Soneto a París
Por Ricardo Silva Romero

A estas alturas tengo que creer
que el misterio por fin se ha revelado,
pues Natalia París se ha empelotado
como un cuerpo en edad de perecer.

Lo cierto es que no acabo de entender
por qué, si la modelo se ha entregado
a una multitud que la ha babeado,
siento que falta todo por saber.

Que es una niña buena a media luz.
Que aquella vocecita no es verdad.
Que aún no se ha librado de su estigma.
Que cuando nadie ve carga una cruz,
cuando se viste es toda claridad
y cuando se desnuda es un enigma.
 
 
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Tango para Natalia París
Por Luis Fernando Afanador

Natalia: cállate y sé bella. Y pídele al tiempo
                                                     Al implacable

Que te devuelva a la bicicleta de tus trece años
A la brisa de agosto en la cara y en las trenzas
Antes de todo
                        Antes de la caída.
                                                        En la edad de la inocencia
Cuando un muchacho en una esquina
Estaba dispuesto a entregar su sangre.
                                                            —no su bolsa—

Por aquellos ojos, por aquellos labios
Por la voz que entonces era cierta.

¿Qué hace la niña encerrada en ese cuerpo?
Entre esas nalgas inflamadas.
                                                   Entre esos senos
Excesivos para las manos de un hombre honrado.

De la niña queda solo el gesto
                                                    El fingimiento.

No hay vuelta atrás, no regresa el tiempo.
Nunca más "la faldita escocesa", "la media-media"
Pero la vida tiene sus revanchas; te espero a los cincuenta
Ya cansada, desilusionada por el oro y los otarios.
                                                    —y sin el "bacán que te acamala"—
Natalia: con los senos y las nalgas desleídas
Bella y triste.

 
 
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Poema prepagado a una modelo desnuda y feliz
Por Jotamario Arbeláez

Nunca escribí un poema a una mujer para irrespetarla, sino para lo contrario, para hacerle el homenaje de punzarla con él,
con el debido respeto,
así como nunca escribí un poema de ardorosas lisonjas buscando merecer los favores posteriores de una mujer.
Pensé que, si se aplicaba para eso, el poema era un arma innoble por cuanto su milenario prestigio bastaba para hacerle perder a la pretendida las eternas defensas
y su derecho al pataleo no sería para negarse sino para magnificar su conquista.

Prediqué que para eso existían otros recursos no violadores de los pactos de Ginebra con tónica, diamantes, flores, serenatas y chocolates.
Además, que si era a una mujer demasiado bella el poema corría el peligro de no estar a su altura, de quedarse atrás, cosa
que no suena muy elegante.
A esas mujeres que despiertan los deseos del mundo entero no tiene uno por qué ponerse a soñarlas pues sí, a pesar de que el poema no es un valor de cambio,
llegare a abrirse la oportunidad o la grieta, no sabría dónde meterse.

Hace poco leí que un maniático corresponsal electrónico —quien después resultó caníbal—
contactaba a sus víctimas con sucesivos poemas virtuales teñidos con un toque de tantra y esoterismo
y las féminas descrestadas terminaban no solo cayendo en sus garras sino en sus fauces.
Había que leer los tales poemas. Ven a mí con tu cuerpo astral y floral, y desastres por el estilo.
Una mujer que caiga con esa lírica merece que se la coman.

En una conferencia donde planteaba estos teoremas alguien me ripostó que había leído una poesía que le había escrito a una dama,
a lo que le tuve que contestar que ni tan dama ni tan poema
porque se lo escribí cuando ya nos estábamos quitando las servilletas.
O sea que los poemas son para saborearse después de quedar saciado
y no para cortar camino cuando se propone un levante
o torturarse como la zorra verde saltando deseosa tras las uvas inalcanzables.

Desde que la vi por primera vez por televisión desfilando en la pasarela con los senos desbordando las copas y el hilo dental hincando sus labios,
no han tenido mis ojos paz, ni mi mano derecha ni mi extremidad otra también derecha,
ni el diablo de mi alma me ha dejado de tentar para que por lo menos trate de besarle un dedo,
pues Natalia París es en esta época algo así como la Helena que perdió a Paris.

La he visto caminando por su casa de Medellín, decorada con la estética y el poder relajante del Feng shui en pantaloncitos calientes,
aspirando los aromas maderosos del sándalo, el palo santo y el pachulí
y dando acceso a los chorros de luz que le entran por el poniente poniendo a vibrar sus tejidos,
mientras que, rodeada de esos afiches de Marilyn Monroe, James Dean, Jim Morrison y John Lennon que también orlan mi cuarto, pinta mandalas
y repasa los tres libros que está leyendo al tiempo: ‘Meditando con los ángeles‘, ‘La esencia de la vida‘ y ‘Ritual de la magia blanca‘,
cuya sabiduría le hace exclamar, como una sabia preceptora del Jardín perfumado entrando a un motel, su divisa: "Vinimos a ser felices y nada más".

Como diosa es perfecto su cuerpo punto por punto y perfecto el todo, con su metro 55, comprimido para el amor.
Pero su inteligencia es más alta, como su pelo volátil,
como las alas de los ángeles que no se cambian por nadie a 75 mil pies de altura de la superficie celeste.
Igualmente divinas son la cara y la otra cara, que es el sello que la distingue,
inquietas posaderas doradas por el sol que se pierde en ellas.
En el amor es Cupido el que la sostiene. Tan leve debe ser que ni siquiera se le rayan los codos ni las rodillas.

Celoso la he visto hacer el amor con un oso
que es lo mismo que hacer el oso con un amor de peluche,
oso que quién no quisiera ser, apretado por sus piernas y por sus brazos y demás partes que aprietan.
"¡Osita, hagamos el oso!".

Retorno a mi teoría de que para qué gastar un poema en pedirlo
cuando en el mismo poema se le puede hacer el amor al objeto sujeto de tu deseo.
La poesía es sentir sobre las rodillas cómo se posan aleteantes sus nalgas de dorso de cisne.

Con el oro que se me anticipó por este poema, el mejor pagado desde que descubrí la escritura
—pues escribo por encargo desde la última depresión—,
pienso adquirir la edición completa de esta revista
para impedir que a esta deidad la profanen erotómanos redomados con sus ojos ardientes y sus manos depurativas.
Ya que la suma no me alcanzaría para roer la uña del dedo chiquito de su pie derecho
y ni siquiera el izquierdo de su hermanita.

 
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Oda a Natalia París
Por Juan Gustavo Cobo Borda

¿Por qué cantar
a quien tantos desean
si solo oí, en un fugaz momento,
su voz de niña consentida?
Pues
así debe hacerse,
ya que todo poeta
aspira a lo insensato
y su vida es carencia
en pos de fantasma que no llega.
Tantos espectros vueltos polvo
y ella en una playa, en un estudio,
(son siempre tan desangelados)
promoviendo un bronceador
o sonriendo, en pose sugerente.
Pero está el reverso,
la hija que salta y ríe,
para la cual todas las horas son pocas.
Dualidades perennes,
entre el hogar y el negocio,
y el fastidioso fastidio
de un incómodo pasado
que no muere del todo.

Solo que el poema se hace de nada,
de puras palabras mirándola,
sonriendo irónicos los dos
ante el complejo trance.
Quien no te conoce
—ni celular, ni correo electrónico—
(con lo lindo que era enviar cartas a mano)
apenas una desdibujada foto tuya
cabalgando en moto
(o es apenas un sueño
de una mente en llamas)
debe recobrar
la música de infancia,
una actriz que ríe,
enfrentada a la nada
que todo espejo instaura.

Pero hay un cuerpo,
un último cuerpo puro,
bañado de tantas miradas turbias,
que resurge en estas líneas
y celebra
lo que para muchos es popular belleza nuestra.
Remanso de almanaque en taller mecánico,
calendario en tienda de barrio
o afiche de bus intermunicipal.
Manoseado cuaderno de colegio,
donde haces un puchero
y el adolescente nunca más duerme.

Pero esta oda celebra
una inocencia desparpajada,
una Lolita en el columpio
que no alcanza el cielo,
el juego en que todos estamos inmersos,
cómplices en apariencia,
pero deseosos, como John Fitzgerald Kennedy por Marilyn Monroe.
Como el gobernador de Carolina del Norte, republicano,
perdido cinco días para ver a su amante argentina en Buenos Aires
y salir luego, la esposa al lado,
en la puritana rueda de prensa, como otro Bill Clinton ya sin alma.

Sácales a todos la lengua y disfruta tranquila tus horas de gimnasio.

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Poema a Natalia
Por Harold Alvarado Tenorio

De estos labios
que te festejaron
te escapas.
Como en la canción
que oímos en
Place Gerson
mis manos
que vistieron
de oro tu alma
han envilecido.
Recuerda los Balenciaga,
el tufo de Chanel,
las medias, veladas,
y los cortos rosados de Dior.
Ah, y ese vino de aguja:
Blanquette de Limoux.
La herrumbre del tiempo
te repugna.
No así el metal
que en la puerta
repica.
Eres bella.
Soy viejo.
Te amo.

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