Cómo está de cambiada Bogotá, está divina, dice la prima angloparlante que no viene hace diez años. Quizás el chillido se debe al gusano rojo que atraviesa la ciudad y a la sobreoferta de restaurantes que ofrecen desabridas mezclas peruano-tex-mex-thai. O a los remedos de librerías con más poltronas que libros. Pues no, Bogotá sigue repleta de semianalfabetos y tramitadores, tapizada con el último código penal que se exhibe en el piso, al lado del curso de inglés, y nublada y sucia.

La tercera entrega de la hasta ahora impecable Colección Turquesa de Villegas, reúne 18 cuentos que retratan a esa Bogotá más limeña que miameña. Siguiendo el mandato de uno de sus dioses tutelares, Raymond Chandler -el epígrafe que incluye en el cuento Una muñeca de Ébano da muchas luces: "Un hombre cansado y asustado no puede permitirse ideales"-, Rubiano traza un mapa espiritual bogotano, en el que sus habitantes (bareteros de parque, estudiantes universitarios vaciados, abogados varados y publicistas mediocres) vagan por la ciudad como espectros, tras un pequeño evento que les devuelva la vida o los aniquile. Un libro que llena uno, por lo menos uno, de los tantos huecos que hay en Bogotá.

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