Alberto Upegui no presenta en la televisión un programa de música colombiana ejecutada a punta de organetas? ¿Acaso el bambuco de tiple, bandola y guitarra no fue el producto de la evolución de un género que antes se interpretaba con flautas y tambores?
Las fusiones hechas con seriedad también ayudan a preservar la tradición. No solo ponen ritmos tradicionales al alcance de públicos urbanos contemporáneos, sino que también recuperan a músicos tradicionales y les graban discos. Vives y Cabas han acercado a miles de colombianos a tradiciones musicales de la Costa que para ellos estaban ocultas, no existían. Y lo mismo Antonio Arnedo, los integrantes de Curupira, Guillermo Carbó, tantos otros...
En el pasado festival del Mono Núñez pude admirarme con el talento y la versatilidad de músicos jóvenes y no tan jóvenes. ¿Por fuera del círculo de los iniciados alguien ha oído a ese soberbio pianista llamado Hernán Darío Pérez, al virtuoso violinista Santiago Medina, al extraordinario Plecto Trío? Emociona oírlos, pero también da tristeza saber que una inmensa mayoría de colombianos ni siquiera sabe que existen y, mucho menos, tiene acceso a sus grabaciones.
En fin, este es un tema difícil, complejo y urgente. Porque lo que está en juego es la diversidad cultural de Colombia. Y en vez de gastarles tanta energía y tiempo a debates teóricos acerca de qué es patrimonio y qué es puro o impuro, los encargados de preservar y divulgar la cultura deberíamos hacer un frente unido para salvar lo que queda de las garras de la globalización, la traquetización, el desplazamiento y la muerte.

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