Fue un round más entre Amparo Grisales y Luz Amparo Álvarez en el programa Yo me llamo con el que Caracol invita al pueblo colombiano a la paz y la reconciliación a punta de insultos entre los jurados del programa. El país no aguanta más violencia ni más muertos. Como decía Diomedes Díaz: “Imagínate uno enterrado, debajo de la tierra y con esos calores que hacen ahora”.

Es aventurado hablar, como está de moda, de posconflicto. Mientras Tanja, la holandesa, no aparezca en la portada de esta revista en topless y cubierta apenas por un diminuto fusil de dotación, cabrán dudas frente a la voluntad de paz de las Farc. Por eso digo que es prematuro. Debemos comenzar por derrotar el conflicto cotidiano primero. Sigamos mejor el sendero del amor que predicó el gran Diomedes, y que hoy con creces tiene a siete individuos demandando su paternidad para entrar en el proceso de sucesión.

No me refiero a la política del amor que terminó siendo la política del megáfono con la que Petro revive el chavismo en Bogotá. Me refiero a la simple tolerancia. A ese mensaje de paz que emiten los grandes cerebros de nuestro tiempo, como el de Gerlein, que tiene el cerebro del mismo tamaño del hombre de Cro-Magnon. ¿Qué es moralmente reprochable? Todo aquello que a Gerlein no lo excite.

La verdadera conciliación comienza en la vida en pareja. Al día, 36 se divorcian. Eso quiere decir que el matrimonio, como la institución que representa el núcleo y esencia que sostiene la sociedad, tiene la contundencia estructural de la torre Space. Medicina Legal atiende más de 47.000 casos de maltrato familiar contra la mujer al año. O sea que los divorcios por maltrato deberían ser 3900 al mes, o sea 130 diarios. Las mujeres están a merced del machismo de esta sociedad. Alguien propuso pintar de rosado los vagones del TransMilenio para evitar las agresiones sexuales a las mujeres. Absurdo. Mala idea. Discriminatoria. Costosa. Propongo —con la humildad que me caracteriza— que las mujeres lleven en sus carteras gorros de los que usan en la ducha. Y ante cualquier intento de agresión se los pongan. Santo remedio. Las mujeres en gorro de baño inmediatamente matan el deseo sexual de cualquier hombre.

Claro, no se puede criticar solo a los hombres del conflicto permanente de nuestra sociedad y a la falta de estabilidad de los matrimonios. Las mujeres también discriminan. Cada vez más quieren que sus hombres se parezcan a un servicio de telecomunicaciones: que se conecten bien, tengan buena penetración y banda ancha. Y eso es mucho pedir. Mucho, porque la población masculina colombiana sufre de lo mismo que padeció Urabá: de chiquita banana.

Todos tenemos algo por aportar para una vida más fraterna y serena. En el país hay esperanza y oportunidades para todos. Ya no se puede afirmar que la riqueza de esta nación está concentrada en las familias tradicionales: ardilas, santo domingos, sarmientos, gilinskis. No, ahora hasta los piraquives son millonarios. ¿Por qué? ¡Porque tuvieron fe!… y aprendieron a cobrar por ella.

Desarmémonos. Vivamos en unión y fraternidad. Recuperemos el país antes del posconflicto. Hay esperanza. Y al que no le guste, nos vemos donde quieran y cuando quieran y arreglamos como varones, yo no me arrugo, no tengo masato en las venas y soy arrabalero.

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