¡Yo no soy el padre Chucho! No me confundan más con él. ¿Acaso me ven un reloj Rolex en alguna parte?

 —Padrecito, me confiesa, me cura al niño, ¿me ayuda a anular el matrimonio católico como hizo con Laura Acuña? —me dicen en la calle.

Se trata de algo intolerable. Ana Karina Soto, al verme, se arrodilla, pide confesión y se amarra un cilicio en la pierna. Jessica Cediel suplica que la case con Pipe Bueno, a lo que yo digo que sí, una vez este cumpla los 18 años; antes, ella podría incurrir en un delito. ¡No me confundan más, yo no soy el padre Chucho! No visto un hábito con manga sisa para que vean que dejé el Cartier al lado de la colección de mancornas en renuncia a lo mundano. Dirán que exagero. Pero ser idéntico al padre Chucho es peor de lo que se piensa. Porque, si uno se parece a él, por transitividad, uno podría pasar por gemelo de Ramoncito, el de Dejémonos de vainas. También me confunden con él en todas partes. Los bartenders me saludan por el nombre. Los administradores de los bares ofrecen fiarme. Las empresas de licores me dan muestras gratis. Yo acepto el trago —cómo no—, luego confieso que no soy Ramoncito y cuento que él dejó el alcohol, que lo dejen tranquilo, y brindo por que siga abstemio.
Los de mi raza, como los coreanos, tendemos a parecernos. En la conquista, los españoles nos describieron como seres bajitos, trigueños, lampiños y de pómulos salientes. Por eso, no se explica que el padre Chucho emule a Jesucristo sobre un burro cada Semana Santa: porque a nosotros no nos sale barba. Hay otras razas a las que sí. Como la de Pedro Palacios que, aunque se rasura todo el cuerpo para deslizar mejor en la tina, es peludo. Cuando los de mi raza montamos en un burro no nos parecemos a Jesús, parecemos yendo a nuestra parcela. No fue casual que Ramoncito ganara el reality de La Granja. 

Radical como soy, y para evitar que me sigan confundiendo con estas celebridades, anuncio mi entrada al quirófano. La cirugía estética es la solución. Claro, podría aparentar, como lo hace Yamid Amat Jr., que se chupa los cachetes y saca la boca como Naomi Campbell en las fotos sociales. Pero es mejor ser que parecer. Así que busco un cirujano que cambie mi fisonomía, que haga de mí un galán, un latino atractivo, cautivador, en otras palabras, uno que me deje idéntico a Julián Román. No pido mucho, solo una cirugía menor. Una como la de Marbelle: liposucción, abdominoplastia, mamoplastia, otoplastia, lipoaspiración de barbilla, lipoinyección en glúteos y, vaya usted a saber si himenoplastia. Algo así. Estoy dispuesto a dejarle mi cuerpo al bisturí. No sobra advertir que no a cualquier médico esteticista. Una mala ejecución me puede dejar igualito a Papuchis y un accidente, a Felipe Santos. Tiene que ser un cirujano estudiado, capaz incluso de alinearle la ceja izquierda a la Gurisatti. De ese nivel. Uno que me abra nuevas salidas comerciales, como ocurrió con Marcelo Cezán que para que no lo confundieran más con Ricky Martin, se hizo una labioplastia y ahora va a liderar las campañas publicitarias de los Besos de Negra. Busco un cirujano que me ayude a cumplir mis sueños, como a Sara Corrales, quien siempre anheló ser una actriz de talla internacional, y por eso se mandó a hacer la talla 42 D en silicona. Cirugía que complementó con las clases de expresión corporal que recibía de Róbinson Díaz. Con la faloplastia sí paso; gracias por preguntar, pero prefiero no tocar esa zona, qué tal que pase lo de Laura Acuña a quien uno de sus senos se le inmoló al mejor estilo de los extremistas islámicos. 

El padre Chucho ha dicho, desde que le cancelaron su programa, que no da explicaciones porque su vida correría peligro. El presbítero imagina a Ardila Lülle persiguiéndolo para darlo de baja. Eso es absurdo. Especialmente porque el padre Chucho tiene más escoltas que el empresario. Como sea, por seguridad, no es conveniente parecerse al prelado. Y por salud, mejor que no me confundan con Ramoncito. En cambio, con una cirugía que me deje como Julián Román, se abre una opción: levantarse a Geraldine Zivic, a la que le gustan los de mi raza. En ese caso, yo sería un firme candidato para ser su pareja. Yo y veinte millones de colombianos.

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