En mayo de 2011 fui diagnosticado con melanoma, un tipo de cáncer de piel (estadio III). Tenía 41 años. Viajé a Boston a operarme y después de dos cirugías mis probabilidades de sobrevivir eran mínimas. Es cierto que todos sabemos que algún día nos vamos a morir, pero solo unos pocos llegamos a saber cuando será ese día. Esto puede ser traumático y por eso los pacientes terminales sufren de depresión, tienen pensamientos suicidas y, por encima de todo, tienen miedo a morir, es lo que los científicos llaman: “la ansiedad del fin de la vida”.

Jamás he sido un hombre creyente, pero después de aceptar que la medicina tradicional no podía hacer nada más por mí, decidí investigar un poco sobre medicina alternativa. Me encontré con un brebaje que se llama yagé (también conocido como ayahuasca), la produce una tribu en la amazonía peruana y supuestamente cura las enfermedades autoinmunes y hasta el cáncer.

Soy economista, creo en la evidencia basada en números o hechos. Por eso busqué información científica que avalara esta afirmación y no encontré nada. Además, para ir a una de estas ceremonias tenía que viajar desde Nueva York, donde vivo, hacia Lima y después a Iquitos, allí debía tomar un mototaxi que se adentrara en la selva y me llevara hasta el centro de sanación de un chamán. Dos semanas antes del viaje tenía que hacer una dieta muy estricta y estando allá tendría que tomar ese brebaje, que hace alucinar y vomitar como efecto secundario. No había forma de que yo fuera a hacer todo eso.

No sé muy bien por qué pero decidí que debía ir. Viajé hasta el centro de sanación y cuando conocí al chamán le conté que estaba allí porque me quería curar del cáncer y para quitarme este miedo constante a la muerte. Me recomendó quedarme por dos semanas y hacer cuatro ceremonias. La idea es que uno se tome la ayahuasca –que es la composición de una raíz y una planta de un sabor muy amargo–, y espere sentado en una colchoneta a que haga efecto, por lo general unos 45 minutos después.

Describir la experiencia es algo muy complejo. Pero básicamente hay una estimulación en el cerebro que le permite a uno entender la realidad de una manera más amplificada, uno pierde la conciencia del tiempo y el espacio y se siente en la presencia de algo sagrado.

A la mañana siguiente de mi primera ceremonia, me sentía muy diferente. Era extraño pero no podía dejar de pensar que todas las cosas y las personas estábamos conectadas. Estaba tan concentrado en tratar de entender esto que no me di cuenta que algo más estaba pasando: mi miedo a la muerte había desaparecido por completo.

El cáncer ya no me importaba y por alguna razón sentía que la muerte física no significaba mi fin. No entendía nada de lo que me estaba pasando, pero después de tres ceremonias más estaba listo para volver a Nueva York. Dejé de trabajar para grandes compañías inmobiliarias y me concentré en que pequeños inversionistas pudieran meterse en proyectos que antes eran exclusivos para los ricos. Más adelante se convertiría en el nacimiento del crowdfunding (financiación en masa) inmobiliario en Estados Unidos.

A mi regreso supe que mi cáncer había desaparecido, pero no estaba seguro si la ayahuasca había tenido algo que ver. Mi misión, entonces, fue buscar información científica que me dijera si lo que me había pasado era un efecto placebo causado por las alucinaciones o si efectivamente había sido curado por ese brebaje místico que tomé en Perú.

Fue una búsqueda de cuatro años y en enero del 2015 conocí al doctor Stephen Ross de la Universidad de Nueva York. Aparentemente la ayahuasca y otros psicodélicos tienen unos componente que activan los receptores de serotonina, un neurotransmisor, y al hacerlo mejora los síntomas no solo de la “ansiedad del fin de la vida” sino también de la depresión, el trastorno por estrés postraumático, el alcoholismo, la drogadicción y otras enfermedades mentales.

Lo mejor de haber probado la ayahuasca no solo fue conocer sus beneficios terapéuticos y la revolución que este tipo de psicodélicos (ojo: en un ambiente terapéutico, no como uso recreativo) pueden tener en la salud mental, sino el hecho de que pueden causar experiencias místicas en las que las que estos pacientes hemos encontrado que todas las cosas y las personas estamos conectados como uno solo.

La ayahuasca no es para todos. Es muy importante tener una intención y la mía era perderle el miedo a la muerte. Cada año vuelvo a la selva a repetir mi tratamiento y finalmente encontré la evidencia científica que por tanto tiempo estuve buscando para explicar eso que sentí en mí despertar en el Amazonas y cambió mi vida.

 *Esta película hace parte de la programación de IndieBo 2016. Si quiere ir a verla, la función es el viernes 15 de julio a las 8:30 p.m. en Cine Colombia de Centro Andino. Más información de la película.

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