Al dejar diciembre atrás queda la fatiga de la parranda de las vacaciones. Las deudas esperan en casa a los que vuelven después del ajetreo de maletines, los atascamientos de las carreteras, la humillación de las requisas en los aeropuertos donde un cortaúñas se convierte en arma mortal por un azar topográfico. Y mientras se curan con alcanfor las huellas de los mosquitos de tierra caliente, y las calcinaciones de los soles veteranos de las piscinas de los hoteles campestres donde la carne humana deja una juagadura blanca cuando se ausenta; mientras cicatrizan las mordeduras de las sales de los mares modernos, vociferantes basureros, vuelven a sacar la cabeza en los medios las pitonisas con blusones de estrellas, y los travestidos horoscoperos que hacen la caricatura de la bruja arcaica. Los numerólogos con turbante o sin turbante, tarotistas, intérpretes de tutes, de la brasa del tabaco y de la ceniza, de la albúmina de los huevos hervidos y las papas retoñadas en año nuevo, vuelven a avivar las pestes eternas de la esperanza y el temor con sus disfraces de mariposas y sus augurios de loros repetidores.

Profetizar es un arte fácil de aprender. Basta repasar un par de libros sobre la historia de la gente, y atender al curso de los acontecimientos, para saber que el porvenir es siempre el reflujo de lo pretérito, el hermano menor de la memoria, que lo que será no tiene por qué ser diferente de lo que fue, que cuando Salomón dijo que no hay nada nuevo bajo el sol ya era cuento viejo.

Basta repartir unas cuantas dichas vulgares y unas gotas de miel en el séquito de los disturbios conocidos. Es el cambio en las cosas lo que nos da la ilusión de progreso. Es posible prever con un mínimo margen de error que habrá transformaciones inesperadas en el sistema operativo del mundo, pero el perro corazón recalcitrante seguirá siendo el mismo del tiempo de Caín, guardadero de envidias y de ansias macabras. Mejorarán sin duda los artilugios tecnológicos, causando asombro; comprimiendo, perfeccionando, diminutirizando, aumentando la velocidad de las digitaciones y la de la luz a través del silicio en los enredos superlógicos de los chips; refinando las funciones de los computadores y los teléfonos. Pero los vicios del corazón seguirán invencibles repitiendo mañana la lección que dicta la memoria de ayer.

Es seguro que este año volverán a matar a Abel, y habrá un celoso asesinando otra vez a Desdémona. Una guerra que se llevará a cabo con la misma pericia técnica que usamos para desearnos los buenos días, y felices cumpleaños, reducirá el animal al estrago de sobrevivir en los pavores de una matanza. Surgirá en un telescopio el fantasma de una estrella desconocida en una galaxia de gases evaporados hace diez mil eones. Hará su aparición en el mercado un televisor más nítido para reeditar la comedia magnética de la estulticia crónica y un perfume de éxito. Alguien cambiará el color de los gladiolos torciendo un cromosoma. La Policía reducirá una banda de destructores puros, sembradores de pánicos en las masivas ciudades en nombre de un dios arrevesado o alguna idea política redentora. Y otra se juntará con una mejor ortografía de fusiles. Y habrá una boda entre príncipes con orquesta. Y asesinarán un político a mansalva.

Profetizar es rememorar. Acordándose del destino de las remotas babilonias se previenen las de mañana. La codicia, la concupiscencia, la alienación del ser en el culto de las cosas, y la inclemencia con los débiles, conducen al cinismo y las degradaciones de la guerra. Así fue siempre. Y así seguirá siendo. Si acaso mejorarán las normas así como se perfeccionan las máquinas, se reencaucharán las proclamas y las máximas mientras se siguen tomando esclavos, como en tiempos de Senaquerib. En los sótanos de las cárceles seguirán torturando mientras los congresos de juristas debaten sobre los derechos humanos. Y los ejércitos seguirán disparando. Y los pacifistas ondeando sus banderas blancas. Habrá inundaciones, incendios, canciones parecidas a las del año pasado. Y los dulces poetas gorjearán los bienes en versos rimados y los amargos deplorarán los males con versos cojos.

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