La tarde anterior había recibido en Bogotá a tres periodistas colombianos para decir lo obvio: "Estoy muy feliz de volver a tocar en Bogotá y compartir con un  público muy cálido"; "Compartir escenario con Sting es todo un orgullo para mí"; "Tocaremos por la educación en Colombia, por sacar adelante una población muy pobre, cerca de Cartagena". Salen por reflejo de lo que se repite tantas veces, pero nunca paras un segundo a revisar por qué dices lo que dices.

No son mentiras, no son absurdas y, entre otras cosas, son las respuestas a las preguntas que me hicieron. Tampoco creo que haya que revisar e interpretar cada palabra que sale de tu boca, pero sí hay respuestas que quisieras dar con una fuerza más visceral. La última fue una de esas, me la llevé en la cabeza. Me causó incomodidad y ganas de llamar a decir que no sabía por qué iba a tocar, que había sido una respuesta pronta, que la respuesta justa la podía responder si visitaba y conocía lo que apoyaba. Quisiera contar por qué participo en el próximo Buchanan's Forever junto a Sting y por eso me fui al día siguiente a Pasacaballos, y estas son algunas de mis anotaciones.

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Me cuentan que ya son cerca de 200 personas en Pasacaballos a quienes el programa Learning For Life de Diageo ha capacitado en finanzas básicas y en civismo, que mal contadas cerca de 1000 personas han sido beneficiadas indirectamente. En otras palabras, 200 personas han recibido algo de educación, y oyendo las historias concluyo que es el camino que deben buscar en América Latina para superar sus problemas, y también concluyo que con un poco de educación las personas de escasos recursos hacen maravillas.

Cuando hablo de "finanzas básicas" es lo realmente básico, enseñarles que no deben gastar más de lo que ganan para vivir, que hay que ahorrar y reinvertir para crecer y que sí se puede crecer, que hay que llevar claridad en las cuentas y saber cuánto se gasta. Y cuando hablo de civismo es recordarles que por más pobres que sean tienen deberes como parte de la sociedad pero, sobre todo, tienen derechos por lo cuales deben luchar. Parece mentira que aún existan personas tan alejadas de la situación y que al mismo tiempo construyan la realidad de un país, y esto aplica a la inversa, dicho por un "pasacaballero".

Alcancé a visitar como 13 proyectos y en todos confirmé lo anterior. Hay casos de madres hasta con seis hijos que antes vivían con 10.000 pesos diarios y que hoy llevan a la casa entre 60.000 y 80.000 pesos, algo inimaginable para ellos un par de años atrás. Ochenta mil pesos sigue siendo poco para una familia tan grande, pero alguna de ellas me dijo: "Pa' ponértela fácil, tú qué siente si alguien decide pagar seis veces más de lo que cobra. ¿Te pone feliz, cierto?".


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Entrando por la plaza central de Pasacaballos paramos en una pequeña tienda a comprar agua. Un joven sin camisa, descalzo, de pantaloneta azul de equipo de fútbol, flaco pero barrigón por los parásitos, se le acerca al líder de la comunidad que sabía de mi visita y pregunta "quién es ese man". Le responden que soy Beto Cuevas y con cierta obviedad afirma "ahhhh claro, el de los vallenatos, no joda, se ve diferente en persona" y empieza a susurrar "mírame fijamente hasta cegarmeee, mírame con amor o con enojooo". Después supe que me estaba confundiendo con el cantante colombiano Vetto Galvez. Tampoco saben quién es Sting y creo que no tienen por qué saberlo. Culturalmente están en la otra orilla de un inglés o de un chileno y su admiración y afinidad musical están más cercanas a cantantes como Monsieur Bugalú, Elio Boom o Álvaro el Bárbaro, que hasta ese día escuché por primera vez. Los oí porque no existía opción de no hacerlo y es parte de su cultura.

La música champeta retumba por las calles pedregosas y polvorientas de Pasacaballos, sale de cualquier esquina y me dicen que a cualquier hora. Sale de unos parlantes gigantescos a los que le llaman "picós", coloridos, estridentes, bautizados con nombres de gentes y personajes que tampoco conocen y que algún día oyeron por ahí. 'El Barón Rojo', 'Mazinger Trosky', 'Brigitte Bardot' son algunos de ellos. Googleando supe que el "picó" le debe su nombre al "pick up", la aguja de los antiguos tocadiscos. Hoy me gusta pensar que ayudaré en silencio a los "pasacaballeros", y con suerte me encuentre con 'La Cueva de Beto' sonando duro algún día.



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Me quedé con tres historias que en realidad me pegaron una bofetada. Carmen Macías trataba de vivir de la venta de "bolis", una paleta rústica empacada en pequeñas bolsas transparentes. Su problema era que para vender le tocaba salir a la calle y dejar a sus hijos, muy bebés, solos en la casa. Su otro problema era que lo que vendía era lo que gastaba y al día siguiente no tenía para volver a hacer los "bolis" y le tocaba rebuscarse como empleada del servicio, caso en el que también dejaba solos a sus hijos —tiene tres—. Se hacía entre 9000 y 11.000 pesos al día; esto significaba vender en promedio 100 bolsitas, muchas fiadas. "Era tal la decepción que no me daban ganas ni de ir a la calle a refrescarme, y con semejante calor que hace acá", me dijo Carmen, recordando cada uno de los 22 años que vivió así. Cómo no sentir eso sabiendo que tienes que alimentar a tus hijos y no tener sino el amor de madre, que ayuda pero no nutre.

La otra historia es la de Estebana, de quien no recuerdo el apellido porque tal vez no le pregunté, o porque con historias como esta multiplicada por millones ya el nombre es paisaje. Ella también tiene tres hijos y hace las veces de padre y madre con gusto, pero no por elección. "Vivíamos bien, vivía en el barrio Bruselas de Cartagena. Mi marido era marinero". Su marido se volvió drogadicto de marihuana, basuco y, según ella, "cuanta porquería encontraba". Vendió todo lo que tenía en la casa para seguir drogándose y le pegaba cuando ella no lo dejaba sacar cosas. Ella fue a dar a Pasacaballos, a dónde más.

Finalmente, está Petrona. Me dice que viene desplazada por la violencia de los paramilitares de San José del Playón, corregimiento de María la Baja, Bolívar. Uno de sus seis hijos vio cómo asesinaban a una persona, y no dan ganas ni de contar lo que vio, ni seguir contando su travesía para llegar a vivir en una casa con techo y paredes de mentiras.

El resto de historias son más o menos iguales.


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Estas mismas tres historias me sacaron una sonrisa. Y repito: los pobres con un poquito de educación hacen maravillas. La tres recibieron capacitación y hoy hasta cuentan chistes. Carmen se dio cuenta de que su problema era de tiempo para cuidar a sus hijos y que tenía que vender productos con un poco más de valor. Su estrategia fue sencilla, pero funciona. Aumentó el tamaño del "boli" y mejoró sus ingredientes, se los entrega a dos vendedores quienes le pagan el "producido diario"; además se metió en el negocio de jugos y con el mismo esquema se los vende a trabajadores de la zona industrial del Mamonal, la riqueza hecha empresas a tan solo seis minutos de Pasacaballos, y en su tiempo libre vende hielo desde la ventana de su casa. Un día malo, hoy, no baja de 51.000 pesos.

Estebana tiene la venta de papas rellenas más famosas de Pasacaballos. Organizó lo básico, sabe cómo atender a los clientes, usa gorro y bata blanca inmaculada y dice: "El domingo llego a vender 95.000 pesos". Su alma de negociante despertó y cuelga un letrero en su negocio que se leerá siempre igual: "Hoy no fío, mañana sí". Su hijo mayor, Joiner, estudia Sociología y le faltan dos semestres.

Petrona es aún reciente en el proyecto y está pensando en vender pescado, no registró un cambio material todavía, pero puedo asegurar que su hijo ya se ríe.  

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