Como en la canción de U2, las calles de la gran ciudad no tienen nombre. Allí todo es gris. Monótono. Sucio. Difuso. Hasta el mar es horrible. Las playas están desocupadas y las nubes bajas, estáticas, impiden que alguna vez brille el sol.

Pero el verdadero tono gris lo pone la gente. Gente resignada, obligada por decreto a olvidar. A olvidar una guerra civil que desangró al país. A creer que ahora todo es mejor. Y de tanto estar obligados a creerlo, terminan por convencerse de que ahora todo es mejor. Porque no hay nada más gris y horrible que aceptarlo todo tal como es, que la resignación y el conformismo. Callar y aceptar. Dejar que el pasado, aunque duela, se vuelva tan difuso y borroso como un fantasma.

Radio Ciudad Perdida. Así se llama la novela de Daniel Alarcón, escritor peruano que nació en 1977 y que vive en Estados Unidos desde los tres años. Escribe en inglés, así que la edición de Alfaguara es una traducción. Sucede en un país sin memoria, sin nombres... Un país cualquiera de América Latina. Los mapas viejos han sido destruidos. En los oficiales, los números reemplazan la vieja toponimia. Un país sin nombre, pero más que reconocible. Las descripciones geográficas y de la gran ciudad lo dicen a gritos: es Perú, es Lima, es cualquier población perdida de la Amazonía... Un Perú que no es Perú, una Lima que no es Lima sino 1.

Los vencedores han decidido rescribir la historia. La guerra que desgarró al país sin nombre durante tanto tiempo ya no existe. La niega la información, la propaganda, la nueva historia oficial. Por decreto no existió (cualquier parecido con el "aquí no hay conflicto armado" es pura coincidencia). Al borrar los vestigios del pasado por intermedio de la intimidación y las amenazas no hay historia. Y sin historia no es posible que se haga justicia, que haya reparación, que se constituyan comisiones de la verdad.

Los recuerdos se han vuelto borrones. El miedo a las represalias anula las ganas de indagar, de retomar los pasos. Los seres queridos que desaparecieron tras la guerra ahora son fantasmas. Fantasmas que deambulan en las mentes de todos los habitantes de aquel país fantasma. Porque todos tienen uno o más seres queridos que desaparecieron o murieron. Vaya alguien a saber.

Pero los fantasmas no mueren. Deambulan por las mentes torturadas y amedrentadas de sus seres queridos. Y algunos pocos de ellos toman forma cada domingo en un programa radial que se llama como el libro: Radio Ciudad Perdida. Un espacio en el que Laura lee los mensajes que los sobrevivientes les mandan a sus parientes que nunca volvieron, que no dejaron rastro. Mensajes como quien lanza botellas al mar desde una isla desierta.

Nombres y más nombres, miles de nombres que semana tras semana recuerdan que esa guerra que el gobierno se empeña en hacer creer que no existió en realidad sí existió. Y arruinó para siempre la vida de este pueblo ahora gris, resignado y conformista.

Pero Laura, que les da consuelo a tantos compatriotas a través de su programa, también arrastra una tragedia dolorosa. Ella ha perdido el rastro de su esposo, un personaje que nunca llegó a conocer del todo porque se movía en la clandestinidad, con un alias. Y tal como llegó desapareció.

Un país cualquiera de América Latina. Un país que se acostumbra a sus desaparecidos, a sus muertos sin tumba ni lápida. Un país que se acostumbra a su miseria, al caos. A las torturas de sus policías y sus soldados.

Un país sin nombre, el de esta novela. Un país irreal. Pero una metáfora muy real y dolorosa del pasado y del presente de tantos países del mundo, ricos y pobres, que se acostumbran a darle la espalda a sus tragedias, a sus vergüenzas, a llamarlas por otro nombre o, sencillamente, a dejar de nombrarlas y convertirlas en fantasmas.

Y siguiendo con la metáfora... ¿Después de cuántas reelecciones de Uribe Colombia perdería su nombre y Bogotá se llamaría 1?

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