Dos, de guerra

1) Hace poco vi una pelea a las siete u ocho de la noche, en La Candelaria. En una calle empinada y estrecha, justo un carril de carro. Andenes para una sola persona. Una tienda en mitad de la cuadra. Dos ñeros. El que ganó lo hizo en franca lid: se le cuadró al otro de frente, los puños en alto, le dijo con mi mujer no se meta, gonorrea, y le cascó, lo tiró al piso, le dio un par de puños y luego se alejó, lo dejó ponerse de pie. Y se le cuadró otra vez y le dijo véngase, y le volvió a dar en la jeta hasta que lo tumbó por segunda vez. Había una mujer cerca del tropel. Era muy probable que fuera la aludida.

2) Esa misma noche, por la séptima, vi un grupo de cabezas rapadas. ¿Rash o Sharp? No sé los códigos, no puedo diagnosticar. Tenían bolillos. Me dieron miedo, no importa de cuáles eran. También me habrían dado miedo los otros. Hay una dureza en su mirada y un espíritu gregario que no logro entender del todo.

Postal de Transición

Otro día vi un largo desfile de caballos inmensos, percherones sobre los que montaban efectivos de alguna división policíaca, con unas corazas negras y cascos estilo robocop. Los caballos tenían una especie de armadura. Un auténtico despliegue de poder ecuestre. Pensé que era muy representativo, dada las aficiones del gobierno nacional y su debilidad por los animales de faena, la finca.

Dos, zoológicas

1) Cualquiera que haya vivido en Colombia ha visto una vaca cruzando una avenida. La última escena de pastoreo urbano que vi fue en 2005. Una vaca y dos terneritos atravesaban la calle 127, en el costado oriental de la autopista. En un momento pararon a comer pasto en un sardinel; el dueño, impaciente, trataba de arrearlas.

2) Otro día, este año o quizás el pasado, en la calle 85 con doce, una rata salió de algún lado no identificado, una cafetería o restaurante. Cruzó la calle y se quedó contra el borde del andén opuesto, en la calzada, mientras pasaban los carros y el mozo de un delicatessen montaba guardia afuera con una escoba. Era una rata bastante gorda.

Postal de transición

Tengo ganas de escribir un cuento que contenga la siguiente escena: el protagonista es un tipo vestido de apache o cherokee. Viene aullando y corriendo al galope en su caballo blanco, interrumpe suicida el tráfico de la tarde, en medio de frenazos y bocinas saca su arco, templa una flecha con un chupito en la punta y zas, la flecha pega certera en uno de los renos de bronce que pastan en la 72 con séptima, frente al edificio de Bancafé. Nuestro héroe detiene la marcha, saca otra flecha de juguete y regresa a cazar los renos que faltan. ?

Dos, de arte público

1) Yo pensaba que la obra de arte más insípida que existía en el espacio público bogotano era el Ala solar, del venezolano Alejandro Otero. Se trata de un andamio metálico ladeado que está detrás del Centro Administrativo Distrital, carrera 30 con calle 24. Hace poco lo comenté a unos arquitectos y uno de ellos me explicó que se trataba de una escultura eólica, que producía un sonido muy bello, muy particular, con los vientos capitalinos, pero que había sido vandalizada. Apenas quedaba la estructura pelada, la única que no se pudieron llevar. Nunca la han reconstruido. Por eso es tan insípida, hay que perdonarla.

2) La obra más desagradable, sin duda, es Las edades de Bogotá, del cubano Galaor Carbonell, ubicada en la calle 23 con carrera tercera. Tres de las figuras que componen este conjunto escultórico parecen esculpidas en mierda. Son como unos bollos monumentales, antediluvianos, en los que Carbonell hubiera tallado cabezas. Si yo fuera artista y me dieran patente de corso para intervenir una obra, pondría una mosca metálica gigante al lado de estas esculturas. ?

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