Somos un pueblo de gordos según todas las cifras que nuestro departamento de Salud maneja con severa preocupación, y, sin embargo, lo que casi nadie dice es que en los índices de felicidad también estamos en los lugares más encumbrados.

Así, somos gordos, cierto, pero felices, contra todo pronóstico hecho por médicos y dietistas.

Soy mexicano por nacimiento, pero sobre todo por decisión personal; no tengo otro pasaporte más que el mexicano y voy por la vida orgulloso de mi nacionalidad, de mi herencia y del esplendor, la exuberancia y la magnificencia de la comida que en mi patria se hace todos los días.

“Somos lo que comemos”, me queda clarísimo. Porque en la comida, también hay cultura. Y si a esas vamos, soy, sin duda, cultísimo…

La vitamina “T”, que desborda en nuestra dieta, es única en el mundo; nos ampara y nos protege, y está contenida exclusivamente en tacos, tlacoyos, tostadas, tortas, tlayudas, tamales, tinga y todo lo que quepa dentro de una tortilla. En resumen, esa multiplicidad de “antojitos” mexicanos que a toda hora pueden encontrarse en puestos callejeros y que son una de las grandes pesadillas de la Organización Mundial de la Salud, pero que a nosotros nos resultan imprescindibles para sobrevivir. Llenas de “T” y llenas también de imaginación, de manteca de cerdo, de sincretismo cultural y de una inmensa gracia que alimenta no solo el estómago, sino también el espíritu.

Hace algunos días, muy ufano, comentaba que me había ido a comer unos tacos de costilla maravillosos a El Abanico (tal vez uno de los íconos del D.F., donde se sirven las mejores y más espectaculares “carnitas” en Ciudad de México). Enormes y deliciosos, con mucha cebolla, nopales, salsa verde...

Solo pude con tres, empujados por un refresco Mundet del inverosímil sabor a prisco, rojo y fragante.

Anuncié mi proeza, y una jovencita conocida me mandó un mensaje por internet que transcribo: “Cuidado con las grasas insaturadas, el clembuterol, las bacterias”.

¡Dios! Por una vez que descubro una maravilla así, y generosamente comparto el mapa de la isla del tesoro, viene alguien a intentar amargarme la fiesta.

Estuve por contestarle que para mi gusto les faltaba clembuterol y me contuve. No voy a pelearme a causa de mis hábitos alimenticios, pensé. Pero ya pasaron los días y una enorme nostalgia me ha invadido. Extraño esos tacos chorreantes y grasosos. Meditándolo un poco, descubrí que sí vale la pena salir en su defensa, por muchos motivos, así que, con su permiso…

Vivimos en tiempos banales, políticamente correctos, proclives al culto al cuerpo, preocupados por lo infinitesimal, contadores de calorías, aburridos como ostras, pues. Tiempos en que nos piden que bailemos por un sueño en vez de juntar voluntades para construir el sueño entre todos.

Enciendo la televisión y hay alguien haciendo ejercicio o vendiéndome alguna receta mágica para bajar de peso, para comer “saludablemente” (lo que nueve de cada diez veces significa sin gracia) o de plano, una faja que sirve para ocultar mis excesos. Tiempos en que la realidad está siendo suplida por una suerte de apariencia de lo real. Oí hace poco a un “médico” que decía que todos los gordos llevábamos dentro a un flaco que quería salir. No es mi caso, yo soy un gordo feliz que lleva dentro a un gordo más feliz. (¿Cuántos asesinos seriales identificados por el FBI son gordos? Les respondo con gusto, ninguno, cero).

Ahora, los refrescos y un montón de cosas más son “light”, el café descafeinado, los huevos, las lechugas y los pollos “orgánicos” (como si hubiera “inorgánicos”, ¡Oh, Lord!), la leche baja en calorías, el aceite debe ayudar a bajar el colesterol malo y subir el colesterol bueno y las comidas tendrían que ser libres de carbohidratos; el agua vino a sustituir al vino. Ahhh, y el sexo puede ser virtual. ¡No me jodan!

Vivimos en el reino de las ensaladas y el spinning. Del culto al cuerpo. De la apariencia por sobre la sustancia. Se vende mucho más ese nuevo libro sobre la dieta perfecta que El coronel no tiene quien le escriba.

Antes nos íbamos de fiesta de fin de semana, cometiendo todos los posibles y hasta imposibles excesos, y ahora se juntan los gráciles, esbeltos, bronceados, para irse de “encerrón” a un spa o para hacer bicicleta de montaña en grupo, y hasta se toman selfies para mostrar al mundo que están en forma. (¡Mi sueño dorado!).

Las comidas hoy son rápidas y sin chiste: “Una ensalada, por favor. Y una botella de Perrier”.

Me rehúso rotundamente. Siempre he pensado que la mejor verdura es el jamón serrano y que las comidas deben ser largas, llenas de vino al igual que las sobremesas, y estar llenas también de bromas, historias, anécdotas, libros y películas, de vida, pues…

Por eso hice un trato con mi caballo: él no come carne y yo no como yerba.

Y hasta ahora, tenemos una bellísima y sólida relación.

Hoy, el eufemismo campea por la libre. Antes despotricábamos, mentábamos madres, gritábamos, comíamos pantagruélicamente y bebíamos como Gargantúa, llamábamos ciegos a los “ciegos” y no “personas con capacidades diferentes “. Un viejo era viejo y no “adulto mayor en plenitud” (¿qué es esoooo?).

Y recuerdo aquella maravillosa frase de William Blake: “El camino de los excesos conduce al palacio de la sabiduría”.

Coincido.

No me imagino a Hemingway echándose un mojito con Splenda.

A Stevenson bebiendo té chai mientras escribía El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde.

A los Rolling Stones en el camerino, a punto de salir al escenario, compartiendo felices y vibrantes una Coca Zero.

A Sartre preguntando si el coq au vin proviene de una granja “free”.

A García Márquez en un Starbucks pidiendo un macchiato con leche de soya.

Creo que de tanto andar pensando en nuestros cuerpos se nos están olvidando nuestras mentes.

Tengo alto el colesterol, los triglicéridos, el dhnosequé y, por supuesto, el azúcar.

Y me da lo mismo.

Por ningún motivo contaré calorías, prefiero contar historias.

Voy a vivir lo que tenga que vivir y no voy a alargar ese tiempo pasándome a las filas de lo “light”. Me parece soso, aburrido, sin sustancia, banal. No quiero, por ningún motivo, dejar un cadáver “sano”, y por el contrario, sí uno que demuestre fehacientemente que nadie me quitó lo vivido ni lo bailado durante los muchos o pocos años en que lo usé.

Pediré, en cuanto pueda, tres de costilla en El Abanico con doble clembuterol y, en vez de uno, dos Mundet de prisco. Y ya puestos en ello, tal vez un plato de chicharrón de cerdo enclembuterado.

En la pelea de la vitamina “T” contra el mundo dudo que vayamos ganando. Pero lo que sí sé es que los que estamos en este bando sonreímos más…

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.