El país estuvo a punto de vivir uno de los momentos cumbre de la comicidad nacional después de la serie N.N. y las 24 horas seguidas de chistes cortos de Ordóñez, no el procurador, sino el de Ordóñese de la risa. Así es. A segundos estuvo el padre Chucho de darle el sí a su participación en El desafío: África, el origen. A milésimas. Hubiera sido un éxito en el rating ver al presbítero con el grupo de las celebridades lidiando con la miseria, la humillación, la falta de privacidad y haciendo triquiñuelas para eliminarse entre unos y otros. Como pasa en esos programas. Para Caracol habría sido un hit. Hubieran podido grabar desde Itsmina, conseguir unos embera, ahorrar plata, desplazamiento y dejar de hablar de África como si fuera un pedazo de selva y no el tercer continente más grande del mundo con 54 países y 1000 millones de habitantes. La Mencha habría podido codearse en las fotos con los leones y los elefantes que les quieren quitar al circo de los hermanos Gasca. Las pruebas habrían sido las mismas que les tocan a niños colombianos para llegar al colegio. Al final, media Colombia es literalmente del equipo de los sobrevivientes y vive en condiciones de playa baja.

Pero el padre Chucho no asistió para tristeza de quienes disfrutamos riéndonos de los demás. Se retractó. Se desconoce la razón. Se han tejido diversas hipótesis. Una, que el padre Chucho pensó que el brazalete de la salvación era de verdad, el de la salvación eterna. Y eso lo puso muy contento hasta que descubrió que no se trataba de eso. Mi tesis, sin embargo, es más aterrizada. Es que el padre Chucho está tras la canonización. La misma de la madre Laura. No es descabellado. Las similitudes no pueden ser más reveladoras. Miren.

El primer milagro de la madre Laura fue en 1994, cuando logró sanar un cáncer de útero. El primer milagro del padre Chucho fue hace unos días. Él mismo nos lo cuenta: “… iba en procesión con el Santísimo (¿Juan Manuel) y una joven se lanzó a darme patadas. Y a pegarme duro (sus razones tendría). No era que me odiara. Me tumbó y cuando me agarró fue Dios quien la cogió (Ahh ¿estaba con Jose Gaviria). Ella empezó a hablar de una forma extraña (¿Cómo en exorcismo? ¿O sería Maía). ¡Fue fuerte! La abracé, oré, invoqué la presencia de la Santísima Virgen, la sangre de Cristo (¿y el cuerpo), la presencia y el nombre de Jesús (su tocayo), y ella descansó (¿en paz)”.

Suena simple. Recreado en tantas películas parece algo de trámite en la vida de un presbítero. Pero el padre Chucho no deja nada al azar. Aunque intente restarle valor, se entrevé su poder allende de los mojones de la ciencia: “Después (la mujer) me dijo que ni medicina siquiátrica, ni clínicas de reposo habían podido con ella”. Fue, aunque humildota, una curación, una sanación, cosas de santos.

Las coincidencias no terminan acá. La madre Laura, once años después, logró su segundo milagro cuando sanó de una enfermedad terminal a un hombre. Al padre Chucho —alumno aventajado— le bastaron pocos días para alcanzar su segundo milagro. “Cuando iba pasando, (el niño) se revolcaba en el piso de manera horrible. Me arrodillé y lo cogí fuerte (que no lo vean los del ICBF), porque se movía como una culebra (¿como una deuda) y se podía golpear. Sentí un dolor (el dolor le tiene miedo a Dolorán), pero fue más fuerte el poder de Dios que el del mal, y ya está renovado (¿el niño, ¿el pasaporte, ¿el certificado de gases)”. Nuevamente, nuestro padre Chucho logra la curación. Y no jacto con su milagro, como si no fuera ya para beatificarlo, suelta la siguiente frase con una dosis de ironía pocas veces vista en un religioso: “Satanás es un pobre diablo”. Donde la oiga Ricardo Arjona, la convierte en una canción romántica. Dios nos libre.

La carrera milagrosa del padre no se resignó. Concretó un tercer milagro superando con esto a la madre Laura: logró el divorcio canónico de Laura Acuña. Cosa que no se veía desde Turbay Ayala y Nydia Quintero. Porque lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre: el padre Chucho pudo.

Las coincidencias entre la madre Laura y el padre Chucho no paran ahí. Al contrario, pululan. La madre Laura dedicó su vida a evangelizar indígenas, nativos embera chamí, en municipios risaraldenses. El padre Chucho recorre la misma senda. Hará lo mismo por “mis ovejitas” como él llama a sus feligreses —actrices. No lo hará en los municipios risaraldenses. No. Sería poco notorio y, finalmente, la madre Laura dejó la zona OK. La evangelización del padre Chucho tendrá como epicentro la ciudad de Miami, en un nuevo programa con Telemundo, en una nueva Cura para el alma. El padre Chucho regresa a su púlpito natural, la pantalla chica.

Como ovejita, mi único consejo al padre Chucho es que sea paciente. Al indio Juan Diego se le apareció la Virgen de Guadalupe en 1531 y le tocó esperar hasta 1990 para ser canonizado por Juan Pablo II. Y el de la paciencia es el santo Job. Pero bueno, al menos un retiro digno del padre Chucho en vida en el Castel Gandolfo o en un lugar plácido de Hollywood, cerca a los Beckham, le vendría bien a su dignidad. Por ahora, viajando cada semana a Miami ya tendrá tiempo para hacer el shopping que tanto le gusta, codearse con Carolina Cruz y Lincoln Palomeque radicados allá, y evangelizar si no a los embera del Chocó, si no al África toda, al menos a la comunidad latina, ese le puede valer no la canonización, pero al menos un premio Billboard.

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