Un deseo muy recurrente en las personas es poder leer la mente de sus semejantes. "Daría lo que fuera por leer tus pensamientos". Un don que, al menos en teoría, garantizaría la complicidad y, por qué no decirlo, un dominio absoluto sobre esa persona. Además haría posible un mundo perfecto, basado en la transparencia y la confianza.

Pero si uno lo mira con calma, leer la mente sería una verdadera pesadilla. Para comenzar, el mundo carecería de sorpresas. Uno sabría, de entrada, a qué atenerse con la gente y no hay nada más aburrido que lo previsible. No existirían las mentiras piadosas, que son un pilar fundamental en la autoestima de las personas. Uno sabría que los papás siempre han preferido al otro hermano así repitan que quieren a ambos por igual. Que el 24 de diciembre, a las tres de la tarde, el ser amado aún no tiene ni idea qué nos va a regalar de Navidad o, peor aún, desde el 3 de diciembre ya sabríamos que este año también será un bolígrafo.

Sería imposible fantasear. Por ejemplo, inventar una historia con la niña que atiende en el bar y que no deja de sonreírnos. Si uno leyera su mente sabría al instante que uno no es más que un pesado más de la larga lista de pesados que componen la eterna jornada de un trabajo que detesta. En un instante se arruinaría un rato que en la vida real suele ser divertido.

Imposible sacar adelante una familia. El hijo, mientras recibe un merecido castigo, sabría que sus padres siempre estarán dispuestos a perdonarlo, así que seguiría en las mismas. Y ni hablar de esos pensamientos descontextualizados que generan la pinta y el aspecto físico de un desconocido que acaban de presentarnos. ¿Qué tal que se enteraran de esos flashazos que van y vienen sin procesar, sin meditar? "Qué tetas tan provocativas", "igualitico a Mancuso, un cafre", "este tan yupicito tiene toda la pinta de ser una bestia", "el vestido se lo debió de heredar una tía"... Sería imposible convivir en comunidad si los humanos pudieran leer la mente.

Pero esta es apenas la punta ínfima de un inmenso iceberg. ¿Quién dijo que las personas solo piensan una sola cosa a la vez y que lo hacen de manera consciente, con sujeto, verbo y complemento? La realidad es muy distinta. Un ejemplo: usted camina por la 100 con carrera 15, en Bogotá. Repasa lo que va a argumentar en una reunión. Pero, al mismo tiempo, toma nota de lo despedazados que andan los andenes que mandó hacer con bombos y platillos Peñalosa, del trancón que arman ocho buses que van desocupados, usted recuerda que en 1978 allí no había semáforo y la quince era de doble vía, que un pasaje en buseta costaba siete pesos, le echa el ojo a un gorro de lana negro que venden en la acera y se pregunta cuánto costará, mira el riel y evoca locomotoras diesel, de vapor... todo eso y muchísimo más pasa por la mente de una persona en una fracción de segundo. Y en una calle concurrida uno se cruza con cinco, con diez personas al tiempo. ¿Se imagina el caos mental en el que entraría alguien que se le atraviese y que leyera su mente y la de ocho más que pasan a su lado?

¿Y qué hacer en misa, en la sala de espera de un consultorio, en TransMilenio? ¿Quién sería capaz de soportar el ruido de fondo que provocarían cien cabezas a menos de veinte metros de distancia? Mientras el cura habla de la bondad y misericordia de Cristo que se manifiesta en un pasaje del Evangelio de Marcos, los feligreses allí reunidos piensan, al mismo tiempo, en cómo evadir impuestos, en el vaciadón que van a pegarle a la de por días porque aspiró mal la sala, en la gotera que apareció en el corredor, en las posibilidades que le quedan a Millos para quedar entre los ocho... ¿Podría uno dormir tranquilo en un avión con los pensamientos de los otros pasajeros y de la tripulación?

Y ni hablar si uno se va de viaje, digamos, a Praga, a Tallin o a Calcuta. ¿Cómo sería ese mismo ruidajo pero en checo, en estonio o en bengalí? ¿O qué tal en Suiza? ¿Cómo soportar semejante galimatías en cuatro idiomas distintos?

Si pudiera escoger un don relacionado con la comunicación, pediría que me programaran como a C3PO, el robot dorado de La guerra de las galaxias que es capaz de entender y hablar cinco millones de idiomas diferentes. Eso sí que me encantaría. Poder comunicarme con un kankuamo, con un esloveno, poder leer un periódico escrito en hindi que alguien olvidó en la mesa de un café en Nueva Delhi.

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