Como un caldo hirviente podría definir este mar que impide hundirme en sus aguas. Flotar aquí parece la mejor elección cuando ya, una vez, adentro, la sal empieza a imponer su presencia. Entiendo por qué lo llaman así, el Mar Muerto.

Para bañarme en las aguas más salinas del mundo tuve que cruzar colinas baldías y planicies áridas durante una hora, desde Jerusalén, tiempo suficiente para entusiasmarme con avistamientos de camellos, tribus beduinas con sus rebaños de cabras al lado de algunas gigantescas torres de electricidad, enormes estructuras encargadas de surtir de luz las casas de estos pastores del desierto —hechas en su mayoría de hojalata y tejas prefabricadas— que parecen regurgitar del fondo del desolado paisaje.

Ocasionalmente se ven algunos arbustos, cactus, palmeras de dátiles y olivos, la única naturaleza capaz de aferrarse a la tierra reseca.

A medida que transcurrió el viaje sentí el cambio de presión que produce bajar desde una altura de 800 metros hasta -422 metros sobre el nivel del mar (el Mar Muerto es considerado el punto geográfico más bajo del mundo). Las señalizaciones en la vía, escritas en tres idiomas —hebreo, árabe e inglés— avisaban las distancias hasta nuestro destino, e informaban rutas a otras ciudades cercanas, como Jericó.

El bus que nos llevó a mí y a otros viajeros hasta el Hades terrenal contaba con una excesivamente animada y altisonante guía que intentaba hablarnos en el poco español que sabía, y a quien no le entendí mucho. Cuando le oí decir que el Mar Muerto era un lago, la interrumpí ante mi confusión. Ella ratificó lo dicho: el Mar Muerto es un lago.

Lo pude corroborar en mi guía de viajes: el Mar Muerto se ubica entre Israel, Jordania y parte del territorio palestino. Es un lago endorreico, una cuenca hidrográfica sin afluentes (lo que impide evacuar sus aguas), haciendo que gran parte de su contenido se concentre en un mismo lugar desde hace siglos. Una vez el sol vaporiza el agua, la cuenca queda con una alta concentración de sal; el Mar Muerto tiene aproximadamente 350 gramos de sal por litro (los océanos tienen unos 35 gramos), lo que imposibilita la existencia de seres vivos, razón del lúgubre nombre de este cuerpo de agua.

Al pagar el tour que me llevaría hasta las riberas salinas del pedazo de mar que le corresponde a Israel me prometieron una tarde inolvidable en un resort de ensueño. Pero cuando vi que el bus empezaba a cuadrarse al lado de una arquitectura anticuada, de vidrios polarizados y paredes rajadas, aseveré la regla universal de todo tour: la foto de los panfletos que muestran las agencias de viajes nunca coincidirá con el estado actual del lugar al que se llega.

Después de cambiar el refrescante aire acondicionado del bus por un calor tipo secador de pelo en la cara, no tuve más opción que entrar a esa casona repleta de turistas donde se agolpaban curiosos para comprar variedad de productos cosméticos —elaborados a base de sal para curar todo tipo de males— y alquilar toallas, chancletas y gorros de baño. A ellos, al igual que a mí, les dieron dos boletas, una para reclamar el almuerzo (bufé recalentado) y otra que los acreditaba para solicitar una bebida. Al principio me rehusé a comer en la cafetería inundada por un aroma a huevo duro, pero cuando me explicaron que el olor del lugar se debía a la concentración de minerales del lago opté por armar mi almuerzo con los productos más frescos que pude encontrar.

Emberracado por haberme dejado sacar más plata de la que debía pagar por estar en ese lugar (un tour de un día al Mar Muerto cuesta alrededor de 90 dólares, inversión que no se vio reflejada en la calidad del sitio al que llegué), estaba dispuesto a pedir un reembolso en el momento en que me dieran un monedero neón para colgar en el cuello, pero en cambio me dieron una llave que correspondía a un locker diminuto que olía a humedad, donde debía acomodar toda mi ropa, mi cámara y el morral que llevaba. A un lado, los hombres; al otro, las mujeres. No sé cómo sería el lado femenino, pero en el nuestro la gente —en su mayoría europeos de la tercera edad buscando curar sus achaques con las supuestas bondades del agua del Mar Muerto— caminaba empelota rozándolo a uno sin el más mínimo pudor. Haciendo caso omiso a los hongos que se acumulaban entre las grietas y bordes del piso de cerámica, caminé rápidamente hacia unas pequeñas piscinas llenas de agua salina. Había un letrero que ilustraba las cosas que no se debían hacer en los estanques; prohibido clavarse, prohibido estar más de diez minutos en el agua, prohibido sumergir la cabeza. Al entrar en las piletas se me vinieron a la cabeza recuerdos de las termales de Paipa, solo que el agua de estas israelíes era mucho más densa y se quedó pegada al cuerpo luego de salir, como una capa de aceite.

Luego del primer acercamiento con las aguas saladas, quise ir al Mar Muerto de verdad, a ese lugar donde Herodes y el rey David se asentaron y donde los griegos, romanos y egipcios se bañaron. Fui a un paradero por donde pasa un carro con varios vagones recogiendo a los turistas y los acerca hasta las playas del mar, alejadas del edificio principal, ya que se ha venido secando a una velocidad alarmante y hoy en día sus aguas están varios cientos de metros más alejadas de su ubicación original. Según el periódico Jewish Times (publicado en Estados Unidos), en 1948 —año en que se fundó Israel— casi 1,4 billones de metros cúbicos de agua fluían hacia el Mar Muerto. Hoy en día fluyen solamente 100 millones de metros cúbicos de agua, en su mayoría producto de fuentes subterráneas y de la lluvia, lo que ha aumentado su concentración salina. Son varios los proyectos que Israel y Jordania están desarrollando para abastecer el lago moribundo, pero por ahora sigue secándose a un ritmo de un metro por año.

Mientras llega el transporte uno puede acercarse a unas cajas de madera que se reparten por el lugar para embadurnarse de su contenido; un barro ennegrecido y líquido que flota con un aspecto de aceite para carros. Si uno logra adaptarse al fango hirviente, se recomienda recubrir su cuerpo con la plasta para desintoxicar y embellecer la piel.

Otro motivo por el cual esperar el transporte hasta las orillas del lago —además de la lejanía de sus aguas del resort— es porque hay pedazos en los que el agua se ha filtrado por entre el desierto y se crean trampas de arena movediza y hoyos en el suelo que no se ven y que pueden lesionar a los caminantes.

Ya sin barro descendí del vagón que me llevó hasta un planchón que tenía enormes acumulaciones de sal aferradas a sus vigas, por donde caminé hasta estar en las playas del mar. Recordando las instrucciones previas y temiendo quedar ciego (si a uno le entra agua en los ojos se le puede derretir el glóbulo ocular, según lo que le alcancé a oír a una madre cautelosa que previno a su hijo de no sumergir la cabeza), fui adentrándome en las espesas y aceitosas aguas, sintiendo cómo la parte inferior de mi cuerpo era impulsada hacia la superficie hasta quedar completamente sentado en el agua. Este curioso sentimiento de flotabilidad excesiva se vio truncado por la molestia que causaba la sal que penetraba diminutas heridas que poco había notado anteriormente; un cuero mal arrancado de una uña, una ampolla en el talón, un pequeño corte en la entrepierna. Pero no solo la sal es la encargada de llenar el cuerpo de ardores; según la guía Lonely Planet, el agua del Mar Muerto tiene 20 veces más bromina (componente de varios sedativos que relajan los nervios), 15 veces más magnesio (usado para curar alergias cutáneas y para despejar los bronquios) y 10 veces más yodo (aumenta las funciones de la tiroides) que el agua de los océanos, y son solo algunos de los varios elementos minerales que componen el caldo hirviente en el que estuve flotando.

El límite de diez minutos en el agua fue más que suficiente para disfrutar de un paisaje extraño con una sensación antigravedad muy especial, cortesía del agua más densa del mundo. Después de eso la extrema picazón que sentí en las heridas me obligó a rascarme y torpemente el agua me salpicó los ojos y la boca. Queriendo acabar con la sensación y lejos de agua potable para refrescarme, decidí tomar el transporte de vuelta hasta las instalaciones principales del resort.

El bochorno asfixiante y la sal —ahora seca y petrificada en costras incómodas por todo mi cuerpo— me desesperaron tanto como el hecho de tener que hacer fila por varios minutos antes de poder bañarme en unas duchas tipo ejército en las que se alineaban más de veinte personas desnudas que ocasionalmente se agachaban frente a mí para enjabonarse los pies. Más rabia me dio el hecho de que para quitarme de la boca los restos salinos que poco a poco me estaban deshidratando tuve que pagar 15 shéqueles —casi 4 dólares, el triple de lo que una botella de agua costaría en un mercado local—. Pero al final, tomar agua helada en la mitad del desierto fue tan placentero que valió cada uno de los shéqueles de más que pagué.

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