De la larga lista de grandes y trilladas películas del género de acción, pocas son tan bien recibidas como las historias sobre espionaje. Y de todos los posibles buenos títulos que se salvan de esa enorme y adictiva montaña de basura, cualquiera queda aniquilado por las aventuras de los superagentes con más seguidores: James Bond y Jason Bourne. Dejando atrás a los Van Damme, a los Schwarzenegger, a los Bruce Willis de Duro de matar, a los Tom Cruise con sus misiones imposibles, e incluso a esa lista de películas rebuscadas que se ha dedicado a hacer Liam Neeson últimamente para reivindicar que se puede ser un matón después de los 50, el buen cine de este género se reduce fácilmente a esos dos hombres, que además tienen las mismas iniciales: J.B.

Por poner un ejemplo de su poder, hemos visto que en menos de un año, las taquillas del mundo se han rendido a los regresos de las últimas entregas de estos dos personajes. A finales de 2015, todos tuvimos que ver Spectre, la entrega 27 del 007, y ahora estamos a la expectativa del quinto volumen de Bourne, que, muy creativamente, se llama Jason Bourne, a secas, y promete mucho por la aparición de Matt Damon de nuevo en la saga, después de casi diez años sin interpretarlo.

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Entonces, en el hipotético caso de un enfrentamiento entre ambos superagentes, ¿cuál sería un lógico vencedor, sin necesidad de que haya que hacer una película al respecto, como lo hacen ahora con Batman vs. Supermán o con Jason vs. Freddy Krueger?

Partamos de la base de que por más que a uno le gusten las películas sobre espías y se las haya visto todas, en realidad no sabe nada sobre el mundo del espionaje. Hay que reconocerlo: la gente de a pie lleva vidas con niveles de adrenalina muy bajos y no tiene ni idea sobre los servicios secretos que dominan el mundo; el mayor nivel de acción que puede alcanzar uno en un día es que se les explote la olla exprés o se les queme la arepa. Pero de ahí a que de repente Rodríguez, el de contaduría, un oficinista que cuenta plata que nunca va a tener en el bolsillo, termine involucrado en un operativo ultrasecreto para detener un plan conspiratorio que acabará con el mundo antes de que usted termine de leer este texto… es algo muy improbable.

Aclarado esto, uno puede darse licencia para juzgar y hasta comparar sin miedo a las autoridades supremas de las películas de espionaje: James Bond y Jason Bourne.

Empecemos por lo indiscutible: las cifras. Sin lugar a dudas, en esa batalla, Bond tiene todas las de ganar. Siendo justos, al ver los ingresos de las últimas cuatro entregas del 007 —interpretado en todas por Daniel Craig—frente las cuatro que lleva Bourne, el primero le lleva una ventaja larga: solo en Estados Unidos, el último cuarteto de Bond ha recaudado 845 millones de dólares de taquilla, frente a 637 millones de Bourne; la diferencia es de nada despreciables 208 millones de verdes.

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En cuestión de premios, Bond también le da sopa y seco a su rival: desde 1962, ha tenido 14 nominaciones al Óscar, y es la quinta saga de la historia que más ha aspirado a un galardón de la Academia. Sin embargo, en las últimas cuatro cintas solo ha recibido tres estatuillas menores: dos a mejor canción original y una a mejor edición de sonido. En cuanto a Bourne, apenas ha tenido tres nominaciones a dichos premios, pero las tres se las ganó: mejor montaje, mejor sonido y mejor edición de sonido.

Para rematar, digamos que los 125 millones de presupuesto de Bourne: El legado (2012), la entrega más costosa de la saga hasta el momento, no habría alcanzado para hacer Casino Royal (2006), la película con menos presupuesto de las entregas de Bond con Daniel Craig, que costó 150 millones.

Todo lo anterior se debe a que con Bond prácticamente nació el género del espionaje. Los puristas levantarán el dedo para señalar que antes ya había películas de espionaje, y es verdad: hay antecedentes como Los 39 escalones (1935) o North by Northwest (1959), de Hitchcock. Pero ninguna provocó el boom que causó la aparición del 007.

Sin duda, Bond marcó la pauta del género hasta convertirse en el estereotipo que es ahora. Prácticamente, dictó el manual de cómo debe hacerse una película sobre espías y, más allá de eso, de cómo sobrevivir al paso del tiempo: no importa si murió el autor de los libros, si el protagonista cambió de época, si el intérprete es nuevo, o el director, o el villano… la esencia se conserva por encima de todo.

No en vano, ya está andando la grabación de la entrega número 27 de la saga. Y eso no es todo: seis actores han interpretado a Bond —de Sean Connery a Roger Moore, de Pierce Brosnan a Daniel Craig—; 15 directores han asumido el difícil reto de no dejar morir la historia —Terence Young, John Glen, Sam Mendes…—, y están las 59 espectaculares e inolvidables chicas Bond, que van desde Shirley Eaton, pasando por Teri Hatcher y Halle Berry, hasta Monica Bellucci.

Pero entonces, ante todas esas maravillas, ¿qué tiene para ofrecer un aparecido como Bourne? Sin que suenen las alarmas de los amantes de Bond, podría decirse que, si bien el 007 inventó el género, Bourne lo reinventó. Y sus orígenes parecen una fotocopia: también viene de una obra literaria con cierto éxito —escrita por Robert Ludlum—, también es un espía al servicio del Estado, también es una máquina de matar con técnicas similares, también atiende misiones en todo el mundo y, como si eso no bastara, su nombre es parecidísimo al del personaje de Ian Fleming, por no decir que es una copia desde las iniciales. Sí, Bourne parece la versión gringa y descomplicada del impecable lord británico.

Para compensar toda esa acusación de plagio, Bourne, al contrario de Bond, es un tipo que por principio tiene todo en su contra: siempre está tratando de encontrar su pasado, porque no tiene ni idea de quién es, y cuando se da cuenta de que es un agente secreto inigualable, en vez de emocionarse, se siente la peor escoria del mundo, el hámster de un experimento del sistema. Ahí empieza su batalla: la de querer dejar atrás una vida, que no recuerda pero que lo atormenta. Y, muy a pesar de sí mismo, para mandar todo al carajo, da bala durante tres películas usando todos sus conocimientos, y se enfrenta por igual a la CIA y a los criminales que quieren acabar con él.

Comparando ambos perfiles, uno pensaría que en caso de ser espía, sería mejor ser Bond que Bourne. El 007 tiene plata, las balas no le hacen ni un rasguño, siempre tiene a una mujer espectacular al lado, puede tomar en el trabajo y, además, dispone de carros último modelo, viajes, suites presidenciales, trajes a la medida y un etcétera con mucha pompa. Bourne, en cambio, vive rayado, todos lo quieren matar y tiene enemigos en cada ciudad que visita. Encima de todo, usa casi siempre la misma ropa y tiene que inventarse armas como puede para defenderse. Ah, y de las viejas que le paran bolas, la única que salva la patria es Franka Potente.

Prácticamente hablamos del mismo tipo, pero en dos versiones diferentes: es como si los dos hubieran estudiado lo mismo y trabajaran en la misma empresa, pero a la hora de la verdad uno es mochilero y el otro viaja en primera. Por supuesto, sabemos que cualquier mochilero podría viajar sin problemas en primera clase, pero es muy difícil ver a un lord mochileando. Por eso, la vida de Bourne puede resultar mucho más interesante, y los creadores de Bond lo saben.

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Así las cosas, para que el Bond moderno parezca más cool, más del siglo XXI, se ha convertido en una especie de mochilero play; un tipo menos preocupado por el glamour, porque de tanta obsesión por el lujo ya parecía más del clan de las Kardashian que un tipo capaz de medírsele a todo. Críticos reputadísimos del mundo del cine, como Roger Ebert, Carlos Boyero o A.O. Scott, lo han dicho: el Bond de Daniel Craig es más humano… hasta se ha enamorado, ha peleado en camiseta playera y se le ha rasgado el traje. O sea, se volvió un poco más Bourne.

Y están los detalles. Sin querer entrar en paranoias de nerd, hay detallitos que uno se traga enteros para poder disfrutar la trama sin poner problema, pero que tienen mayor lógica en Bourne que en Bond. Por ejemplo, el tema de la identidad: si usted fuera un superagente del cual depende la seguridad del mundo, ¿andaría por todas partes presentándose con su verdadero nombre, que parece artístico, y con toda la propiedad del caso como lo hace “Bond, James Bond”? Ahí falla el 007. Por su parte, Jason Bourne gana ese round porque ni siquiera él mismo sabe si él es Bourne, o Michael Kane, por aquello de la amnesia. Con el tiempo se dará cuenta de quién es, pero su origen seguirá siendo un misterio para él.

También está el tema de los juguetes y las armas. Mientras que Bond tiene un montón de gallos rarísimos para pelear y sin los cuales quedaría peor que un agente del DAS después de que lo cerraron, Bourne puede acabar con un escuadrón de la CIA con una sábana que se encuentra colgada en una terraza.

Como si algo faltara, está esa obviedad ineludible de sabérselas todas. Uno supondría que, tratándose de su trabajo, en efecto un superagente de cuyas habilidades depende el futuro del planeta debe tener un conocimiento y una malicia inagotables. Pero en Bond es una cuestión que parece sacada de la matrix: siempre sabe en qué momento saltar antes de una explosión, conduce deportivos último modelo sin previa instrucción, pilotea aviones, helicópteros y lanchas, sabe desactivar bombas, detiene máquinas láser letales, sabe pasar un pantano sin ensuciarse los zapatos, camina sin problema entre las cabezas de una camada de cocodrilos, es experto en artes marciales y siempre tiene la frase exacta en el momento justo… y hace todo eso sin despeinarse.

Bourne a duras penas recuerda lo que aprendió en su entrenamiento, y si necesita hacer cosas tan básicas como manejar un carro, salir de un edificio o hacer una reserva en un hotel, mínimo tiene que secuestrar a alguien que le pueda hacer el favor. Sí es raro que sepa alemán y ruso a pesar de su amnesia, pero en últimas es un tipo que la lucha todo el tiempo. Porque, como se dijo en un inicio, en las películas de espías lo que menos importa es la lógica de los detalles, puesto que no sabemos nada en realidad del espionaje y nuestro mayor acercamiento a él es justamente este tipo de películas. Y ahí, Bond y Bourne salen ganando por igual.

Tal vez el mundo del espionaje no sea el más coherente y en la vida real se parezca más al Superagente 86 o a 21 JumpStreet que a Misión imposible. Pero al final no importa: en la pelea reñida entre Bond y Bourne siempre ganará el espectador —aunque suena a lugar común—, cuya emoción más grande del día es sobrevivir a la multitud del TransMilenio en hora pico. Ahí está, en gran medida, la gracia de las películas de espionaje: siempre habrá acción, y de la mejor calidad, y en eso los expertos son los dos J.B.

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