Acaban de cumplirse 50 años de la muerte Raymond Chandler, escritor que reinventó la novela policíaca y creó una de las obras más sólidas y bellas de la literatura norteamericana. Los homenajes no se han hecho esperar, y esta columna es un pequeño tributo a la inmensa influencia que ha tenido en todas mis páginas.

Me impresionan sus metáforas incisivas y desaforadas, memorables fragmentos que han llegado a conocerse con el nombre de chandlerismos ("Pertenezco a Idle Valley tanto como una cebolla a una banana split", "Pasaría inadvertido como una tarántula en la papilla del bebé", "Soy un bebedor ocasional, de esos que salen por una cerveza y se despiertan en Singapur con la barba crecida", etc.), despliegues de lenguaje cortopunzante, símiles como misiles. A Chandler le debo una constante preocupación por encontrar la palabra exacta, el vocablo que denota algo sin vaguedades. Después de leerlo, da vergüenza no saber qué es una vertiente, un arco adintelado, una jamba, un balaustre, una falleba, una péndola; da escalofrío estar frente a un edificio y no saber si su estilo es barroco o renacentista, Bauhaus o minimal; da impotencia pararse en un parque y no poder nombrar ninguno de sus árboles. Gracias a él, sé que vivo en un edificio con volutas de granito, de estilo victoriano, y que enfrente de mi casa hay un álamo: antes eran adornos de un edificio estilo inglés que tenía un árbol.

Desde El sueño eterno (1939) hasta Playback (1959), además del puñado de cuentos que anteceden a sus novelas, Raymond Chandler nunca ha dejado de fascinarme. He visitado Los Ángeles sin nunca poner un pie en ella, y si he recorrido las opulentas calles de Pasadena y Beverly Hills, si he caminado por los barrios de inmigrantes mexicanos del este, si conozco los recovecos del viejo sector de Bunker Hill y las pistas de baile de los clubes nocturnos de Greendale, si he mirado la bahía por la ventana de un hotelucho entre bungalows corroídos por el salitre del Pacífico, fue gracias a Chandler. Su obra está tan ligada a Los Ángeles como la de Joyce a Dublín o la de Cabrera Infante a La Habana.

En Los Ángeles también lo entienden así, pues el 5 de agosto de 1994, cuando el Concejo de Los Ángeles oficialmente rebautizó como Raymond Chandler Square a la esquina entre Hollywood y Cahuenga Boulevards, dijo que lo hacía en honor a quien "inventó nuestro paisaje literario urbano". Es como si esta ciudad estuviera incompleta antes de que la sagaz mirada de Raymond Chandler se posara sobre ella. Esta invención también consiste en rebautizar lugares, porque en su obra Santa Mónica se convierte en el corrupto distrito de Bay City, Silver Lake en el menos glamoroso Gray Lake y Palms Springs en Poodle Springs, pues allá "una de cada tres criaturas elegantes tiene un french poodle". Esta simbiosis entre lo poético y referencial es lo que hace a un buen escritor, como afirma el mismo Chandler en carta a una profesora de literatura de Nueva Jersey: "Se trata del producto de la calidad de su emoción y percepción; es la habilidad de trasladarlas al papel lo que lo convierte en escritor, en contraste con la gran cantidad de gente que tiene emociones tan hondas y percepciones tan igualmente agudas, pero no puede por nada del mundo transmitirlas al papel".

Justo frente a Raymond Chandler Square, que espero visitar algún día, está el edificio que sirvió de modelo para el hasta entonces inexistente edificio Cahuenga, en cuyo sexto piso Marlowe tenía su oficina. Philip Marlowe, el héroe de sus novelas, está a la altura de todos los personajes míticos que han poblado la buena literatura. Se parece a Don Quijote, pero su carácter es más cercano al Holden Caulfield de Salinger o al Mersault de Camus. Su mirada cínica, penetrante y derrotada, aunque no carente de sarcasmo e ironía, hace una disección implacable de la sociedad, sus hipocresías y corruptelas. Marlowe tiene 33 años en su primer caso y casi 50 en el último; su esperanza se agota a medida que se acrecienta su propensión a beber y sus reflejos se gastan. Es una especie de caballero medieval que trata de mantenerse impoluto en medio del fango, con una armadura moral que pesa y amenaza con hundirlo, pero de la que no se deshace aunque en ello se le vaya la vida.

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