El 26 de noviembre de 1942, en el Hollywood Theatre de Nueva York, se proyectó por primera vez la obra maestra de Michael Curtiz, Casablanca. En ese entonces, y coincidiendo con la rendición de la ciudad marroquí a las tropas estadounidenses lideradas por el general Patton, ninguno de los involucrados en su filmación adivinaría la enorme resonancia histórica que este filme tendría en los años venideros. Con un guion impecable, una banda sonora ya clásica y actuaciones inolvidables de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, además de un reparto secundario excepcional, Casablanca se ha convertido en uno de los documentos esenciales de la era dorada de Hollywood, una película producida por la industria del entretenimiento que terminaría recibiendo el calificativo de obra de arte.

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Tras su estreno nacional en enero de 1943, no se intuía que esta película grabada entre mayo y agosto del año anterior se convertiría en una de las historias más icónicas del Hollywood de la edad dorada, ni que resultaría siendo el filme más veces proyectado en teatros, transmitido por televisión, comentado en seminarios sobre el arte del guion o el invitado necesario de todos los cine clubes del mundo.

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Para ser justos, es una película con un elenco de primera (Bogart, Bergman y Paul Henreid eran ya estrellas para cuando inició el rodaje en Burbank, California, y Warner Bros. no pudo haber elegido un mejor elenco de actores secundarios como el que constituía Peter Lorre, Sydney Greenstreet, Claude Rains y Dooley Wilson), pero fue una película realizada con un presupuesto estrecho y estrenada con bajas expectativas. Debido a que todo el mundo involucrado en su proceso de producción ya había participado, y lo seguiría haciendo, en decenas de proyectos llevados a cabo bajo circunstancias similares y a que gran parte de la película se decidió conforme se grababa, la grandeza de Casablanca se debe, en gran medida, a una serie de alegres casualidades.

Precisamente esa es la historia que recoge We’ll Always Have Casablanca, el último libro de Noah Isenberg, reconocido historiador del cine que, a manera de celebración del 75 aniversario de esta historia, presenta un importante recuento de los orígenes y pequeñas anécdotas que dieron forma a este clásico en blanco y negro. A través de una compresiva revisión de entrevistas, testimonios y fuentes, Isenberg da cuenta de todos los pormenores de la filmación de la película, desde el ingreso de Howard Koch como tercer guionista del filme, después de que los hermanos Epstein aceptaran trabajar un mes en la serie documental de Frank Capra ¿Por qué luchamos?, hasta la elección final de As Time Goes By como eje central de la interacción entre los personajes de Bogart y Bergman luego de que la actriz se hubiera cortado el pelo para su próximo papel en Por quién doblan las campanas, resultando imposible grabar de nuevo las escenas con el piano. Isenberg ha construido un perfecto homenaje que explica el legado duradero de Casablanca y su profundo arraigo en la cultura estadounidense que, en últimas, configura también el curso de cultura popular en el globo.

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“Play It, Again”

Casablanca se ha convertido, con el paso del tiempo, en uno de los monumentos claves para entender la historia del cine. Como con las mejores obras de arte, cada vez que se vuelve sobre la película se encuentran nuevos detalles que suman para su estatus de clásico moderno. Es cierto, algunos detalles hoy podrían parecer pomposos a través de la distancia cínica que genera la cultura contemporánea frente a las grandes narrativas del romance, la patria o el compañerismo. Sin embargo, escenas como la interpretación a pleno pulmón de La Marsellesa a cargo de una orquesta liderada por Victor Lazlo y la asistencia del café de Rick tuvieron en el momento de su estreno una resonancia conmovedora en la asistencia de los teatros de los Estados Unidos, heridos en su sentido del deber patriótico después de la caída de Pearl Harbor y de ver a esposos, hijos y amigos embarcarse en un conflicto bélico del que pocos regresarían.

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Otros elementos, como la impecable dirección cinematográfica de Arthur Edeson, aún son motivo de estudio en universidades y en foros de aficionados del cine. Podría hablarse hasta la saciedad de cada uno de los detalles que hacen de esta película un elemento necesario para la historia del cine, el juego de sombras y luces en el que participa el rostro de los protagonistas centrales y que evidencia su lucha interna entre dos posibles alternativas, el elegante diálogo que es fuente de discursos bastante replicados en la cultura general (“We’ll always have Paris” o “Round up the usual suspects”), la decisión de enfocarse en un héroe moralmente ambiguo (Rick Blaine) antes que en el arquetipo clásico e intachable que representa Victor Lazlo, etcétera; sin embargo basta con verla para entender que es un relato que desbarata los arquetipos de la historia de amor para presentar una postura moral más elevada que el amor egoísta. O, en palabras de Rick, su sombrío protagonista: “It doesn’t take much to see that the problems of three little people don’t amount to a hill of beans in this crazy world”.

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“As Time Goes By”

Quizá por esto mismo es que la historia de su creación y los pormenores detrás del rodaje llaman tan poderosamente la atención de Isenberg. El académico revela los mitos y verdades detrás de la producción de Casablanca, explorando la transformación de una obra de teatro sin mayor mérito hasta el clásico en blanco y negro que aún hoy sigue cautivando a nuevas audiencias. Isenberg ahonda sobre las controvertidas decisiones del elenco, la elección de último momento de incluir a Bogart y Bergman en los roles protagónicos antes que a Ronald Reagan y Hedy Lamarr, como se había contemplado en un principio, y el efecto que tuvo el verdadero conflicto bélico en la recepción del filme. Además, Isenberg explica el final apresurado que se concretó tres semanas antes del final de la producción, ahora una de las escenas más recordadas del cine, mientras se cierra sobre Rick y Renault un telón negro y nace una amistad eterna.

Michael Curtiz presenta una mezcla de géneros antes de que fuera costumbre en Hollywood: los elementos del cine negro colindan con la influencia del expresionismo alemán y hay elementos tomados directamente del melodrama y del lenguaje documental. Casablanca rompe, en este sentido, con una tradición fílmica que se concentraba en el uso exclusivo de un lenguaje y, al hacerlo, gana en potencia al presentar una tortuosa despedida entre amantes en medio de actos musicales y escenas cómicas con un hilarante carterista.

“Here’s looking at you, kid”

En este volumen quedan retratados de la manera más humana posible los perfiles de algunos de los protagonistas. A pesar de que Bogart y Bergman no tenían ninguna química por fuera del plató de filmación, entre ambos entretejen una de las historias de amor más significativas del lenguaje cinematográfico. Cada actor tiene una oportunidad de brillar con luz propia, dándole la razón al viejo adagio de que “no hay actores pequeños sino papeles pequeños”. Basta un segundo del rostro conmovido en lágrimas de Madeleine Lebeau en su interpretación de La Marsellesa, la mirada inquieta de Peter Lorre en su papel de Ugarte o el abrazo conmovido de S. Z. Sakall cuando su personaje de Carl, el mesero, cuenta el gesto heroico que Rick tuvo frente a la pareja búlgara, para ejemplificar el amplio abanico de sentimientos que pueden transmitirse a través de una actuación sincera.

Desde 75 años de historia, los personajes de Casablanca nos observan con un gesto congelado en el tiempo. Su mirada, esa que quedaría consignada para la eternidad en una serie de fotogramas, vuelve a nosotros invitándonos a tomar la decisión correcta. En un momento histórico tan turbio como el presente, no estará nunca de más volver sobre la historia de Rick e Ilsa, de un aeropuerto sumido en el silencio tras la partida del último vuelo, de una balada eterna y de la decisión de luchar bajo el bien común antes que por nuestras egoístas necesidades. Si no ha visto la película, el libro de Isenberg podría ser el comienzo de una hermosa amistad.

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