Bienvenido al Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, que sirve a la ciudad de Caracas. La temperatura es de 32 grados centígrados. El cielo, despejado. A su derecha, observe el reluciente mar Caribe, extendidas playas con venta de empanadas y pescado frito y cientos de casitas amarillas, verdes y naranjas que pululan en los barrios informales que se expanden por todo el país. A su izquierda, vea la Ciudad Hugo Chávez Frías, una uniforme y gris urbanización de 700.000 viviendas sociales en cuya plaza céntrica puede ver la firma del fallecido presidente, la famosa “rabo e’ cochino”, pintada en el piso. (Un día en la sala de deportados del aeropuerto El Dorado)

No hay lugar de Venezuela donde no se vea esa imagen del Comandante, el legado del que para muchos —la mayoría— fue Supremo, Eterno y Gigante. No hay lugar de Venezuela donde no haya un contraste entre riqueza natural y crisis social. Entre paraíso y anarquía.

Apriétese el cinturón cuando pise tierra firme. Le voy a contar las escenas que deja un viaje por Venezuela después de 17 años de que el entonces teniente coronel subió al poder.

Las góndolas de los supermercados se ven cada día más vacías. A veces, cuando la gente no encuentra lo que busca, decide saquear los comercios cercanos.

La cola

Catia, Caracas

La fila del Central Madeirense, un supermercado en el oeste de la capital, siempre está ahí cuando subo desde el aeropuerto a Caracas: hace dos años ocupaba dos cuadras; hoy termina 2 kilómetros cerro arriba.

El rostro del venezolano que espera para comprar aceite, arroz o harina de maíz cambia según avanza la fila del supermercado.

Cuando empieza puede vérsele jocoso, como quien ironiza de sus penurias. (Yelinka Granado, la profesora venezolana de baile y pilates)

Pero después de un rato ya el sol, la aburrición, la incomodidad, la sed y el hambre afligen su mirada.

Se ven niños, viejos, discapacitados, mujeres que amamantan a sus bebés bajo una sombrilla. Nadie lee, nadie hace crucigramas: se espera, y poco más.

El control de la situación —de la importación, de la distribución, de la venta de alimentos— está en manos de la Guardia Nacional Bolivariana.

Si, como en la mayoría de los casos, el venezolano logra comprar alguno de los productos de precio regulado por los que esperó ocho, nueve o diez horas, la escasez se olvida por unos minutos, como si la siguiente parada no fuera otro supermercado donde se repetirá la hazaña.

Al salir del comercio, el venezolano agarra con firmeza las bolsas negras con margarina, azúcar o leche adentro; por un momento, le vuelve el alma al cuerpo: una sonrisa invade su rostro.

Pero si como en la minoría de los casos el venezolano en la fila no logra comprar el producto —puede que le digan, luego de horas de espera, “se acabó todo?—, lo cada vez más frecuente es que se rebele y saquee los comercios de la zona.

Poco menos de 300 asaltos colectivos a comercios se han producido en Venezuela en esta primera mitad de 2016, según el Observatorio de Conflictividad Social.

La fila —a la que el venezolano llama “la cola” o, incluso, “mi cola”, como si sintiera un vínculo institucional— es el símbolo de la peor crisis económica que se ha vivido en Venezuela, a la que además de escasez se suma la inflación más alta del planeta —más del 200 % anual— y la más profunda recesión —del 6 % del PIB— en América Latina.

La cola no solo es la postal que se usa alrededor del mundo para vender la crisis venezolana. La cola es, también, la antítesis de lo que este país, el mayor productor de petróleo del mundo por décadas, solía ser, un lugar donde ricos y pobres consumían como ningún otro en la región.

En los supermercados, hace unos años las filas ocupaban un par de cuadras; hoy, pueden ser fácilmente de 2 kilómetros.

El plato

Turgua, Miranda

“Antes, los niños traían la arepa rellena de carne, caraotas y queso; ahora la traen con apenas mantequilla”, me dijo el cantinero de una escuela pública en Turgua, un pueblo rural a dos horas de Caracas.

La arepa —que hace de desayuno y cena del venezolano desde los años sesenta— ya no es para la mayoría esa suerte de sánduche con pan de maíz tan grande como una hamburguesa: ya no es, como le dicen en Maracaibo en referencia al relleno que rebosa, “una gritona”.

El 90 % de los venezolanos dice estar comiendo menos y en peor calidad, según la encuesta de tres universidades sobre calidad de vida Encovi 2015. (Alexandra Lemoine, la venezolana que sacó corriendo maduro)

Pero hambre no es lo mismo que una hambruna: según sociólogos y nutricionistas que trabajan en varias partes del país, lo que viven los venezolanos es, “por ahora”, incomparable con las crisis alimentarias que hay en La Guajira —venezolana y colombiana—, en África o en Haití: acá, dicen, hay hambre oculta, una forma de desnutrición producida por la falta de consumo de proteínas y el predominio de las calorías, que son más baratas y llenan el estómago fácilmente.

Habrá una minoría que ha debido buscar su almuerzo en la basura. Otra que acudió a la cosecha de mangos, que hay en cada esquina de esta tierra fértil, prolífica.

Pero el drama de la mayoría es que los estándares de consumo de antes, que eran los más altos de América Latina, son ahora impagables: el whisky, el queso o las lentejas que hace dos décadas había en la alacena de pobres y ricos ahora se volvieron privilegio de pocos, de ese 5 o 10 % que aún consume mariscos, carnes y hasta los llamados superalimentos.

Edixon Cisneros, un joven de Turgua vocero del Consejo Comunal, una asociación civil, solía comerse una caja completa de cereal importado al frente del televisor.

“Pero ahora racionamos y comemos lo que se encuentra”, lamenta. Los cereales importados ya no llegan a Turgua: son lujo de rico.

Este año, la crisis eléctrica llegó a tal punto que hubo racionamiento en colegios y centros comerciales.

La luz

San Félix, Bolívar

El dinero no es el único rubro que garantiza privilegios en Venezuela: también lo es vivir en Caracas, la capital, donde los cortes de luz son la excepción a diferencia del resto del país.

El estado de Bolívar —donde está la tercera hidroeléctrica más grande del mundo, El Guri, una maravilla del hombre construida en los sesenta y ochenta— ha sido de los más afectados.

En los últimos seis años, Ramón González, un residente de San Félix, ha recogido firmas y trancado calles en forma de protesta para que, entre otras, reemplacen un transformador o pongan un poste de luz. “Ya la luz no se va por largos periodos, sino que dos o tres veces al día se va por 15 minutos y eso es un coñazo (un golpe) para los electrodomésticos”, me dijo en octubre.

Pero este año —por la sequía y por la ineficiencia de un sistema que fue pionero internacional— los venezolanos experimentaron la versión más crítica de un problema que viene ocurriendo desde que Chávez decretó una emergencia eléctrica en 2009: hubo racionamiento en centros comerciales, en colegios y el sector público llegó a trabajar dos días a la semana para ahorrar energía.

“Vencimos la sequía”, celebró el oficialismo al anunciar el relajamiento del racionamiento, en mayo. (Estar en una cárcel en Venezuela)

González, que ha escuchado esa celebración televisiva más de una vez, asegura que el racionamiento volverá, con la sequía, dentro de un año.

El 38 % de las casas en Venezuela no tienen acceso continuo al agua del acueducto

El agua

Valencia, Carabobo

En Venezuela no hay luz, pero tienen hidroeléctricas fastuosas, de postal. Tampoco hay agua, pero poseen unas de las reservas hídricas más grandes del mundo. Según Encovi 2015, el 81 % de las casas venezolanas tienen acueducto y el 38 % no tienen acceso continuo al agua.

En el apartamento donde vivo, en un sector de clase media alta en Caracas, ha habido racionamiento de agua los últimos dos años. Para almacenarla tenemos un tanque, que debemos limpiar cada dos meses porque el agua lo ensucia.

Pero en Caracas, me repito cada día, somos afortunados: en la ciudad de Valencia el agua que llega por el grifo huele a hierro por el mal estado de las cañerías y es amarillenta por la ineficacia de las potabilizadoras.

Efraín Santos, que vive a las afueras de Valencia, a menos de 10 kilómetros del embalse más importante de la zona, dejó de rociar su cultivo de naranjas con el agua que llega por el grifo porque, dice, “si no, se me dañan”.

“¿No ve que esa agua llega toda podrida?”, me dijo en febrero.

Sus naranjas, entonces, dependen de si logra conseguir agua en algún pozo profundo de la zona.

La seguridad

Barlovento, Miranda

Hasta aquí detallé postales de un estilo de vida que se deterioró. Pero cuando la vida pierde su estilo es segundo plano.

En las últimas tres décadas, los venezolanos se acostumbraron a vivir con la amenaza de la muerte, que se puede dar de manera fortuita en un asalto o por una enfermedad que no se puede tratar por la escasez del 90 % de medicamentos, según la Federación de Farmacias.

En estos años —por una mezcla de factores sociales, políticos y, sobre todo, institucionales—, Venezuela se convirtió en uno de los países con más homicidios del mundo. Las calles de los barrios de clase media y alta se desertan a las 9:00 de la noche.

En Barlovento, a dos horas al este de Caracas, playas de arena blanca y suave con agua trasparente y fresca, y yates que valen millones, cohabitan con zonas tomadas por bandas armadas donde la ley del más fuerte ha dejado “madres huérfanas” que perdieron hasta cuatro hijos.

Acá crece cacao que ha sido premiado en París, pero la violencia impide el desarrollo de la industria. Acá se ven casas con puertas agujereadas por las balas. Acá las canchas de fútbol son zona roja. Ir al colegio, acá, es un riesgo. (Moteleando en Caracas, Venezuela)

Que “cuándo va a explotar Venezuela”, me preguntan con frecuencia. Yo digo: este país lleva años reventado. Por la delincuencia, los saqueos, las protestas.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

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