No sé qué puede ser más grave o más censurable: si olvidarse de que uno está casado u olvidarse de que se va a casar. Tal vez esté próxima la posibilidad de entrevistarme con el padre Sigmund Freud, esté donde esté, para que me aclare de una vez por todas cómo es el asunto de consciente, subconsciente e inconsciente, porque lo que soy yo hasta este momento no he podido deslindar claramente esos tres estados y no sé dónde empieza el uno y dónde termina el otro. Y es que me interesa saber en cuál de los tres se puede ubicar el agridulce episodio de mi ya larga vida que trataré de contar a continuación. (Las 5 bodas más caras de la historia)

Después de una de esas granizadas frecuentes en la Bogotá de 1950 y pico, apareció como caída del cielo. Atravesaba la Terraza Pasteur asida del brazo de un varón ario-porteño. Iba agarrada, como si temiera una resbalada o un secuestro (cosa que hubiera estado perfectamente justificada, porque la dama estaba como para eso, y creo que incluso el autor del delito habría sido absuelto). Cada vez que daba tres pasos, se oía el chirrido de las llantas de un carro que frenaba y se veía a un conductor que la contemplaba lelo.

Si SoHo hubiera existido en esa época, no habría sacado una, ni dos, sino tres o cuatro ediciones extraordinarias dedicadas a exaltar, parte por parte, esa humanidad angelical: una para las piernas monumentales; otra para el enhiesto derrière; una tercera para sus generosos pectorales, y la cuarta... para lo que quieran imaginar. Lucía además un pelo platinado, al estilo Marilyn, que hubiera puesto a rabiar a esa gran diva de los años cincuenta. Porque además no tenía nada que envidiarle en materia de look.

Por entonces, se les pagaba generosamente a músicos y actores (sobre todo si no eran de por aquí) en la recién fundada televisión. Eso, además de un dólar “fuerte”, hacía que vinieran con frecuencia artistas de otras latitudes a buscar fortuna. Esa tarde, ante el inmancable corrillo de la esquina de la 24 con séptima, se produjo aquella rubia epifanía. Empezaron a surgir las conjeturas sobre la procedencia de la pareja, mientras algunos de los presentes contemplábamos con ojos saltones y morbosos a la mona de falda más arriba de la rodilla y andar de pasarela. Las conclusiones unánimes fueron dos: primero, esa criatura y su acompañante no podían venir de otro lugar sino de Argentina (tierra de proverbiales churros); segundo, su indudable destino era la televisión, cuyos estudios estaban instalados por esa misma calle 24, en los sótanos de la Biblioteca Nacional. No marramos (verbo de uso en la época) en ninguna de las apreciaciones. Al día siguiente, iba a poder comprobar los dos aciertos. (Mi fiesta de divorcio)

Mi oficio de entonces era el de locutor de la Televisora Nacional. Al comenzar la noche, me instalaba en una pequeña y oscura cabina ante un micrófono y un monitor y abría la emisión: leía la programación del día, narraba documentales, daba las noticias... Cualquier voyerista anhelaría trabajar allí. La oscuridad permitía mirar sin ser visto. Y eso fue lo que pasó esa noche, cuando en la cabecera del pasillo vi aparecer la escultura de la víspera, acompañada por un mandamás de la institución. Ella avanzaba entre la excitación que producía en los técnicos y demás funcionarios, aparentemente sin darse cuenta de que su paso prendía la llama de la lujuria entre los que la observaban de reojo. Yo, entre ellos, solo que mi posición privilegiada me permitía hacerlo sin ningún disimulo. Me gocé todo el trayecto, hasta que se produjo la gran sorpresa: el destino de los visitantes era nada menos que mi cabina de locución. Las fabulosas piernas se desplazaron hasta la mesa y, después de la presentación, su maravilloso derrière se posó en la silla vecina a la mía.

El ejecutivo ordenó que me encargara de ejercitar a la Marilyn porteña, por medio de la lectura o cualquier otro recurso, para que fuera perdiendo su melodioso acento rioplatense. Ella sería la encargada de presentar en cámara ciertos programas y, claro, de adornar la pantalla con su estampa de diosa vikinga. Después de un buen tiempo de ejercicios de lectura, no logró perder el acento, pero los dos sí logramos perder el pudor. La atracción mutua llegó hasta los límites que imponían las circunstancias y que muy pronto fueron superados en un “cuartito azul” que mis hermanos mayores tenían alquilado para sus encuentros furtivos, y que en adelante compartirían conmigo. No quiero extenderme en detalles para no despertar envidias, lo único que puedo decir es que eso era la locura desatada.

Hasta que sucedió lo inevitable: la Marilyn porteña se enamoró del cachaco desbocado y este de aquella. Pero ya sabemos que no hay felicidad completa: terminamos viviendo juntos. Y vino la rutina y mi vida se convirtió en el cumplimiento de una condena que tenía la casa por cárcel. Estaba bajo la vigilancia implacable de la “mona peliteñida”, “mechipintada”, como la empezaron a motejar en peluquerías y salones de té las señoras capitalinas, mientras la descalificaban estirando la trompa. Los varones, en cambio, eran más generosos en sus adjetivos. Yo tenía que aguantar las miradas y comentarios soslayados de unas (con reproche) y de otros (con envidia). Después de cinco años de lidiar con esa diaria tortura, esta se fue transformando progresivamente en rutina, aburrimiento y, por último, en desesperación. (No le tenga miedo a salir con una separada)

Se presentó entonces una milagrosa oportunidad de, por lo menos, darme un respiro y escapar un poco de esa pesadilla: el gobierno checo, tal vez a instancias de unos amigos mamertos, que nunca faltan, me concedió una especie de beca, que consistía en una corta estadía en su país para observar aspectos de la producción cinematográfica. Aparte de lo que significaba profesionalmente, me iba a permitir alejarme por lo menos por un buen tiempo de mi celosa captora. Pero como toda esperanza trae su desilusión, la “mechipintada”, muy hábilmente, se comunicó con unos tíos por parte de su padre alemán que vivían en Hannover y que quedaron encantados de que su linda sobrina, a quien no veían hacía mucho, fuera a quedarse con ellos por un tiempo indefinido. De manera que una tarde recibí el garrotazo: Marilyn viajaría conmigo y se quedaría esperándome en Hannover. Pero había algo más, y era lo más grave: no podíamos presentarnos ante sus tíos como simples enmozados. Ellos se horrorizarían. ¡Había que contraer matrimonio!

Una noche, después de agotar mis fuerzas corriendo de aquí para allá en diligencias y tras atender el agasajo de unos amigos, llegué a medio palo al apartamento. Yo sí noté que estaba primorosamente decorado con bombas y flores, y la mesa dispuesta como para una ocasión especial. Me di cuenta también de que mi carcelera ostentaba una expresión de furia, digna de un torturador de las SS ante un rabino en la Segunda Guerra Mundial. En medio de la lluvia de platos y demás enseres, vino la explicación entrecortada de tan curiosa circunstancia: ella me había advertido que esa tarde iba a ir un cura amigo a unirnos en el sagrado vínculo ¡y yo no había aparecido! Y entre los alaridos de la “mechipintada”, mi única y sincera justificación sonaba ridícula y la enfurecía más: “Qué vaina... ¡fue que se me olvidó!”.

Nunca he creído que ese olvido haya sido tan inocente. Algo tuvieron que ver por lo menos dos de los tres estados mentales: el subconsciente o el inconsciente. Por eso, ahora que me encuentre al padre Sigmund le pediré que me aclare el asunto. Ah, también necesito que me explique otra cosa: ¡por qué a veces uno es capaz de ser tan huevón! (Elogio de la mujer madura)

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