Yo no nací para grandes causas. Lo mío no es trabajar por la paz mundial, ni explorar el espacio, ni proteger al oso de anteojos. Como periodista es igual; llevo 15 años ejerciendo el oficio y nunca he destapado una olla podrida del gobierno, tampoco he defendido los derechos humanos en el conflicto armado.

El asesinato por la espalda de cuatro secuestrados me indigna como a cualquiera, pero no me quita horas de sueño. El precio de la comida en cualquier restaurante de lujo, en cambio, me llena de rabia. Qué le voy a hacer, así soy. Yo organizaría una revolución tipo bolchevique no para acabar con la guerrilla de este país, sino con los restaurantes que abusan.

Es que se llenan de razones para robar al cliente. Tienen chef, para empezar, y un lugar con chef se la clava al cliente de entrada. Es divertido terminar de comer, pedir que le traigan al chef y felicitarlo diciéndole que es un “excelente cocinero”. La cara de indignación del señor no va a lograr un descuento, pero es algo.

Y roban con versos como “la cocina fusión” y “la cocina de autor”. ¿Usted conoce una cocina que no se base en fusionar ingredientes? ¿Y qué cocina no es de autor? Cuando usted hierve unas salchichas en agua y luego les echa mostaza encima, eso es cocina fusión y cocina de autor en simultánea, pero no por eso va a montar un restaurante para venderlas como si fueran caviar del Caspio.

Los que cobran de más por la comida se escudan en que ellos venden una experiencia gastronómica, desvirtuando ese rito humano básico que es comer por necesidad. Yo cuando voy a un restaurante quiero es calmar el hambre, no salir transformado.

Por eso me enzorra que me reciban con valet parking (trancan la calle), me pregunten si tengo reservación (yo llego al sitio, y si no hay cupo, me voy al de al lado), me abran la gaseosa y me la sirvan (yo puedo solito), me pasen la carta en francés (apenas hablo español) y me traigan la orden en una vajilla blanca y grande con la comida en el centro del tamaño de una muestra gratis. ¿Qué hago? Estoy acostumbrado a que la comida rebose el plato, de lo contrario siento que no comí.

No soporto Archie’s, donde todo es al huerto o a las finas hierbas, porque me transporta a mi niñez: mi abuela tenía un huerto y las verduras eran una porquería, sabían a Emulsión de Scott.

Tampoco aguanto los restaurantes donde la carne y las verduras vienen en finas julianas. El trauma con las julianas viene desde que vi en televisión a un tipo llamado Franco Basile usar ese corte para todo. Y a la larga el problema no era el abuso de la juliana, ni que se autoproclamara chef, sino porque me niego a que otro Basile se consagre en el país.

Como ciudadano de bien que soy, pido a las Farc que liberen a los secuestrados y entreguen las armas, pero también que Andrés Carne de Res deje de cobrar la Coca-Cola de 192 ml a 5000 pesos.

También le sugiero a Club Colombia que recalcule sus precios basándose en la realidad nacional, aunque le agradezco esa promoción en la que uno da una plata y puede desayunar lo que quiera, porque con lo que se paga a precio normal de la carta no alcanzaría sino para dos miniarepas sin queso y una copa aguardientera de jugo de mandarina.

Ya sé que van a decir que soy un mala leche y que siempre veo el vaso medio vacío. Es cierto, el vaso siempre está medio vacío, el problema es que los restaurantes de este país lo cobran como si estuviera lleno de Sello Azul.

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En Twitter: @azableh

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