En mis tiempos las películas se rastreaban, se descargaban por entregas, se luchaban. El nuevo milenio apenas despuntaba e internet tenía mucho que ofrecer para quienes sabían hurgar en la red. Era la época de Torrents, Pirate´s bay y foros interminables para saber qué buscar. (Consejos de sexo por una lesbiana)

En ese entonces, yo también estaba estrenando homosexualidad y ya me había hecho a la idea de ser la lesbiana del salón, de la promoción y de la familia. Fácil no fue, pero aburrido tampoco. Reconocerse gay a los 19 años, luego de haber sorteado la adolescencia y el “despertar” sexual, supone una nueva aventura.

En esa nueva pesquisa sobre mi sexualidad el material audiovisual era fundamental. Yo, como tantas otras, buscábamos cuanta película, corto, documental y pieza audiovisual había sobre lesbianismo. Descargábamos películas, “quemábamos” dvds y los traficábamos entre nosotras. Ahora es muy fácil. Hoy, hasta Netflix tiene varias categorías asignadas al tema. En ese entonces, era todo un trabajo. (El amor en una pareja de mujeres)

En el medio llegó The L Word y todas las lesbianas del mundo nos llenamos de júbilo. Esta serie nos mostró todo lo que queríamos ver.  Sin tapujos y con la sofisticación narrativa que caracteriza a las buenas series estadounidenses. Con personajes bien construidos, ironía, crudeza. Haciendo uso del cliché y saboteando el cliché. Nos enseñó que las lesbianas son femeninas, masculinas, transexuales y heterosexuales. Y que sus relaciones, como cualquier relación entre humanos, están atravesadas por el  drama, la tragedia, la rutina y la muerte. The L Word supo construir escenas memorables de erotismo y sexo explícito entre hombres y mujeres en cada una de las siglas LGBTIQ. Lo vimos todo porque finalmente era una serie sobre relaciones humanas.

Hasta hace poco, cuando alguien me preguntaba por una buena película sobre lesbianas sentía un pequeño momento de estupor. Debía hacerme la cinéfila recomendando una película inconseguible como Las amargas lágrimas de Petra Von Kant de Fassbinder, y parecer una snob del cine -y del lesbianismo- o debía ponerme a hacer una lista de algunos títulos que conozco pero sobre los que tengo mis reparos.

Hoy, puedo nombrar Boys don’t cry de Kimberly Peirce y más recientemente Carol de Todd Haynes. Pero creo que esas películas no merecen el calificativo de películas sobre lesbianas. Son películas sobre la complejidad femenina. (El sexo según Miley Cyrus)

Las películas sobre lesbianas que hoy abundan en internet –las que propone netflix por ejemplo- casi siempre son protagonizadas por mujeres jóvenes y bellas quienes a través de un conflicto menor entienden que quieren estar con otra mujer joven y bella. Guiones flojos y abundantes escenas de sexo entre ellas y todo esto ya se anuncia desde el afiche. Y por si es necesario mayores indicaciones, una de las categorías de Netflix es “Películas de lesbianas deseables”….

Hoy, a mis treinta años, luego de vivir los últimos diez enamorándome de mujeres, me siento incómoda frente a esas películas de lesbianas. Películas como Adele, por ejemplo, me granjearon discusiones y hasta un cuestionamiento personal. ¿Por qué me molesta a mí, la misma que buscaba con ahínco esas escenas de dos mujeres “haciendo el amor”, escenas en películas de gran alcance y popularidad?

Aún me cuesta ponerlo en palabras. No tiene que ver con el hecho de que el director sea un hombre y quiera cosificar a dos mujeres haciéndolas objetos del deseo masculino. Puede ser eso, pero Carol esta dirigida por un hombre y su mirada amorosa cubre toda la película, aún en las escenas más eróticas. Y películas como The kids are all right, dirigida por una mujer –lesbiana además- cae en el peor de los lugares al proponer que una mujer solo puede experimentar un verdadero desenfreno sexual al acostarse con un hombre luego de estar en pareja durante muchos años con una mujer. (Kim Zuluaga, la transexual más bonita de Colombia)

Decir que una película sobre lesbianas es más cuidada si la dirige una lesbiana es ignorante y peligrosamente sexista. No se trata de eso. Tiene que ver más, quizás, con una intención. Con saber lo que se está contando y cómo se muestra eso. Saber que la imagen de dos mujeres teniendo sexo es una fantasía común entre hombres y mujeres. ¿Cualquier par de mujeres? No. Esas películas que dedican todo tipo de planos a mostrar posiciones, cabezas entre las piernas, besos y gemidos, están casi siempre protagonizadas por mujeres particularmente bellas.

Esas escenas, por supuesto, despiertan un erotismo fácil. Cuerpos bellos, apetecibles, y deseables. Lesbiana es cualquier mujer que siente deseo por otra mujer. No importa si es bella, delgada, anciana. Y no debería ser más fácil para una mujer el hecho de amar a otra mujer cuando se es más bella y más femenina. No debería ser más fácil para una mujer darle un beso a otra mujer en la calle porque ambas suscitan el morbo y no la hostilidad de quienes las miran.

Pero volvamos al cine. La doncella es la más reciente entrega del director surcoreano Park Chang-Wook célebre por la trilogía Oldboy, Sympathy for Mr. Vengeance y Lady Vengeance y quien ha demostrado su habilidad para contar historias retorcidas y viscerales. Ahora vuelve sobre el tema de la venganza con esta película magistralmente filmada y con méritos de sobra para ser considerada una gran película.

Además de la venganza, La doncella aborda el tema de la literatura erótica japonesa, la relación entre dos mujeres y la redención que consiguen gracias a su amor. Pero un par de escenas dedicadas a mostrar a sus dos protagonistas teniendo sexo -por la forma en la que están filmadas y la poca relevancia narrativa que tienen- debilitan algo de la obra.

La doncella es una película contradictoria. Por un lado logra construir deliciosos momentos de fantasías eróticas a través de la literatura en escenas en las que, tanto sus personajes como los espectadores, nos abochornamos en el mejor de los sentidos.

Por otro lado, se desprende de su propia premisa y parece olvidar que es más poderoso lo sugerido que lo explícito. Que a veces, sobre todo en el cine, es más interesante jugar con la imaginación del espectador que darle lo que fácilmente puede encontrar en el porno. (Carta a mi hija transexual por Nacho Vidal)

Aunque en general, La doncella es una película de sobra disfrutable. Más alejada de los trabajos previos del director, en los que la insistencia de la puesta en escena sobre la agonía y el dolor físico, afectaban al espectador de formas casi insoportables.  Esta vez, la tortura es desplazada por una exploración sobre las trampas del erotismo. Y, en ese sentido, todos podemos sentirnos identificados. Vale la pena también, apreciar la estética, la puesta en escena y las sorpresas de una historia que no es lo que parece ser a simple vista.

Por supuesto, La doncella también será disfrutada por esas escenas sexuales y explícitas entre sus dos protagonistas. Yo recomiendo verla porque es una buena película  sobre los límites que puede cruzar el ser humano para obtener su libertad. Para acceder al complejo universo de las mujeres que aman a otras mujeres, para ver las diferentes formas en las que dos mujeres copulan y se relacionan entre ellas, les recomiendo ver The L Word… que además está disponible en Netflix.

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