“Señoras y señores, próxima estación: Llanfairpwllgwyngyll. Si desean bajar, avisen, por favor, al revisor, y el tren se detendrá. Esperamos que hayan disfrutado del trayecto”.

Por fin. Después de algo más de cuatro horas y media de viaje desde Londres llego a Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch (intente pronunciarlo), el pueblo con el nombre más largo de Europa: 58 letras, nada más y nada menos. Desde hace varias semanas, después de que un meteorólogo del canal británico Channel 4 News lo mencionó en el noticiero, este pueblito de poco más de 3000 habitantes se ha convertido en uno de los destinos más atractivos de Gales.

Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch (pronunciado Llan-vire-pooll-guin-gill-go-ger-u-queern-drob-ooll-llandus-ilio-gogo-goch) está situado en la pintoresca isla de Anglessey, en el noroeste de Gales, a unos 430 kilómetros de Londres. Los vecinos, sin embargo, lo llaman por su abreviación, Llanfairpwllgwyngyll.

Tras su aparición en las noticias, este pueblito ha recibido a curiosos de todo el mundo. Pero no pasan más de una hora en la localidad —básicamente porque no hay nada que hacer— y casi ni se aventuran a salir de la estación de tren, donde están ubicados la mayoría de los carteles con el nombre. Por cierto, es imposible de pronunciar si no eres local o estudiante avanzado de galés.

“Es cierto que ahora vienen muchos más turistas que antes, pero lo que de verdad nos hace falta son servicios. Más y mejores actividades para los niños y entretenimiento para la familia”, me cuenta Carys Williams, que trabaja en un bar justo frente a la estación de tren. Carys, que para mi tortuoso viaje de vuelta a Londres me regala, muy amablemente, un par de postres de pasas típicos galeses, vivió en Llanfairpwllgwyngyll hasta hace un par de semanas, cuando se mudó a un pueblo cercano. “Hago el viaje de ida y vuelta cada día, no me cuesta nada. En la isla de Anglessey —que tiene 714 kilómetros cuadrados— está todo cerca y es muy seguro. Lo que uno necesita está aquí”, dice mientras me hace firmar el libro de visitas de su bar, que ya tiene dedicatorias de turistas ingleses, estadounidenses, puertorriqueños, sudafricanos, japoneses, chinos y ahora un español.

Así pues, tras almorzar en el bar de Carys un más que aceptable plato de fish and chips y un té —very British— y de hacer cinco o seis fotos con el famoso letrero en la parada del tren, me dirijo hacia el único punto de interés restante en el pueblo: el centro comercial, situado al frente de la estación. Ahí es donde aprendo, echando un vistazo a los libros sobre la isla, que el nombre Llanfairpwllgwyngyllgogerychwyrndrobwllllantysiliogogogoch (por si se le había olvidado) se adoptó en la década de 1860 “con fines promocionales”. Me entero, además, de que traducido al castellano significa “Iglesia de Santa María en el hueco del avellano blanco cerca de un torbellino rápido y la iglesia de San Tisilio cerca de la gruta roja”.

Los gobernantes de aquel entonces hicieron un buen negocio, si tenemos en cuenta la cantidad de suvenires con el nombre del pueblo que vende el centro comercial: camisetas, tazas, marcapáginas, lápices y hasta galletas.

Después de un par de horas en Llanfairpwllgwyngyll y de visitar tres veces la estación de tren y un par más el centro comercial, decido que es el momento de emprender el regreso a Londres. El bar de Carys y los otros dos pubs del pueblo han cerrado a su hora habitual: las 4:00 de la tarde.

Murphy, el de las famosas leyes, dice que si las cosas van mal pueden ir todavía peor. Y así me sucede. Sin un alma en la calle y con los bares y el centro comercial cerrados, empieza a llover, así que me subo al primer tren.

Al rato se detiene sin pedirlo en Bangor, la primera ciudad fuera de Anglessey, y veo gente en la calle. Salgo a explorar. Después del desespero inicial, me encuentro en una ciudad bonita, bien cuidada y con vida. Una ciudad con mucho más atractivo, pero, eso sí, con mucho menos nombre.

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