Cualquiera que haya ido a un concierto grande en Colombia lo sabe: ninguna banda nacional tiene las credenciales para abrirle a algunos de los artistas internacionales que decidieron pisar nuestro país recientemente como Rolling Stones, Metallica, Black Sabbath, The Cure, Coldplay o Paul McCartney, por mencionar solo algunos. Punto.

No digo que sean malas, no digo que deban desaparecer, pero creo que ninguna tiene el alcance para darle la talla al público que está al borde de la emoción y preceder a semejantes bandotas. Algunas hasta tienen algún Grammy latino en su casa, pero nada de eso importa si en realidad no hay un público que les siga el cuento: los premios pierden todo su valor, si recordamos que bandas legendarias como Queen, Kiss, Guns N Roses y hasta Katy Perry, por ejemplo, nunca han ganado un gramófono y tienen paredes atiborradas de discos de oro y platino.

La verdad sea dicha: si no existiera una norma que obligue a poner un telonero nacional en frente de un artista internacional probablemente las 40 mil personas que asisten a un concierto no tendrían que aguantar estas bandas con canciones que nadie conoce mientras se comen las uñas esperando lo que realmente importa. Es más una tortura que un plus musical. Solo se aguantan y se toleran porque ya están ahí y no hay de otra: ¿quién quiere ver a una banda cualquiera cuando se está apunto de presenciar esa agrupación que se ha esperado toda la vida, esa por la que uno empeñó lo que no tiene para lograr una boleta? 

Una vez en el escenario, el telonero se vuelve ese obstáculo de media hora (que a veces parecen tres horas) que lo aleja a uno del show que sí quiere ver. Muchos chiflan, otros gritan, otros se quedan sentados, otros aprovechan el espacio para comer, para ir al baño, para tomarse fotos, para estar pendientes del man que vende guaro encaletado. Uno escucha ¿Y esos quiénes son? ¿Cuánto falta para que se acabe? Por no decir que la gente que grita y se emociona más al ver a los rodies cuando destapan los instrumentos o hacen los últimos arreglos antes de que salga la banda de sus sueños. Los teloneros se olvidan, al día siguiente nadie habla de ellos –a no ser porque su acto haya sido realmente horrible-, no hay fotos en Instagram, no hay videos que digan: así se abrió el concierto de fulano en El Campín. No importan. 

Esto solo revela que la escena nacional, por lo menos en el rock, es floja. Ninguna agrupación ha vendido hoy lo que vendió Aterciopelados en los 90, por ejemplo. Ese pico del rock nacional se quedó allá y se ve lejos volver a alcanzarlo. Acá quieren hacer pasar por grandes a bandas que no lo son, bandas que tienen una que otra canción rotando en emisoras pero que a la hora del té no nos cambió la vida saber o no quienes eran. Ni siquiera los organizadores de los conciertos se preocupan por darle la suficiente promoción a esa figura del telonero, se limitan a anunciar quién es, y ya. Y los espectadores: a padecer.

 Si lo que quieren es darle visibilidad a las bandas nacionales, llévenlas a Rock al Parque, es gratis y va mucha gente, o a otros festivales a nivel nacional. Pero cuando uno paga una boleta –a veces, por mucha plata- por ver a alguien que espero toda la vida, lo que menos quiere es que le impongan un artista por que sí. Muy diferente cuando la banda viene de gira con otra agrupación. Lo hizo Metallica en el 2010 con Mastodon; Lady Gaga con The Darkness; Black Sabbat con Megadeth y Coldplay con Bat For Lashes en 2010 y Lianne La Havas este año. Bandas que, aunque uno no conzoca, sorprenden. Que tienen toda la trayectoria, todos los pergaminos, todos los méritos para abrir esos conciertos, o incluso para girar solas y llenar escenarios grandes, no bares en Chapinero.

 Probablemente a los teloneros les importe un carajo tocar ante 40 mil personas y que esas 40 mil personas estén contando los segundos para que se bajen de ahí. O también todo lo contrario, habría que preguntarles. Probablemente eso les genere fechas y plata (bien por ellos). Ahora, pregúntele al público, que está pagando su boleta, si quiere un grupo de tropipop que ensaya en Galerías antes de The Cure, o mejor si quiere que le impongan uno. Yo no lo quiero, no me importa: pagaría con más gusto la boleta si no tuviera que verlos. Quiero ver a la banda por la que me endeudé y ya.

 *Las opiniones y los juicios expresados por los colaboradores en sus artículos y columnas no representan la posición de la revista

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