O sea que si lo hubieran dejado así, todos tranquilos, pero no, tenían que venir a embarrarla y volverse más papistas que el papa y pasar de cuidarse haciendo un poquito de ejercicio para convertirse en una horda de metrosexuales que ya uno no sabe si les gustan los hombres, si les gustan las mujeres o si todo lo contrario, y lo que han hecho es venir a crear caos y, peor aún, a hacernos sentir a todas que somos unas viejas feas.

A mí lo que me produce es rabia. Porque una cosa es que duren dos horas en la ducha embadurnándose exfoliante con arena del mar Muerto y otra cosa es que no les baste ya con la toalla en la cintura, sino que tienen que aparecerse con mi gorro de baño lila y mi bata de flores. Pero algo tienen que ponerse encima, en eso sí estoy de acuerdo, porque es peor cuando están desnudos. Como han decidido que es lobísimo ser hombres de pelo en pecho —en pecho y en cualquier otra parte del cuerpo—, ahora resulta que también se hacen la cera, se depilan con láser y hasta se echarán esas cremas para quitarse los pelos, y se pasean por el mundo en bola y lampiños como bebés. Pero del cuello para abajo, eso sí, porque metrosexual que se respete tiene un pelo divino gracias a todos los productos capilares que se unta (una vez a la semana y gastando una fortuna en peluquería) y una barba de tres días que pareciera descuidada pero cuya manutención requiere de más aparatos que una microcirugía de trasplante de córnea.

Y de verdad que no es envidia, pero tampoco entiendo cómo es que tienen más ropa que yo, y toda de marca, y toda tan maricona que a veces me confundo y las medias de flores las guardo en mi cajón pensando que son mías o las pashminas de algodón me las pongo y luego me doy cuenta de que no me pertenecen porque huelen a esa asquerosa colonia de cítricos con la que se bañan de pies a cabeza después de que han salido de la ducha. Además, se pasan horas pensando qué se ponen, combinando hasta los bóxers, y es tan desesperante que he llegado a extrañar los calzoncillos blancos, sobre todo los que estaban raídos en la parte de atrás.

Pero no solo es que tengan ropa, sino que ahora hay que avisar que vamos a salir con tres horas de anticipación. Porque ya no son las mujeres las que se hacen esperar, para nada, son estos que se prueban 100 camisas, 38 pantalones y 15 chaquetas, y creen que nada les combina con el pañuelito de seda que quieren usar para ir a su almuerzo, en el que se comen un palo de apio y una bebida energizante de espinaca con perejil porque están en “detox”, como llaman a la dieta de jugos para diferenciarla de la dieta de todos los días, en la que cuentan calorías, comen claras de huevo de desayuno y se proclaman lactovegetarianos.

No es que tenga nada contra eso, de verdad, pero entonces que no se metan conmigo, porque también me levantan la ceja cuando pido un helado y me dicen: “¿Sabes cuántas calorías hay en un oso de gomita?”. Y ni hablar de cuando pido una carne sangrante, que dan alaridos escandalizados y se dedican a pontificar sobre los años de vida que pierdo con cada trozo de ese veneno que me como.

Y como no les basta con ser así en su propia casa, tienen que esparcir sus creencias por el mundo, como si fueran predicadores del paraíso. Porque eso sí, les priva ir de viaje, cómo no, ligeritos de equipaje, solo con sus dos maletas y su neceser, donde guardan cremas antiarrugas, cáscaras de naranja, pepino deshidratado, aceites para las estrías y brillitos con sabor a frambuesa, que se pasan untándose durante todas las vacaciones, mientras se paran frente al espejo a gritar que se engordaron o que les salió una mancha de sol.

Con tanta mariconería después se quejan de que nos enamoremos de los panzones, los cerveceros, los que se la pasan viendo fútbol y echándose pedos en el sofá y haciendo todas esas cosas que antes odiábamos y que ustedes, los metrosexuales, han logrado que volvamos a añorar.

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