Hace muchos años, cuando los malos pasos aún producían vergüenza, Oveja Negra fue una editorial verdaderamente importante. Sus libros no fueron nunca los más bonitos de las librerías: el diseño aspiraba a una elegancia que jamás lograba, las portadas fallaban siempre en el intento de alcanzar la originalidad, la letra solía estar apeñuscada. Pero eran buenos libros. Y todos teníamos en la casa una docena. Porque Oveja Negra, antes de ser esta impresora apurada que manda a las calles documentos escandalosos, antes de convertirse en esta encuadernadora de textos sin pies ni cabeza que salen a la luz sin haber sido corregidos, publicaba los clásicos de todas las literaturas de todos los lugares de occidente, daba a conocer a los autores latinoamericanos que no podían evitarse, diseñaba colecciones maravillosas empastadas en cuero que ponían al día en aquellas noticias del mundo que jamás llegan a los periódicos.

Ya no. Ya no puede decirse que Oveja Negra publique algo bien acabado. Oveja Negra se ha convertido, en estos últimos tiempos, en el sello que se les estampa a los borradores de los libros escabrosos. Oveja Negra es, hoy en día, todo un género: un género negro.

Y la suma de sus libros, desde El señor de las sombras hasta ¿Las prepago

, desde Mi confesión hasta El hijo del ajedrecista, da como resultado, gústenos o no, una especie de poema épico (los españoles tuvieron El Cid, los alemanes tuvieron Los nibelungos) que pinta la nación en donde hemos estado parados desde hace más de treinta años.

Yo no me he robado ni una menta en mis 33 años de vida. Y, quizás por esta forma de ser vagamente narcisista que me obliga a ser permisivo con todos salvo conmigo, tal vez porque todos los días de mi vida he visto a mis papás trabajar de la mañana a la noche con una honestidad a prueba de todo, no sería capaz de felicitar al autor de El cartel de los sapos por su escalofriante éxito. Y sin embargo creo que, ya que tantos de nuestros dirigentes han explotado a tantos de nuestros hampones para enriquecerse, lanzarse a la vida pública y luego hacerse pasar por apresadores de hampones, ya que tantos personajes de nuestra sociedad han podido convivir cómodamente con lo ilegal por tanto tiempo (cumplimos varias décadas de ejércitos secretos, de elecciones mal habidas, de reinados amañados, de partidos arreglados en tribunas), es hora de aceptar que esas voces hacen también parte del coro.

Y es hora de reconocer que lo único que ha hecho Oveja Negra, en la búsqueda desesperada de lectores, es reaccionar a lo que ha estado sucediendo: que se ha limitado a ser una editorial digna de esta comunidad de víctimas narrada, sin puntos ni comas, por los victimarios.

Las publicaciones de Oveja Negra, en especial las que coedita Quintero Editores, suelen despreciar los llamados del rigor periodístico, las leyes de la gramática española y las más elementales normas de redacción. Sus páginas no resisten una segunda lectura: se van destiñendo como periódicos sensacionalistas. A muchos de sus autores, escritores huérfanos de editores que redactan de manera tan confusa como piensan, no les importa combinar el tú con el usted en una misma frase, les cuesta diferenciar los tiempos verbales, les queda imposible no vanagloriarse de sus desmanes y les tiene sin cuidado la estructura de lo que están narrando porque no saben bien qué están narrando. Pero lo hacen así porque ese descarte de las reglas del juego en plena partida, esa tremenda confusión mental, esa ética hipnótica que parte de la base de que en la ilegalidad todo es más justo, ese no entender, del todo, que se ha cometido un crimen, ha sido el gran legado que nos han dejado los protagonistas de nuestras décadas pasadas.

Y no ha habido nada que hacer: los nuevos libros de Oveja Negra se han tapado de lectores resignados que han aprendido a vivir así, entre puntos que tendrían que ser comas, entre morales por debajo de la moral, porque así ha sido la vida.

Hubo un tiempo, en una Colombia que lograba negar sus miserias, que jugaba al "segundo himno más bonito del mundo" y a "la Atenas suramericana", en que Oveja Negra le hacía honor a su nombre: publicaba verdaderas críticas del mundo. Ya no. Ya es igual que todo. Y lo único que le queda, si todavía entiende el mismo idioma, si todavía cree en algo, es convertir las inevitables voces de aquellos personajes (aquellos chismes con patas: emperadores paramilitares, proxenetas perfumadas, pequeños mafiosos) en libros que valgan la pena: discursos comprensibles que nos despierten, nos pongan a hablar el mismo idioma y nos hagan sentir la vergüenza que hemos estado aplazando.

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