Mi nombre es Chinguiz Mammadov y soy putano de nacimiento. Mis abuelos, padres, tíos y hermanos son también hijos de Puta, tierra conocida por su riqueza en minerales y recursos petrolíferos. Por años, nuestro pueblo ha sido testigo de diferentes imperios que nos han dejado un legado de hábitos y dialectos. No tenemos un solo origen: somos la fusión del paso de estas culturas y civilizaciones.

Puta no es muy grande; en realidad, es una villa desértica ubicada a 20 minutos del centro de Bakú, la capital del nuevo Azerbaiyán. Para llegar solo se necesitan ganas y tomar un vuelo desde Londres, París o Fráncfort. Otra opción es ir a Moscú y volar dos horas, o llegar a Estambul y gastarse tres; tal vez un poco menos si los vientos están a su favor.

Porque Bakú es una tierra golpeada por los vientos y su nombre tiene herencia persa. Cuando aterrice, observe la belleza y los colores del mar Caspio y fíjese en las modernas y adoquinadas avenidas, un crisol de luces que reflejan el desarrollo y la inversión petrolera. Eso sí: no espere dormir en Puta porque no hay hoteles, razón de sobra para terminar “emputado”.

En Puta, una tarde basta, pero en Bakú puede quedarse un poco más. Ya allí no se quede sin visitar el centro de la ciudad, el Palacio de los Shirvanshah, la Torre de la Doncella y el Museo de la Alfombra. Para entrar en calor, tómese una Girdalan (así se llama la cerveza local) y vaya por la foto nocturna en las torres del Fuego o Flame Towers, uno de los símbolos arquitectónicos que hacen eco en el nombre del joven país del Cáucaso.

Cuando esté listo para viajar a Puta, le recomiendo no ir al metro ni a la terminal por una sencilla razón: no hay transporte. Pero tranquilo: espere y pídale a un local que le traduzca a un taxista su destino. Ojo, para que lo entiendan es clave que hable ruso, azerí o un poco de turco.

Entiendo que si habla español, como yo, le pasará por la cabeza que Puta es una vulgaridad. Pero lamento decirle que, aunque se ría y los azerbaiyanos lo miren raro, esta palabra no significa nada en el lenguaje local. Tal vez el origen hace referencia a una derivación fonética del Buta, símbolo de la cultura azerbaiyana y oriental, en general.

En el camino de Bakú a Puta podrá ver cómo se cruzan las sendas del desierto con las amplias costas del Caspio. Del otro lado verá cómo las sombras se reflejan entre las llamas de las siderúrgicas, el ocre de los barriles y las extensas plataformas que monitorean el petróleo, producto que genera la mayoría de ingresos.

Cuando le digan que llegó a Puta, se dará cuenta de que no hay nada, salvo los recuerdos de algunas villas que en algún momento fueron habitadas. Hoy tiene 1300 habitantes y es el corredor de grandes oleoductos, por eso lo único que verá son proyectos y exploraciones petroleras. Pero no se desanime: súbase a una colina, compre tendir (pan en horno de piedra) o qutab (tortilla con vegetales y carne de camello) y vea el atardecer. Le garantizo que no hay una sola puesta del sol en el Caspio que no sea inspiración para un artista.

De regreso, busque el camino a Gobustan, paisaje cultural de arte rupestre incluido en la lista de patrimonio cultural de la Unesco. O haga una parada en los volcanes de lodo y aprenda que en Azerbaiyán se concentra cerca de la mitad —o más— de este tipo de volcanes en el mundo. En realidad, no hay mucho más que hacer… ¡Puta!

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