No es que la palabra populismo sea mal entendida, sino que la quieren utilizar con mala intención. Por eso la usan tanto, a troche y moche, sin saber bien qué significa o, más bien, sin querer que se sepa bien qué significa. Es una palabra ambigua, espesa. ¿Polisémica? No, no es eso. Un docto politólogo escribía en estos días en el periódico que, “admitiendo la polisemia que caracteriza al hecho populista…”. Y no, no, no es cuestión de polisemia, de diversidad de significados. La palabra es clarísima y unívoca, y lo ha sido desde hace dos mil años largos. No es cuestión de lo que signifique la palabra, sino de lo que es la cosa.

Entonces, ¿cómo es posible que regímenes tan distintos entre sí como, digamos, el fascismo italiano de Benito Mussolini y el aprismo peruano de Alan García hayan sido llamados los dos populistas? ¿Y cómo es posible que los chavistas de Venezuela tachen de populista al presidente colombiano, Álvaro Uribe, y que a la vez los uribistas colombianos acusen de populista al presidente venezolano, Hugo Chávez, si uno y otro representan y hacen lo contrario? Pues por eso mismo: porque el adjetivo “populista” es un insulto (desde hace dos mil años) cuando debiera ser tomado como un elogio. Pero lo que pasa es, repito, que lo quieren utilizar. Tanto los de la derecha (digamos, los uribistas) como los de la izquierda (digamos, los chavistas) quieren confundir a la gente.
Creo que otro día me va a tocar explicar también lo de izquierda y derecha. Entre tanto, adelante.

(Aunque lo de “adelante” también…)

Derecha e izquierda —que son términos recientes: datan apenas de hace doscientos años, de la Revolución francesa: la droite, la gauche; hay incluso una variedad de la izquierda que todavía no tiene traducción del francés ni siquiera en ruso, que es le gauchisme—, derecha e izquierda por igual han querido promover la confusión entre la palabra latina populismo (de populus, que en latín quiere decir pueblo) y la palabra griega demagogia (de demos, que en griego quiere decir pueblo). Y echar las dos revueltas en el mismo saco semántico, como un lobo y un cabrito, cuando no son iguales. La demagogia es cosa de palabras, y el populismo es palabra de cosas. Un demagogo es el gobernante que desde el poder dice palabras que halagan al pueblo, y un populista, el gobernante que desde el poder hace cosas favorables al pueblo.

Ahora, ¿qué es el pueblo?

(Y eso de democracia, que junta pueblo y gobierno, ¿qué es?)

Bueno: el pueblo es el único argumento —después de Dios, con quien a veces se lo equipara— que justifica o legitima la existencia de los gobernantes. En cuanto a la democracia, hay discrepancias, por supuesto. Pero voy a citar la definición famosa del más enfático demagogo de los últimos dos mil quinientos años, el presidente de los Estados Unidos Abraham Lincoln: es el gobierno “del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”.

Palabras, otra vez. Suenan bien. Faltan preposiciones (a, ante, bajo, cabe, con, contra…), aunque ya con las tres que hay tenemos para cubrir el espectro desde la derecha hasta la izquierda. ¿Del pueblo? Todos de acuerdo (salvo en los dos extremos, la ultraderecha de inspiración divina y la ultraizquierda de pretensión científica. ¿Por el pueblo? Eso asegura la izquierda. ¿Para el pueblo? Eso dice la derecha. Pero queda faltando una preposición: con el pueblo. Ese es el populismo, denostado por derecha e izquierda. Por la izquierda, por insuficiente. Por la derecha, por exagerado. Es una preposición apenas, pero que implica una práctica.

Poco se ha intentado la práctica del populismo en la historia del mundo. Y sin embargo ha sido la que mejores resultados prácticos ha dejado para todo el mundo. Fue la práctica —por poner solo dos grandes ejemplos— de la llamada Revolución romana de Julio César y del llamado New Deal de Franklin Roosevelt. De la revolución de César, y a pesar de que se hundió en las guerras civiles que arruinaron a Roma, quedaron la reforma agraria y la ampliación de la ciudadanía romana, ya propuestas por otros populistas, los Gracos, y un sistema de protección social caricaturizado bajo el mote de “pan y circo”. Sí: pero pan. Y encima, circo. Del New Deal rooseveltiano, y también a pesar de que fue combatido desde la extrema derecha conservadora y republicana por “un-american”, por antiamericano, quedó el Welfare State, el Estado del Bienestar. No tanto en los Estados Unidos, donde ha sido minuciosamente desmantelado y hoy no es más que una nostalgia. Mucho más en la Europa Occidental, donde echó raíces tan profundas que ni siquiera la feroz señora Margaret Thatcher consiguió desmontarlo en el Reino Unido. Y hoy en el mundo entero —salvo en la franja refractaria norteamericana mencionada— pan y circo (o sea, protección social, educación, salud, empleo y entretenimiento) es lo que se busca; o, al menos, lo que se dice que se busca.

Si bien se mira (pero ¿por qué se mira mal? Ah, esa es otra), si bien se mira, lo que hace falta en todas partes es más populismo, y menos demagogia. Más Roma práctica, y menos Grecia teórica.

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