Ya son 80 años, pero de las mujeres creo saber poco. Aunque una certeza sí tengo: son un misterio. Un misterio que los hombres, muchas veces, evitamos indagar, tal vez para no encontrarnos con sorpresas.

Creo saber que a las mujeres hay que tenerlas en cuenta, consultarles cualquier decisión, no verlas nunca como un instrumento o un objeto. Y creo saber que, en últimas, siempre es mejor hacerles caso… mentira, eso no lo creo, eso lo sé.

Y sé, también, que son más organizadas que nosotros, más centradas, más intuitivas, más prácticas. Y que son mejores administradoras. Y que son más hábiles para manejar las ciudades, los países, el mundo, pero menos hábiles para manejar otras cosas, como los carros.

Creo saber que hay que decirles todos los días que están bonitas y que (casi) siempre se lo creen. Que a veces es mejor no preguntarles “¿me preparas el desayuno?”, así uno quiera que le preparen el desayuno. Que nunca es bueno mencionar los kilitos de más que han ganado. Y que por nada del mundo se puede terminar una pelea con un “pues entonces no te lo vuelvo a dar…”.

En esto de las peleas creo saber, además, que en medio de una lo mejor para que se les pase la rabia a las mujeres es hacerse a un lado… hacerse el pendejo, mejor dicho. Que hay que ceder y conceder. Que debemos ponernos en sus zapatos, dejar el machismo, ser tolerantes hasta con sus caprichos. Y creo saber que si la cosa se pone muy grave, no hay de otra que sacar la ropita y largarse, porque no existe posibilidad de olvido.

Sé que odian la grosería, la ramplonería. Por eso, no entiendo cómo logran casarse los senadores de la república, los siempre malcriados y toscos padres de nuestra patria. Todos esos “honorables” deberían estar solteros.

Creo saber que las mujeres se gozan las relaciones si uno se las goza también. Que el gusto por un noviazgo, por un matrimonio, se contagia. Solo disfrutando uno, disfrutan ellas.

Creo saber que no hay que casarse para estar casado y declaro, para dar fe de ello, que de mis cuatro matrimonios solo uno ha sido con ceremonia y notario. Y sé a ciencia cierta que es mejor no dejarlas metidas el día de la boda. A mí me pasó con una relación que ya estaba prácticamente muerta: me iba de viaje a Checoslovaquia, ella se me pegó, organizó el evento antes del viaje y me dejé envolver; pero algo había en mi subconsciente, porque se me olvidó el acontecimiento y no llegué.

Sé que a las mujeres les gusta el buen humor, que no hay un ingrediente que las enamore más. Sé que algunas se ríen por el ingenio y otras, por la tontería. Sé que si se entristecen hay que hablarles con cariño, decirles palabras dulces. Y sé que es importantísimo oír todo lo que tienen que decir.

Sé que son sensibles, que poseen un altísimo instinto de conservación, que perciben la realidad con agudeza, que lo analizan todo. Y que muchas lloran cuando ven una película llorona —perdonen la redundancia—, pero que eso no las entristece necesariamente.

Sé que, por lo menos a mí y a un par más nos enloquecen con su criterio siempre acertado y con sus manos expresivas, de dedos largos y rasgos finos. Sé que son unas berracas.

Gracias, en parte, a mis cinco hijas, sé que las mujeres son independientes y autónomas, incluso en los momentos más difíciles. Gracias a mi mamá, sé que muchas son tiernas, solidarias, preocupadas por ayudar a los demás. Y lo sé porque ella, mi madre, fundó un orfanato para 200 niños sin tener un peso.

Sé, porque lo viví, que las checas de los años sesenta eran coquetas y libres a pesar del estalinismo, que no eran típicas mujeres del bloque soviético, que sufrían de las llamadas “deformaciones burguesas”. Y sé, por lo mismo, que las chilenas de esa década eran seguras, sin prejuicios, autónomas, adelantadas… una maravilla.

Creo saber que hay muchas diferencias entre las mujeres de esa época y las de ahora: hoy están menos reprimidas, se pueden manifestar con facilidad, poco a poco los hombres las estamos dejando ser… pero la mayor diferencia es que hace cincuenta años no tenían tantas arrugas.

He dirigido a cientos de mujeres, por eso sé que son responsables y serias a la hora de trabajar. Y que hay muchas incumplidas, algo que me saca de quicio.

Creo saber que a veces les exigimos demasiado. Y que por eso siguen tratando de ganarse un lugar en la historia. Sé que las hemos maltratado, las hemos subvalorado —¡qué brutos!—, y aun así se han sostenido en sociedades machistas.

Lo que no sé es por qué nos duele tanto cuando nos dejan, pero sí tengo certeza de que en un despecho lo mejor es no beber, pues el guayabo se triplica. En ese caso, creo saber, es mejor sumergirse en la lectura, distraerse, acostumbrarse, porque en temas de mujeres, el tiempo no lo cura todo.

Creo saber que somos adictos a ellas, a ellas y a enamorarnos, y que a mí personalmente me encanta enamorarme. Ya son 80 años y de las mujeres creo saber poco, pero sí sé algo de los hombres: que, no importa cuánto nos quejemos, no tenemos ni idea de vivir sin ellas.

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