Al libertador Simón Bolívar lo ha tratado mal la historia. Tanto como lo hicieron sus retratistas en sus tiempos. Entre las docenas de retratos que le pintaron a Bolívar en vida —acuarela sobre marfil, tinta sobre papel, óleo sobre lienzo; en su primera juventud: en Madrid, París y Londres; en su madurez: en Caracas, Bogotá y Lima— no hay ni uno solo que se le parezca. Quiero decir: no hay dos que se parezcan entre sí. En unos sale blanco, en otros zambo o mulato, en unos de bigotes, en otros de patillas, en otros lampiño. A veces parece un facineroso. Hay uno que lo muestra de nariz respingona. Otro, como un enano. Da la impresión de que todos fueran "retratos hablados" dibujados por funcionarios de la Policía. Bolívar no podía ser, a la vez, todos esos Bolívares.

Y los retratos póstumos —óleos, frescos, bronces, mármoles— son igualmente distintos. A veces se le ve demasiado vestido, como en los frescos del Capitolio. Otras, completamente desnudo, como en la estatua de Pereira. No faltan ni siquiera los que no son de él, sino de algún mariscal de las guerras napoleónicas comprado en saldo en Europa. Sin ir más lejos, la célebre estatua de Tenerani que se alza en la plaza de Bolívar de Bogotá será de Tenerani, no lo dudo; pero no parece de Bolívar.

Tampoco se asemejan unas a otras las descripciones que hacen de Bolívar, en cartas o memorias, quienes lo conocieron en persona: sus amigos, sus adversarios, sus generales, los enviados diplomáticos de las grandes potencias. Y mucho menos en común tienen los recuentos que, a partir de esas fuentes documentales directas, han hecho luego los historiadores y los biógrafos, tanto los admiradores como los malquerientes del personaje, desde José Manuel Restrepo hasta John Lynch, pasando por Karl Marx. Y menos todavía, en fin, las muy diversas y contradictorias interpretaciones que han hecho los ideólogos y los políticos de su obra ideológica y política, tanto a la luz de sus hechos, de sus triunfos y de sus fracasos, como a la de sus ideas, registradas en discursos, cartas y proclamas. Libertador, tirano, reaccionario, revolucionario, pro británico, pro norteamericano, criollo, español, idealista, canalla. Cada cual escoge el Bolívar que más le gusta, o el que más le conviene.

Pero si a Bolívar le ha ido mal con la posteridad (y también le ha ido bien, según se mire) peor le ha ido a su nombre, que se utiliza a troche y moche para los más heterogéneos objetivos: pequeños negocios tipográficos que producen cuadernos rayados para niños de colegio y grandes compañías de seguros que dan premios de periodismo, empresas de flotas intermunicipales que son el terror de las carreteras, universidades de garaje, batallones de inteligencia del ejército, coordinadoras clandestinas de la guerrilla, bloques de autodefensa de los paramilitares.

Y es un nombre que ha corrido con mala suerte hasta en el estricto campo de la toponimia, en apariencia aséptico. ¿Qué tiene de malo, por ejemplo, llamarse Pico Bolívar, como el de la Sierra Nevada? Nada, al parecer. Pero, ojo: no hay que olvidar, por ejemplo, que Bolivia se llama en honor a Bolívar, la más infortunada de las desgraciadas repúblicas que él libertó. Y que Ciudad Bolívar es el nombre de la más miserable de las localidades de Bogotá: por decirlo así, del más profundo círculo del infierno. Y que cuando rebautizaron Bolívar a la vieja provincia de Cartagena se convirtió en el más canibalizado de los departamentos de Colombia: le fueron sacando por tajadas el del Atlántico, el de San Andrés y Providencia, el de Córdoba y el de Sucre. Y que el estado Bolívar es el más remoto y olvidado de los que tiene Venezuela: tanto, que hasta en su propio himno estatal lo llaman Guayana ("¡Guayana! Santuario de músicas lleno / que brindas al alma contento y solaz…"), como si lo confundieran con su vecino, el estado Guayana Esequiba, que en realidad no es ni siquiera un estado sino una "Zona en Reclamación" que Venezuela disputa con la república de Guyana, antigua Guayana británica.

Simón Bolívar mismo es "zona de reclamación". Cualquiera lo reclama para justificar cualquier cosa. El Partido Conservador colombiano lo ha usado casi desde su fundación (muerto ya el inclasificable personaje) para legitimar su larga pretensión hegemónica, que, en sucesivas etapas, duró décadas. Y una entera lleva ya en Venezuela con la intensión de eternizarse, la hegemonía de la llamada "Revolución Bolivariana" del coronel Hugo Chávez. Hay que ver en qué manos ha ido a caer el pobre Libertador, que ya no puede defenderse.

Con la presciencia lúcida de los agonizantes decía él mismo en su delirio final, en casa ajena, camino del destierro:

—¡Mi gloria!¡Mi gloria! ¿Por qué me la arrebatan?

Me gustaría reclamar —yo también— justicia póstuma para Simón Bolívar, y que se le restituya a la palabra "bolivariano" su verdadero sentido. Pero no sé cuál es.

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