En el mundo del pop a la gente la odian o la aman: odian a Jackson, aman a Bowie; odian a Bolton, aman a Reed; odian a Meat Loaf, aman a Costello. Pero pocas veces sucede, como en el caso de Sting, que lo 'amodien'. El sentimiento surge cuando la mente y el corazón confunden lo bueno con lo malo del bajista: Police. Moon over Bourbon Street. Marsalis. Amnistía Internacional. "nara coumou el soul". Greenpeace. Omar Hakim. no resulta tan claro saber qué es lo bueno y qué es lo malo, y viene el 'amodio', amalgama de pasiones y frustraciones. Al nuevo álbum de Sting, Sacred love, lo 'amodiarán' todos aquellos que digan con algo de cariño y mucho de pereza, "¿otro disco de Sting?". Sí, otro, sazonado con los tradicionales ingredientes del 'amodio': un guitarrista de world music (perdón: Vicente Amigo, de flamenco); un sencillo, Send your love, más cercano a las cajas registradoras que al arte; una pieza, Whenever I say your name, con guiños de gospel y voz negra a bordo; y una suave versión de Shape of my heart. La receta no es un pecado: es el estilo de un chef empeñado en seguir vigente (tiene 52 años). Sacred love no está cerca de ser el 'mejor álbum de Sting' (de hecho el "mejor disco de Sting" es un concepto que no debe ya buscarse en el futuro), pero incluye al menos cinco canciones agradables, fieles más a la música que a los billetes, y decorosas. Y el sitar de Anoushka Shankar (hija de Ravi. ¿medio hermana de Norah Jones?), y esos arreglos de cuerdas que podrían sonar en la sala de espera que conduce al Edén, y las criminales remezclas de Dave Audé, y Pro Tools aquí y allá.
en fin: el 'amodio'.
Sacred Love
STING
universal

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