“Bienvenido a Kagar. Naturaleza pura”. Así reza el letrero de este pueblito ubicado al noroeste de Berlín, a hora y media en tren. En alemán, la frase “Willkommen in Kagar. Natur pur” no tiene ni hace gracia. Pero para un hispanohablante ir a Kagar produce un retortijón y un cosquilleo lingüístico. El Kagarsee es el motivo principal para ir a Kagar. ‘See’, en alemán, es lago. El estilo germano de unir palabras ad infinitum da nombre al Kagarsee, un lago conectado por medio de canales a otros mil lagos por los que se puede navegar hasta Berlín, Hamburgo o el mar Báltico.

Kagar, un pueblito de 230 habitantes, ofrece un paisaje de bosques frondosos y casitas ordenadas, una detrás de otra, sobre la única calle que ha existido desde su fundación, en 1575. La Calle del Pueblo, traducción literal de Dorfstraße, se extiende de punta a punta unos 2 kilómetros. De un lado, las casas que dan hacia un campo que no produce nada; del otro, las mismas casas, pero con vista al Kagarsee.

Durante cientos de años, la economía en Kagar se ha mantenido de “amor y ganas”, afirma Eckhard Hartnack, kagarer (así se les dice a los habitantes de Kagar) de 64 años. No tan alto como el alemán promedio, sino más bien como un colombiano cualquiera, Hartnack es moderno, casual y… alcalde de Kagar.

El pueblo sobrevive gracias al turismo, que busca la belleza de sus lagos y paisajes. Sin embargo, para Kagar, todo tiempo pasado fue mejor: hasta 1989, antes de la caída del Muro de Berlín, pertenecía a Alemania Oriental, la comunista. “El Estado había construido cientos de cabañas prefabricadas para albergar a los turistas. Desde 1965 y durante 20 años, llegaban a Kagar hasta 2000 visitantes cada verano”, recuerda Hartnack, mientras señala el bosque que está al final del pueblo, donde quedaba el “paraíso vacacional”. Ahora solo llegan decenas de turistas, repartidos durante todo el año.

Por eso, en Kagar ya no hay cama para tanta gente. En la pensión Steffen Wirtshaus se alquilan apartamentos para cuatro personas por 55 euros (unos 175.000 pesos) y habitaciones sencillas por 35 (aproximadamente 110.000). Y el hotel Lotus Lodge alberga hasta 30 personas. La propietaria, Lilli Billerbeck, quien se mudó de Berlín a Kagar en 2009 en busca de naturaleza y tranquilidad, entiende algo de español. “Sí, cagar… mis clientes de habla hispana se ríen del nombre”, apunta alegre. Una noche en el Lotus Lodge cuesta entre 65 euros (210.000 pesos) y 85 (270.000). El alcalde Hartnack, mientras tanto, alquila una casa privada para cuatro personas por 50 (160.000).

Otros vecinos han extendido o remodelado sus viviendas para acoger turistas y generar una entrada de dinero. En Kagar no hay trabajo. Ni panadería. Ni siquiera médico. Lo que sí hay es un almacén todo-en-uno: Konsum Anke. En una casa, Anke, la dueña, vende alimentos básicos, prepara desayunos de pan y huevo y almuerzos de papa y carne. El Konsum hace también de oficina de correos, bar y miniparque infantil.

En verano, en Kagar abren la pizzería Crazy Horse y una discoteca. Los pueblos y lagos aledaños quedan a 2 o 4 kilómetros. Con solo caminar 10 kilómetros, se llega a Rheinsberg, la ciudad principal de la zona, que cuenta con palacio antiguo y festival internacional de ópera. Así, Kagar y sus alrededores alternan paisajes de agua cristalina con deporte y cultura.

Por cierto: Kagar viene de la palabra “karg”, que significa “escaso”. No importa. Para mí, Kagar es lindo y vale la pena.

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