Estamos en un estudio fotográfico. En el centro de la habitación está Lucas Maldonado haciendo muecas que parecen las de un niño juguetón. Muestra los dientes, tuerce los ojos, acomoda las piernas en pose de vaquero. Se dispone a hablar de sexo, drogas, trago y mujeres. O, lo que es lo mismo, de su película Yo, Lucas.

Su película es, entre otras cosas, el testimonio de un borracho. ¿Cómo fue ser un borracho en Bogotá?

Recuerdo unas épocas más bien de droga dura, de bazuco, ollas y eso... Pero estar borracho en Bogotá es algo más de la casa. Aquí no he encontrado el placer de la barra que he tenido en otras ciudades donde he vivido. Cuando estábamos en la universidad y éramos más bonitos había fiestas más orgiásticas, con más desnudos y eso. Ya aquello no aplica tanto.

¿Cómo llegaron estos parches y fiestas orgiásticas a meterse en sus raíces?

Fue una cosa muy del barrio, de mis papás, de todo un grupo de artistas, pintores, fotógrafos, cineastas y arquitectos que colonizaron La Macarena y el Bosque Izquierdo. El fotógrafo Hernán Díaz organizaba unas fiestas tremendas, muy de disfraces. Creo que no eran tan alcohólicos y tan drogos como lo fuimos la siguiente generación de La Macarena y de Las Torres del Parque. Pero sí eran unas fiestas con desnudos, con disfraces, muy liberadoras. Tengo recuerdos de niño así como muy (abre los ojos como platos y suspira con una boca sorprendidísima, imitando al niño que fue)... De pronto levantarme, salir del cuarto y encontrar una fiesta con mi papá empeloto, disfrazado de reina de belleza, cosas así. Más de viejos intentamos seguir ese lindo camino. (Lea también: Las tristes orgías de Hugh Hefner el hombre detrás de Playboy)

Toda la vida de fiesta...

Un poco sí. Mi papá era muy borrachito... y yo también. Siempre lo he sido. Claro, y el perico. Eso sí eran una locura de fiestas de varios días... Tremendas.

¿Ya no?

Eso era antes en la casa de mis papás, un apartamento muy grande. Cuando ellos se iban de viaje nosotros hacíamos unas fiestas más grandes con mi hermano, pero últimamente más tranquilitos. A mí me dio un infarto hace casi dos años. Supongo que eso también me calmó un poco. Estamos ya viejitos... 45 cumplí ya, creo.

¿De dónde salió la idea de meter su vida en una película?

Fue un poco por un amigo que murió de borracho. Era un actor, Blas Jaramillo. Empezamos a hacer una película sobre él, pero me di cuenta de que estaba haciendo una película sobre mí. Fue cuando empecé a filmar a mis exnovias para entrevistarlas. Ahí dijimos: “Uy, aquí sí que hay una película, este material y esas conversaciones son buenas”. Eran cosas que sí estaban pasando de verdad frente a la cámara. No se trata de hablar bien de un amigo muerto, sino de reconstruir cosas que eran sorprendentes para mí, cosas de las que yo no me acordaba por estar borracho, o cosas que nunca me habían dicho. Ellas iban muy de buena gana a esas terapias. Les parecía muy divertido filmar y hablar mal de mí. Entonces con el tiempo se produjo ese material que es como tan alegre, por más que me estén contando las bestialidades que hice. Pero es con cariño, con distancia y risa, ya superada un poco la rabia del momento.

Al principio pensé que se trataba de Blas, luego pensé que de usted, luego de sus exnovias, pero al final parece que la película retratara una generación bogotana que vivió algo que aún se siente en las calles.

Creo que es un retrato de ese barrio, La Macarena, de todo ese grupo humano fiestero y liberal. Y un retrato de una generación, porque también hay gente a la que le encanta y que apenas está empezando la universidad.

¿Cómo cree que ha cambiado la ciudad desde esa época?

Creo que no mucho. La fiesta sigue existiendo: esa fiesta tan desbocada, con mucha gente. No sé si sea pertinente hablar estas bestialidades, pero hace muchos años recuerdo un escándalo que hubo en mi colegio. Uno en el que había bastante droga. Se habían inventado un sistemita los alumnos por el cual entrapaban los tampones en vodka y se los metían por el culo. ¿Puede usted creer eso? Entonces se emborrachaban y no tenían tufo en clase. ¡Nosotros sí éramos muy juiciosos, carajo! La gente hoy es capaz de todo. Yo soy, más bien, un drogadicto clásico, ortodoxo de la cocaína. (Lea también: Los últimos dandis de Bogotá)

Camila Loboguerrero, su madre, es una cineasta reconocida. ¿Cómo fue tenerla en la película?

Digamos que desde fuera, en el detrás de cámaras, fue muy bonito porque nos acercó mucho. Era una relación muy difícil, con peleas y gritos terribles. Una vez terminada la película debí volverme más adulto y menos pelietas. Tal vez ella también. En todas las entrevistas que hicimos, las conversaciones filmadas y los cortes que vio de la película trataba siempre de opinar desde el punto de vista del cineasta, de las cosas de montaje y guion. Siempre me dijo: “Me parece un error, me parece horrible, me parece estúpido hacer una película para quedar mal. Uno hace las películas para quedar bien, para que lo quieran, no para difamarse. Pero bueno, usted verá. Es su problema”.

Pongámonos moralistas, ¿usted cree que ser borracho es malo?

Creo que voy a seguir bebiendo hasta el último de mis días, porque me encanta, pero sí que trae un montón de problemas. Líos como de capacidad laboral, porque uno entra en una dinámica en la que si no se emborracha, no se le ocurre nada. Como que el alcohol produce un montón de ideas y uno entiende un montón de cosas. Pero a uno borracho le parece interesante una cosa y de pronto no lo es tanto. En todo caso, se entra en un círculo vicioso y deprimente. Esos guayabos insoportables y depresivos en los que uno dice “hubiera hecho esto y lo otro”.

¿Es de los que rezan para que se inventen una cura contra el guayabo?

¡Esa es la búsqueda eterna! Ahora hablábamos de que tal vez el remedio era, muy temprano en la mañana, un Alka-Seltzer y changua. Esa es una sopita bien interesante para el guayabo. Pero bueno, los alcohólicos más serios que yo se ponen suero intravenoso, conozco varios que lo hacen. A mí me ha pasado, pues en las borracheras he tenido accidentes varios tras los que he despertado en una clínica. Me han pegado, por ejemplo. En una época logré que en todas las fiestas me cogieran a puños por decir una bestialidad. Y me rompían las narices. Entonces terminaba en la clínica con suero intravenoso. Eso sí es santo remedio. (Lea también: El coctel del guayabo)

También aparece su padre, Rafael Maldonado...

Mi papá era un arquitecto bueno, además de actor. No estuvo en la película desde el principio. La película se filmó casi toda en un año de abstinencia que tuve. Después duré como seis o siete años montando con un par de montajistas con los que trabajaba. Fuimos encontrando materiales de archivo que estaban en mi casa. Entonces apareció mi papá como personaje. Todo el material que tenemos de él es sacado de una película de Manuel Franco que se llama La recompensa, en la que hace un personaje muy triste. La historia es la de un señor que se encuentra una plata y la devuelve, entonces todo el mundo se la monta por pendejo. Termina suicidándose al final de la película. Es toda existencialista y él sale maquillado con ojeras. Se la pasa de un lado para otro arrastrándose. Es tristísimo. Ese fue el personaje de mi papá que quedó en la película: un señor tristísimo. Pero él no era para nada así. Era muy, muy payasito, como mi hermano... mucho más que yo.

Lucas Maldonado duró ocho años haciendo este, su primer largometraje.

¿Quedó algo de eso en la película?

No quedó nada. Ahí es cuando uno piensa ¿qué tan ficción será? De todas maneras es una autobiografía. Aunque, ¿quién sabe?, uno pone lo que quiere mostrar. No es que tuviera la intención de difamarme, pero una vez entré en la cosa de las confesiones, había que ser descarnado para que la película fuera interesante. Debía ser totalmente sincero.

Es una película fuerte...

A la gente le parece muy fuerte. Hay unas cosas que fueron fuertes en los sesenta: la homosexualidad, las drogas, cosas que aún siguen siéndolo. No obstante, es una película que donde realmente funcionaba era aquí en Colombia. Hemos viajado a muchos festivales por fuera y ha habido mucha gente a la que le gusta. Pero el éxito que tuvimos en el Festival de Cartagena no lo hemos repetido en ninguna otra parte. Fue una delicia: filas de gente para verla y muchas personas convencidísimas de unas cosas muy bonitas que decían, como que es un hito en el cine colombiano, que marca un antes y un después, que tiene larga vida. A diferencia de los taquillazos que son en un fin de semana, es una película que me sobrevivirá, je, je. (Lea también: La fórmula mágica del cine nacional)

Después de todo, ¿cree que sí vale la pena hacer una película?

No lo sé. No lo sé todavía. Hacer películas es lo que a mí más me gusta, pero no es tan alegre presentarla. Esta en particular fue muy divertida de hacer. Sin embargo, en el estreno me sentía en un entierro. Así como: “¡Ya esto se acabó!”. Ha sido todo muy feliz, ha habido muchos comentarios de la gente. Entonces uno se anima. No sé si me tocará hacer Lucas 2; Lucas 3, la saga; Lucas en Perú; Lucas en el Congo... porque he intentado varias. Arranco y después digo “esto no vale la pena”. Tan largo que es hacer una película para que quede bien hecha. Esos son muchos años y uno desiste. Pero no, sí vale la pena. Es apasionante.

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