Un poco de perros que vienen a tocar y uno no tiene idea quiénes son: bandas reencauchadas que no han pegado un éxito en décadas, drogadictos rehabilitados que recaen cuando descubren el precio de la cocaína nacional, hijos sin talento de músicos famosos, Britney Spears, 20 DJ que se autoproclaman como “el mejor del mundo” según quién sabe qué escalafón. El último que vino fue uno llamado Steve Aoki, que dicen que está bien ranqueado en la Lista Clinton.

Los conciertos en Colombia son un chiste, no voy a uno desde 1992. Ese día vi a Soda Stéreo, cuyo cantante está por fortuna en coma en Buenos Aires, porque si no lo tendríamos viviendo en Cedritos, renunciando a su nacionalidad argentina para volverse colombiano de corazón, como Piero.

Yo crecí con las grandes bandas lejos y por eso, por inalcanzables, me gustaban. Perdí el gusto por ellas cuando empezaron a visitarnos; algo malo debe tener un grupo que viene a Colombia. Desde que el negocio de la música cambió por culpa de internet, al país vienen muertos vivientes. Aerosmith se vende por un calado, a un grande como R.E.M. lo van a ver 3000 personas, Metallica nos visita cuando suena como U2, los de Iron Maiden han venido tres veces y en la última me pidieron que les sirviera de codeudor para sacar un apartamento en Galerías. Como la venta de discos ya no es rentable, a los artistas les toca meterse a cuanta selva esté dispuesta a pagar por su espectáculo: Angola, Ruanda, Haití, Cali; da lo mismo.

Un DJ es aquella persona que no nació con el talento suficiente para hacer música, y a Colombia vienen siempre los mismos: Bobo, David Guetta y Paul van Dyk. ¿Cuál es la habilidad de esta gente? ¿Espichar la tecla ‘play’ del iPod mejor que los demás?

Perros son los que vienen: grupitos descafeinados que solo les gustan a los hipsters, un tipo que se hace llamar Toro & Moi, DJ Jay Arroyave, que además de cacofónico, tiene pinta de cotero de bus de Copetrán. Y lo peor es que gracias a Sayco, ver a cualquiera de estos señores cuesta lo mismo que una conferencia del Dalái Lama.

Hace poco vino el hijo de Bob Marley. No sabría decir cuál porque Marley tuvo 14 hijos con siete mujeres. Parece que cantó No woman no cry y la gente se volvió loca. Se supo que era hijo del jamaiquino no por su talento, sino porque durante su estadía fumó más marihuana que el taita. Sería bueno que en algún momento de la vida dejara de drogarse y empezara a hacer canciones propias a ver si deja de vivir del papá, que lleva 30 años muerto.

El pueblo colombiano resiste con estoicismo tanto paquete y se desquita mandando a Shakira de gira mundial, pero no es suficiente. Yo pido más, pido sinceridad de todas las partes involucradas. Que los de Tuboleta y Evenpro cobren lo que en realidad vale el artista, por ejemplo.

Sueño con el día en que un grupo se suba a la tarima del Simón Bolívar y, sin ocultar el asco que da visitar un país del Tercer Mundo por necesidad, diga que están aquí porque estaban cortos de plata y que este pueblo es una porquería. Pensé que Ozzy Osbourne —por irreverente— o Britney Spears —por bruta— lo harían, pero me equivoqué. Desde ya estoy esperando a Lady Gaga.

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